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Pasión en el Tri Scooter Soriana

7832 palabras

Pasión en el Tri Scooter Soriana

Entré al Soriana con el sol de mediodía pegándome en la nuca, ese calor culero que te hace sudar hasta el alma. El aire acondicionado del súper me dio la bienvenida como un amante fresco, oliendo a pan recién horneado mezclado con el aroma dulzón de las frutas maduras. Buscaba algo chido para moverme por la colonia sin tanto pedo, y ahí estaba, en la sección de deportes: el tri scooter Soriana, negro reluciente con ruedas gruesas que prometían estabilidad y velocidad. Me acerqué, pasando la mano por el manubrio frío, imaginando el viento en mi cara mientras pedaleaba.

Qué chingón se ve este tri scooter Soriana, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo por la emoción de la compra. De repente, una voz grave y juguetona me sacó de mis pensamientos.

¿Te late, mamacita? Ese tri scooter Soriana es una joya, te lleva volando sin esfuerzo.
Me volteé y ahí estaba él: alto, moreno, con una playera ajustada del Soriana que marcaba unos pectorales que daban ganas de morder. Ojos cafés intensos, sonrisa pícara con dientes blancos perfectos. Se llamaba Marco, lo supe porque su gafete lo delataba. Olía a jabón fresco y un toque de sudor masculino que me revolvió las tripas.

—Sí, wey, se ve bien padre —le respondí, mordiéndome el labio sin querer—. ¿Me das una probadita?

Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. —

Claro que sí, preciosa. Vamos afuera, te enseño cómo se siente de verdad.

Salimos al estacionamiento, el asfalto caliente crujiendo bajo mis tenis. El tri scooter Soriana rodaba suave, el manubrio vibrando levemente en mis manos mientras Marco me seguía de cerca, su aliento cálido en mi oreja cuando se inclinaba para ajustar el asiento. —

Bájale un poquito, para que sientas el control total.
Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me erizó la piel. Paramos en una zona apartada del lote, cerca de unos árboles que daban sombra y privacidad. El corazón me latía como tamborazo en la cabeza, el deseo creciendo como fuego lento.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se ve tan bueno, tan hombre, me dije, mientras él se paraba frente a mí, tan cerca que podía oler su colonia mezclada con el aroma terroso del parking.

—Si quieres, te monto yo un rato —dijo, con doble sentido que no pasó desapercibido. Subió al tri scooter Soriana conmigo atrás, mis tetas pegadas a su espalda ancha. Arrancó despacio, el movimiento del scooter haciendo que mi cuerpo se frotara contra el suyo con cada bache. Sentí su calor a través de la camisa, mis pezones endureciéndose contra la tela delgada de mi blusa. El viento nos azotaba, llevando mi pelo revuelto, y entre mis piernas un calor húmedo empezaba a formarse, traicionero y delicioso.

Paramos en un rincón olvidado del estacionamiento, donde los autos eran pocos y el sol filtraba entre las ramas. Bajé del tri scooter Soriana con las piernas temblorosas, mi coño palpitando ya. Marco se giró, sus ojos devorándome despacio, desde mis labios hasta mis caderas curvas envueltas en jeans ajustados.

Neta, desde que te vi adentro supe que eras pura tentación
, murmuró, acercándose hasta que su pecho rozó el mío. No lo detuve. Al contrario, levanté la cara y lo besé, un beso hambriento, sus labios carnosos saboreando a menta y deseo puro. Sus manos grandes bajaron a mi cintura, apretándome contra él, y sentí su verga dura presionando mi vientre. Dios mío, qué prieta la tiene, pensé, mientras mi lengua jugaba con la suya, chupando suave, probando su saliva caliente.

La tensión subía como olla exprés. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, acariciando mi piel suave del estómago, subiendo hasta mis tetas. Las amasó con maestría, pellizcando los pezones hasta que gemí en su boca. —

Qué ricas estás, pinche diosa
, gruñó, bajando la cabeza para morder mi cuello, dejando un rastro húmedo de besos que olían a su sudor salado. Yo no me quedé atrás: metí la mano en su pantalón, envolviendo su verga gruesa, venosa, latiendo en mi palma. La piel era terciopelada, caliente como hierro al rojo, y la apreté, moviendo la mano despacio, sintiendo cómo se hinchaba más.

Nos recargamos en el tri scooter Soriana, el metal fresco contrastando con nuestros cuerpos ardiendo. Le bajé el cierre, liberando esa polla impresionante, y me arrodillé en el asfalto raspado, ignorando el calor del suelo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, ese gusto almizclado que me ponía más cachonda. Marco jadeaba, sus manos en mi pelo, guiándome sin forzar. —

Chúpamela rica, así, qué buena mamacita
. La metí hasta la garganta, sintiendo cómo me llenaba la boca, el olor de su masculinidad invadiendo mis sentidos. Mis jugos corrían por mis muslos, empapando mis panties.

Me levantó con facilidad, como si no pesara nada, y me sentó en el asiento del tri scooter Soriana. Desabrochó mis jeans, bajándolos junto con la tanga, exponiendo mi concha depilada, hinchada y brillante de miel. —

Mira nada más qué panochita tan chula
, dijo, arrodillándose él ahora. Su lengua caliente lamió mi clítoris, chupando suave al principio, luego con hambre, metiendo dos dedos gruesos que me abrían, follándome lento. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el tráfico lejano, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, mezclada con su saliva.

No aguanto más, lo necesito dentro. Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. Me abrí de piernas sobre el tri scooter Soriana, invitándolo. Marco se posicionó, la punta de su verga rozando mi entrada húmeda, untándose con mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. —

Estás tan apretada, pinche delicia
, jadeó, mientras yo clavaba las uñas en sus hombros, sintiendo cada vena pulsando dentro de mí. Empezó a bombear, fuerte pero controlado, el scooter crujiendo bajo nosotros con cada embestida. Mis tetas rebotaban, su boca chupándolas, mordiendo los pezones hasta el dolor placentero.

El ritmo subió, sudor goteando de su frente a mi pecho, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El aire olía a sexo crudo, a piel caliente y semen próximo. Yo lo arañaba, gritando —

¡Más duro, cabrón, fóllame rico!
— mientras mi coño lo ordeñaba, contrayéndose alrededor de su verga. Sentí el orgasmo venir como ola gigante, mis piernas temblando, el mundo reduciéndose a su polla hundiéndose profundo.

Exploté primero, un grito ronco saliendo de mi garganta, mi concha convulsionando, chorros de placer mojando el asiento del tri scooter Soriana. Marco gruñó animalesco, hinchándose más dentro de mí antes de correrse, chorros calientes llenándome hasta rebosar, goteando por mis muslos. Nos quedamos pegados, jadeando, su peso sobre mí reconfortante, el corazón latiendo al unísono.

Después, nos vestimos entre risas nerviosas, el sol bajando un poco, tiñendo todo de naranja. Me ayudó a bajar del tri scooter Soriana, besándome suave en la frente. —

¿Te lo llevas? Quedó marcado con nuestra pasión
, bromeó.

Órale, wey. Y tú también vienes con él
, le guiñé el ojo. Pagamos adentro, intercambiando números con miradas cargadas de promesas. Salí empujando mi nueva adquisición, el cuerpo aún zumbando de placer residual, el recuerdo de su sabor en mi lengua, su olor en mi piel. Esa tarde, el tri scooter Soriana no solo fue mi compra, sino el inicio de algo bien chido, lleno de fuego y complicidad mexicana.

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