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Pasión Huasteca al Ritmo de la Música de Trío Armonía Huasteca

6800 palabras

Pasión Huasteca al Ritmo de la Música de Trío Armonía Huasteca

La noche en la Huasteca estaba viva, con ese calor pegajoso que se te pega a la piel como un amante insistente. El aire olía a tierra mojada por la lluvia de la tarde, mezclado con el humo de las carnes asadas en las parrilladas improvisadas. Yo, Ana, había llegado a este baile en Xilitla con unas amigas, buscando un poco de diversión después de semanas encerrada en la ciudad. El sonido de la música de Trío Armonía Huasteca retumbaba desde el templete, con el violín llorando notas agudas que te erizaban la piel, la huapanguera marcando un ritmo que te hacía mover las caderas sin querer, y la jarana rasgueando como si coqueteara con el viento.

Estaba bailando sola al principio, con mi huipil ligero ondeando al compás, sintiendo el sudor perlar mi cuello y resbalar entre mis pechos. De repente, lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que grita "ven pa'cá, morra". Se llamaba Javier, un wey del pueblo vecino que andaba por ahí ayudando en la fiesta. Nuestras miradas se cruzaron mientras el trío entonaba un son huasteco que hablaba de amores imposibles y despechos ardientes.

"¿Qué chingados, por qué me late tan cabrón este cuate?"
pensé, mientras mi cuerpo ya respondía al ritmo, imaginando sus manos en mi cintura.

Él se acercó sin pena, con una cerveza fría en la mano. "¿Bailas conmigo, reina?" me dijo, su voz grave compitiendo con el violín. Olía a jabón fresco y a ese sudor varonil que te hace agua la boca. Acepté, neta, ¿cómo no? Sus manos se posaron en mis caderas, firmes pero suaves, guiándome en el zapateado. Cada giro, cada roce, era como una promesa. El falsete del cantante del trío subía y bajaba, imitando gemidos lejanos, y yo sentía mi piel ardiendo bajo su toque. "Este wey me va a volver loca", me dije, mientras su aliento caliente rozaba mi oreja.

El baile se volvió más íntimo conforme avanzaba la noche. La multitud se arremolinaba, pero nosotros estábamos en nuestro mundo. Javier me apretaba contra él, y podía sentir su dureza presionando mi vientre. "¿Sientes eso, Ana? Es por ti", murmuró, y yo solo atiné a morder mi labio, saboreando el salado de mi propio sudor. La música de Trío Armonía Huasteca no paraba, ahora un huapango más lento, sensual, que invitaba a frotarse como gatos en celo. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda baja, bajando apenas hasta el borde de mi falda, enviando chispas por mi espina.

Nos escabullimos de la fiesta cuando el trío tomó un descanso. Caminamos por un sendero hacia su ranchito cercano, el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies mezclándose con risas ahogadas. "No aguanto más, Javier", le confesé, deteniéndome para besarlo. Sus labios eran gruesos, hambrientos, sabían a cerveza y a deseo puro. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, sintiendo el latido de su corazón contra el mío. El aire nocturno nos envolvía con olor a jazmín silvestre y a tierra fértil.

En su cuarto sencillo, iluminado solo por una vela que parpadeaba sombras juguetona en las paredes de adobe, nos desvestimos con urgencia pero sin prisa.

"Mírate, tan chula, con esas curvas que matan"
, dijo él, sus ojos devorándome mientras yo dejaba caer mi huipil. Mi piel bronceada brillaba, pezones endurecidos por el fresco y la excitación. Él se quitó la camisa, revelando un pecho musculoso, marcado por el trabajo en el campo. Lo empujé a la cama, montándome encima, rozando mi humedad contra su erección palpitante. "Qué rico te sientes, cabrón", gemí, mientras sus manos amasaban mis nalgas.

La tensión crecía como una tormenta. Javier me volteó con gentileza, besando cada centímetro de mi cuerpo: el hueco de mi cuello, donde lamía el sudor salado; el valle entre mis senos, inhalando mi aroma almizclado; bajando hasta mi ombligo, donde su lengua jugaba haciendo que mis caderas se arquearan. "Más abajo, por favor", supliqué, y él obedeció, separando mis muslos con devoción. Su boca encontró mi centro, caliente y húmedo, chupando mi clítoris con maestría. Sentí explosiones de placer, mis jugos cubriendo su barbilla, mientras yo tiraba de su cabello gritando su nombre. El sonido de mi propia voz ronca, mezclada con sus gruñidos hambrientos, era más excitante que cualquier son huasteco.

Pero quería más. Lo jalé hacia arriba, guiando su verga dura como fierro a mi entrada. "Entra ya, Javier, fóllame duro". Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome por completo. Era grueso, perfecto, estirándome deliciosamente. Empezamos un ritmo lento al principio, mirándonos a los ojos, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus embestidas se volvieron feroces, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Yo clavaba mis uñas en su espalda, oliendo su sudor mezclado con el mío, probando el sal en su hombro mientras lo mordía.

"Esto es el paraíso, wey, no pares"
, pensaba, perdida en el vaivén.

Volvimos a la música en mi mente; el eco de la música de Trío Armonía Huasteca parecía sonar en nuestros jadeos, el violín en mis gemidos agudos, la huapanguera en sus gruñidos graves. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, jalando mi cabello con fuerza juguetona. Sus bolas chocaban contra mí, enviando ondas de éxtasis. Alcancé mi primer orgasmo así, temblando, contrayéndome alrededor de él, gritando "¡Sí, cabrón, así!". Él no se detuvo, prolongando mi placer hasta que me corrí de nuevo, las piernas flojas.

Finalmente, lo volteé y lo cabalgué como una amazona huasteca. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos en ellas pellizcando los pezones. "Me vengo, Ana, me vengo adentro", rugió, y sentí su calor explotar dentro de mí, llenándome mientras yo alcanzaba el pico final, estrellas estallando detrás de mis párpados. Colapsamos juntos, sudorosos, entrelazados, el cuarto oliendo a sexo crudo y satisfacción.

Despertamos al amanecer, con los primeros rayos filtrándose por la ventana. Javier me besó la frente, sus dedos trazando patrones perezosos en mi piel aún sensible. "¿Vienes al próximo baile del trío?" preguntó con picardía. Sonreí, sabiendo que sí. La noche había sido un huracán de pasión, pero ahora venía la calma, con promesas de más ritmos huastecos y cuerpos entrelazados. Me vestí con el cuerpo adolorido en el mejor sentido, sintiendo su semilla aún tibia entre mis muslos. Al salir, el sol calentaba la tierra, y en el aire flotaba el recuerdo de la música de Trío Armonía Huasteca, ahora banda sonora de mi nuevo vicio: Javier.

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