Gerundio de Try en la Piel Ardiente
La noche en la Ciudad de México olía a jazmín y a tacos de asador que se freían en la esquina. Yo, Ana, acababa de salir del gym en Polanco, con el cuerpo sudado y la piel erizada por el fresco de la tarde. Caminaba por la avenida con mis leggings ajustados, sintiendo cada paso cómo mis muslos rozaban con esa fricción deliciosa que me recordaba lo viva que estaba. Ahí lo vi: Marco, el moreno alto del café de siempre, con su sonrisa pícara y esos ojos que prometían travesuras.
Chingado, qué rico se ve este pendejo, pensé mientras me acercaba. Nos saludamos con un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su barba raspándome la piel como una caricia prohibida. "¿Qué onda, Ana? ¿Vas pa'l after?" me dijo con esa voz grave que me erizaba los vellos.
"Simón, carnal, pero solo si me invitas un mezcal", le contesté guiñando el ojo. Terminamos en su depa en la Roma, un lugar chido con ventanales que daban a las luces neón de la calle. El aire estaba cargado de ese olor a hombre: colonia mezclada con sudor fresco. Nos sentamos en el sofá de piel, tan cerca que sentía el calor de su pierna contra la mía.
La plática fluyó como tequila suave: de la pinche vida, de antojos y de cómo el gerundio de try era esa acción continua de intentar algo nuevo, como probar posiciones que te vuelan la cabeza. Reí, porque Marco era profe de inglés y siempre metía esas mamadas lingüísticas. "Órale, explícame eso del gerundio de try mientras me sirves otro trago", le dije, rozando su mano a propósito.
Él se acercó, su aliento a menta y mezcal rozándome el cuello. "El gerundio de try es intentar sin parar, nena, como ahora que estoy trying no besarte todavía". Su labio rozó mi oreja, y un escalofrío me recorrió la espina. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta, pum-pum, acelerado. Lo miré, mis pezones ya duros contra la blusa delgada, y le dije: "Pues ya inténtalo, cabrón".
"¿Estás segura?" murmuró, sus dedos ya en mi nuca, masajeando suave.
"Ponte vergas", respondí, y nos besamos. Fue como explosión: su lengua explorando mi boca con hambre, saboreando el mezcal en mis labios, salado y dulce. Mis manos en su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el olor de su piel subiendo como feromonas. Lo empujé al sofá, montándome encima, frotándome contra su verga que ya estaba dura como piedra bajo los jeans.
Acto uno: la tensión inicial. Nos desnudamos lento, él quitándome la blusa con dientes, lamiendo mi clavícula mientras yo gemía bajito. "Qué chingona estás, Ana", susurró, chupando un pezón, la lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. El sonido de su boca succionando, húmedo y obsceno, me mojaba más. Mi mano bajó a su pantalón, liberando esa polla gruesa, venosa, palpitante. La toqué, suave al principio, sintiendo el calor, la piel sedosa estirada. Quiero probar el gerundio de try aquí mismo, pensé, recordando su lección tonta que ahora sonaba tan carnal: intentar sin parar, prolongando el placer.
Lo bajé de rodillas, él besando mi ombligo, bajando a mi monte. Olía a mi excitación, almizclado y dulce. Separó mis labios con los dedos, lamiendo despacio, la lengua plana recorriendo mi clítoris. "¡Ay, Marco, no pares!" grité, mis caderas moviéndose solas, el sonido de su saliva mezclada con mis jugos, chap-chap rítmico. Intentaba aguantar, pero el gerundio de try era eso: trying to hold back, intentando no correrme ya.
Lo subí, lo besé saboreándome en su boca, salada y mía. Nos fuimos a la cama, sábanas frescas contra mi piel caliente. Acto dos: la escalada. Él encima, su cuerpo pesado y delicioso, penetrándome lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, el roce interno que me hacía jadear. "Métemela más hondo, pendejo", le ordené, uñas en su espalda. Empezamos un ritmo: él embistiendo, yo respondiendo, piel contra piel, slap-slap-slap, sudor goteando, oliendo a sexo puro.
Esto es el gerundio de try perfecto: intentando el orgasmo eterno, pensé mientras cambiábamos. Yo de perrito, él agarrándome las caderas, polla golpeando profundo, mis tetas balanceándose, pezones rozando la sábana áspera. Gemía en mexicano puro: "¡Sí, cabrón, así! ¡No pares, inténtalo más!". Él gruñía, "Estás bien rica, Ana, me vas a hacer acabar". Pero no, prolongamos: lo monté yo, cabalgando lento, girando caderas, sintiendo su verga pulsar dentro, mis paredes apretándolo. El olor a sudor, a coño mojado, a hombre al límite. Besos entrecortados, lenguas enredadas, manos explorando: yo pellizcándole los huevos, él frotándome el clítoris.
La intensidad subía como volcán: pulsos acelerados, respiraciones jadeantes, el cuarto lleno de nuestros sonidos animales. Internal struggle:
Quiero correrme ya, pero no, hagamos durar este gerundio de try, esta acción continua de placer. Cambiamos a misionero, piernas en sus hombros, él besándome los pies, lamiendo dedos mientras me taladraba. El clímax se acercaba, tensión en el bajo vientre, como ola creciendo.
Acto tres: la liberación. "¡Ya, Marco, córrete conmigo!" grité. Él aceleró, polla hinchándose, mis jugos chorreando por sus bolas. El orgasmo me golpeó primero: contracciones violentas, grito ahogado, visión borrosa, sabor a sal en la boca de tanto morder mi labio. Él se vino segundos después, caliente adentro, pulsando, gimiendo mi nombre. Colapsamos, sudorosos, entrelazados, corazones latiendo al unísono, pum-pum contra pum-pum.
Afterglow: yacimos ahí, su mano acariciando mi pelo, yo oliendo su cuello, mezcal y semen. "Fue el mejor gerundio de try de mi vida", murmuró riendo. Yo sonreí, "Simón, carnal, pero la próxima intentamos más". La ciudad zumbaba afuera, pero nosotros en calma, satisfechos, con esa conexión profunda que va más allá del cuerpo. El deseo inicial resuelto, pero abriendo puerta a más noches de trying infinito.