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La Ardiente Triada de Gregg

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La Ardiente Triada de Gregg

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas sucias. Yo, Gregg, un mexicano gringo como me decían mis cuates, acababa de cerrar un negocio chingón en un bar de lujo. Sudor en la nuca, camisa pegada al pecho, y de repente las vi: Ana y Carla, las reinas de la pista, moviéndose como si el ritmo las hubiera parido. Ana con su pelo negro largo hasta la cintura, ojos verdes que te taladraban el alma, y Carla, rubia teñida, curvas que gritaban ven y tómalas. Se acercaron con shots de tequila en la mano, sonrisas que decían todo sin palabras.

Órale, Gregg, ¿no que eras el rey de la noche? dijo Ana, su voz ronca rozándome el oído como un beso húmedo. Olía a vainilla y algo más salvaje, como jazmín en flor de noche. Carla se pegó por el otro lado, su mano rozando mi brazo, piel suave como seda caliente. Nos han contado de ti, pendejo exitoso. ¿Te late unirte a nuestra triada?

Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes. ¿Triada de Gregg? Así lo llamaron desde ese momento, como si ya supieran que yo era el pieza que faltaba. No era la primera vez que una morra me tiraba la onda, pero esto era diferente. Sus miradas se enredaban entre ellas y conmigo, un triángulo de deseo puro. Acepté el shot, el tequila quemándome la garganta, dulce y ardiente como sus promesas. Salimos del bar, el viento nocturno lamiendo nuestras pieles, taxi hasta el penthouse de Ana en Lomas. En el elevador, Carla me besó primero, labios carnosos saboreando a tequila y menta, mientras Ana mordisqueaba mi oreja, susurrando Esta noche serás nuestro.

El penthouse era un sueño: luces tenues, terraza con vista a la ciudad brillando como estrellas caídas, aire acondicionado que erizaba la piel. Nos quitamos los zapatos, descalzos sobre el mármol fresco. Ana sirvió más tequila, sus caderas balanceándose al ritmo de una rola de Natalia Lafourcade que sonaba bajito.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es una locura, pero neta, se siente tan bien. Sus cuerpos, tan cerca, me tienen al borde.
Me senté en el sofá de piel blanca, ellas a mis lados, piernas rozándose. Carla deslizó su mano por mi muslo, subiendo lento, el calor de sus dedos filtrándose a través del pantalón. Relájate, Gregg. La Triada de Gregg empieza ahora, murmuró Ana, su aliento caliente en mi cuello.

La tensión crecía como una tormenta. Hablamos primero, porque no era solo sexo; era conexión. Ana contó cómo conoció a Carla en una fiesta en Acapulco, cómo su amor fluía libre, pero les faltaba ese toque masculino fuerte. Tú eres perfecto, alto, musculoso, con esa mirada que promete, dijo Carla, lamiendo el borde de su vaso. Yo confesé mis fantasías, cómo siempre quise algo más allá de lo vanilla, un lazo de tres donde nadie se sintiera de menos. Sus risas llenaron el aire, vibrando en mi pecho. Luego, los besos. Ana primero, su lengua explorando la mía, sabor a sal y deseo, manos en mi pecho desabotonando la camisa. Carla observaba, mordiéndose el labio, hasta que se unió, besándome el cuello mientras Ana bajaba por mi torso.

El olor a sus perfumes se mezclaba con el mío, sudor fresco y masculino, creando una nube embriagadora. Me recostaron en el sofá, sus cuerpos presionando contra el mío. Ana se quitó el vestido rojo, revelando tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por el aire. Carla, en tanga negra, se frotó contra mi pierna, su humedad filtrándose a través de la tela. Siente lo mojada que estoy por ti, Gregg, jadeó. Mis manos exploraron: piel suave de Ana, curvas generosas de Carla, gemidos suaves como música erótica. La desvestí, polla ya dura latiendo contra mis boxers. Ellas se besaron sobre mí, lenguas enredadas, saliva brillando bajo la luz, un espectáculo que me volvió loco.

El medio acto ardía. Me llevaron a la cama king size, sábanas de satén negro crujiendo bajo nosotros. Ana montó mi cara, su coño depilado rozando mis labios, sabor salado y dulce como mango maduro. Lamí lento, lengua hundida en sus pliegues, mientras ella gemía ¡Sí, cabrón, así! . Carla chupaba mi verga, boca caliente envolviéndome, succionando con maestría, saliva goteando por mis bolas. El sonido de succiones húmedas, jadeos ahogados, piel chocando. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, penetrando a Carla por detrás, su culo redondo rebotando contra mis caderas, mientras Ana lamía sus tetas. Más duro, Gregg, hazme tuya, rogaba Carla, voz entrecortada. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclándose con el zumbido de la ciudad lejana.

Mi mente era un torbellino:

Esto es la neta, la Triada de Gregg en su máxima expresión. Sus cuerpos sincronizados, sudados, brillando. Ana arqueándose cuando la cogí, sus uñas clavándose en mi espalda, dejando marcas de fuego. Carla corriéndose primero, chillando ¡me vengo, pinche Gregg!, coño apretándome como vicio.
La intensidad subía, pulsos acelerados latiendo en sincronía. Las puse a las dos de rodillas, alternando embestidas profundas, sus gemidos uniéndose en un coro erótico. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, fluidos mezclados. Toques eléctricos: pezones rozando mi pecho, dedos enredados en mi pelo, labios mordiendo hombros.

Ana se corrió temblando sobre mi polla, chorro caliente empapando las sábanas, su grito ronco ¡Eres nuestro rey!. Carla la besó para callarla, lenguas danzando, mientras yo sentía el clímax acercarse, bolas tensas, verga hinchada. Córrete con nosotras, forma la Triada completa, suplicó Carla. Empujé una última vez, explotando dentro de Ana, semen caliente llenándola, mientras ellas se tocaban mutuamente, orgasmos encadenados. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

El afterglow fue puro paraíso. Acostados en la terraza, desnudos bajo las estrellas, tequila frío en vasos helados. El viento secaba nuestro sudor, pieles aún sensibles al roce. Ana trazaba círculos en mi pecho: Esto no termina aquí, Gregg. La Triada de Gregg es para siempre. Carla asintió, besándome suave: Nos complementamos perfecto, ¿verdad?. Reí bajito, el corazón lleno. Miré la ciudad dormida, sintiendo por primera vez un lazo más allá del placer: confianza, deseo mutuo, amor en tríada. Mañana seguiría el negocio, pero ahora sabía que tenía mi propio imperio íntimo. La noche susurraba promesas de más noches así, ardientes, inolvidables.

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