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El Trio Ardiente con la Niñera

7063 palabras

El Trio Ardiente con la Niñera

Javier se recargó en la puerta de la casa, con el olor a tacos de suadero aún pegado a la camisa después de la cena con Laura en el centro. Era viernes por la noche en la Condesa, y el bullicio de la calle se colaba por las ventanas abiertas. Los niños ya debían estar dormidos, gracias a Ana, la niñera que habían contratado hacía un mes. Esa morra de veinticinco tacos, con curvas que no pasaban desapercibidas y una sonrisa que iluminaba la penumbra del pasillo.

Laura, su esposa, le dio un codazo juguetón mientras sacaba las llaves. "¿Ya estás pensando en lo rica que está la niñera, pinche viejo verde?" bromeó ella, con esa voz ronca que siempre lo ponía a mil. Javier rio por lo bajo, sintiendo el calor subirle por el cuello. Laura era así, directa, sin pelos en la lengua, y en la cama no se quedaba atrás. Habían platicado antes, en esas noches de copas, sobre fantasías locas. Un trio con la niñera había salido a relucir una vez, medio en serio, medio en pedo.

Ana abrió la puerta antes de que tocaran, con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros y un top ajustado que marcaba sus chichis perfectas. Olía a vainilla y a algo más dulce, como a piel recién duchada. "¡Qué chido que llegaron temprano! Los niños están como angelitos, wey." Su acento chilango puro los envolvió, y Javier sintió un cosquilleo en la entrepierna al ver cómo se movía, grácil como una gata.

Pasaron al salón, con las luces tenues y la tele murmurando una serie gringa. Laura sirvió tequilas en vasos helados, el hielo crujiendo contra el cristal.

"Quédate un rato, Ana. Toma una chela, relájate. Mañana es sábado, ¿no?"
propuso Laura, guiñándole un ojo. Ana dudó un segundo, mordiéndose el labio inferior, pero el brillo en sus ojos delataba curiosidad. Se sentó entre ellos en el sofá de piel, tan cerca que Javier podía oler su perfume mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa.

La plática fluyó como el tequila: chismes del barrio, anécdotas de los niños, risas que se volvían más roncas. Javier notaba cómo Laura rozaba la pierna de Ana "sin querer", y cómo ella no se apartaba. Su mente bullía: ¿Y si pasa? ¿Será que esta noche armamos el trio niñera del que tanto hablamos? El corazón le latía fuerte, el pulso acelerado contra las sienes.

Laura se inclinó primero, rozando los labios de Ana con un beso suave, tentativo. "¿Te late?" murmuró. Ana jadeó, asintiendo, y Javier sintió su verga endurecerse al instante. Las manos de su esposa subieron por el muslo de la niñera, levantando la falda corta, revelando piel morena y suave. El aire se cargó de electricidad, con el sonido de respiraciones entrecortadas y el roce de telas.

En el medio del clímax de la tensión, Javier se unió, besando el cuello de Ana mientras Laura le quitaba el top. Los pechos de la niñera saltaron libres, tetas firmes con pezones oscuros ya duros como piedras. "Qué chingonas están," gruñó Javier, lamiendo uno, saboreando el salado de su piel mezclado con el dulce de su sudor. Ana gimió, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Laura.

Se mudaron a la recámara, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La cama king size los recibió con sábanas frescas que olían a lavanda. Laura empujó a Ana sobre el colchón, besándola con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y sonoro. Javier se desnudó rápido, su pija tiesa apuntando al techo, venas palpitantes. Mierda, esto es real, pensó, el estómago revuelto de nervios y excitación pura.

Ana se arrodilló entre ellos, chupando primero la verga de Javier con labios carnosos, succionando hasta la garganta mientras Laura le lamía el coño desde atrás. El sonido de chupadas y gemidos llenaba la habitación, junto al aroma almizclado del sexo: jugos de Ana goteando, el precum salado en la boca de ella. Javier agarró el pelo de la niñera, follando su boca despacio, sintiendo la calidez húmeda envolviéndolo.

"Así, nena, trágatela toda, qué rico."

Laura no se quedaba atrás; metió dos dedos en el chochito de Ana, que chorreaba como fuente, el squelch húmedo resonando. "Estás empapadita, pinche puta deliciosa," le susurró al oído, mordisqueando la oreja. Ana temblaba, sus caderas moviéndose al ritmo, el clítoris hinchado rozando la lengua experta de Laura.

Cambiaron posiciones como en una coreografía instintiva. Javier se tendió, y Ana se montó en su cara, restregando su panocha rasurada contra su boca. Sabía a miel salada, jugos calientes inundándole la barba. Él lamía voraz, chupando el clítoris mientras metía la lengua profundo, oyendo los alaridos ahogados de ella. Laura, a horcajadas en su verga, cabalgaba con furia, sus nalgas rebotando contra los muslos de Javier, piel contra piel en un slap slap rítmico.

El sudor los unía, resbaloso y caliente, gotas cayendo sobre pechos y estómagos. Javier sentía el orgasmo construyéndose, bolas apretadas, pero quería alargar el placer. No voy a durar mucho con estas dos diosas, se dijo, mordiendo el interior del muslo de Ana para distraerse. Ella gritó, corriéndose primero: un chorro caliente en su boca, cuerpo convulsionando, uñas arañando su pecho.

Laura aceleró, sus tetas bamboleándose, pezones rozando el vientre de Ana que ahora besaba a Javier. "Córrete conmigo, carnal," jadeó ella, y Javier no pudo más. Su verga explotó dentro de Laura, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un rayo. Ella se vino segundos después, coño contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre mezclado con obscenidades chilangas: "¡Chingado, sí, lléname, wey!"

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y semen, mezclado con el perfume residual de Ana. Javier besó la frente de Laura, luego los labios hinchados de la niñera.

"Eso fue... épico, ¿verdad?"
murmuró ella, riendo bajito.

Ana se acurrucó entre ellos, piel pegajosa contra piel. Nunca imaginé que un trabajo de niñera terminara así de chingón, pensó Javier, con una sonrisa boba. Hablaron en susurros, planes para la próxima: más noches libres, más tríos ardientes. No había celos, solo conexión profunda, un lazo forjado en éxtasis compartido.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Ana se vistió con lentitud, besándolos una última vez. "Gracias por la noche más loca de mi vida, carnales." Javier y Laura la vieron irse desde la ventana, mano en mano, el corazón lleno. El trio niñera no era solo sexo; era libertad, deseo mutuo, un secreto delicioso que los unía más.

En la ducha después, bajo el agua caliente que lavaba el sudor pero no los recuerdos, Javier abrazó a Laura por detrás. Esto apenas empieza, pensó, mientras ella gemía suave al sentirlo endurecerse de nuevo.

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