Pruébame The Weeknd Traducida
La noche en la Condesa estaba viva, con ese pulso eléctrico que solo México City sabe dar. Tú, con tu vestido negro ceñido que rozaba tus curvas como una caricia prohibida, bailabas al ritmo de la música en el bar. El aire olía a tequila reposado y jazmines flotando desde las mesas vecinas. Tus caderas se mecían solas, instintivas, mientras The Weeknd retumbaba en los altavoces. "Try Me", esa rola que te ponía la piel de gallina cada vez que la oías.
De repente, lo viste. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba confianza. Se acercó despacio, como si supiera que tenías los ojos puestos en él desde el principio. ¿Quién es este pendejo tan chido? pensaste, mientras tu corazón latía más fuerte que el bajo.
—Pruébame, güey —le dijiste en voz baja, citando la rola, con una ceja arqueada.
Él se rio, esa risa grave que vibró en tu pecho. —Try me, preciosa. ¿Quieres la versión traducida? —respondió, su aliento cálido con un toque de mezcal rozando tu oreja.
Así empezó todo. Charlaron de música, de cómo try me the weeknd traducida sonaba aún más cabrona en español, con ese filo sensual que te hacía imaginar cosas sucias. Sus manos rozaron las tuyas al pasar la chela, y sentiste ese cosquilleo eléctrico subir por tu brazo. Neta, la tensión era palpable, como el calor que subía por tus muslos.
Una hora después, estabas en su depa en la Roma. El lugar era chulo, minimalista, con luces tenues y una vista a las luces de la ciudad que parpadeaban como estrellas coquetas. Él puso la rola otra vez, bajito, mientras te servía un trago. Tú te recargaste en la barra de la cocina, sintiendo el granito frío contra tu espalda baja, contrastando con el fuego que ya ardía adentro.
—Cuéntame la letra traducida completa —le pediste, mordiéndote el labio, sabiendo que era pretexto para que se acercara más.
Él se paró frente a ti, tan cerca que podías oler su colonia, madera y algo salvaje. —Pruébame, no me mires así si no vas a hacer nada al respecto —recitó con voz ronca, traduciendo las primeras líneas de try me the weeknd traducida. Sus ojos bajaron a tu escote, y tú sentiste tus pezones endurecerse bajo la tela fina.
El deseo crecía lento, como una ola en la costa de Puerto Vallarta. Tus dedos juguetearon con el borde de su camisa, sintiendo el calor de su piel a través del algodón. Él te tomó de la cintura, jalándote suave hacia él. Qué rico se siente esto, pensaste, mientras sus labios rozaban tu cuello, enviando chispas por tu espina.
—Estoy harto de que me mires sin tocarme —siguió recitando, su mano bajando por tu cadera, apretando justo donde dolía de ganas. Tú gemiste bajito, el sonido ahogado por la música. El aroma de su sudor mezclado con el tuyo empezaba a llenar el aire, ese olor almizclado que grita sexo.
Lo empujaste hacia el sofá, queriendo tomar el control. Te sentaste a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra ti a través de los jeans. ¡Carajo, qué grande se siente! Tus caderas se movieron solas, frotándote contra él en círculos lentos. Él gruñó, sus manos subiendo por tus muslos, levantando el vestido hasta que el aire fresco besó tu piel expuesta.
—Pruébame, nena, pruébame —murmuró contra tu boca, antes de besarte. Fue un beso hambriento, lenguas enredándose como serpientes, sabor a tequila y deseo puro. Tus uñas se clavaron en su nuca, tirando de su pelo mientras el beso se profundizaba.
La ropa empezó a sobrar. Él te quitó el vestido con dedos temblorosos de anticipación, exponiendo tus tetas al aire. Sus labios bajaron, chupando un pezón con esa succión perfecta que te hizo arquear la espalda. ¡Pinche madre, qué bueno! El placer era un latido constante entre tus piernas, húmeda ya, rogando por más.
Tú no te quedaste atrás. Bajaste su zipper, liberando su verga gruesa y venosa. La tomaste en tu mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Era caliente, pesada, y al primer movimiento de tu puño, él soltó un jadeo ronco que te empapó más.
—Try me the weeknd traducida en acción —bromeó él, pero su voz era puro fuego. Te levantó en brazos como si no pesaras nada, llevándote a la cama. El colchón se hundió bajo tu peso, las sábanas frescas contra tu piel ardiente.
Aquí venía el meollo. Él se arrodilló entre tus piernas, besando el interior de tus muslos. Cada roce de sus labios era tortura deliciosa, el vello de su barba raspando suave. Olías tu propia excitación, dulce y salada, mezclada con la suya. Cuando su lengua finalmente tocó tu clítoris, fue como un rayo. Lamidas lentas, círculos precisos, chupando justo como te gustaba. Tus caderas se alzaron, empujando contra su boca, mientras gemidos escapaban sin control.
No pares, cabrón, no pares
Él obedeció, metiendo dos dedos dentro de ti, curvándolos para golpear ese punto que te volvía loca. El sonido era obsceno: húmedo, resbaloso, sincronizado con la rola que aún sonaba de fondo. Pruébame, pruébame, repetía la letra en tu mente, mientras el orgasmo se acercaba como un tren.
Pero querías más. Lo jalaste arriba, guiando su verga a tu entrada. —Entra ya, güey —le ordenaste, y él empujó despacio, centímetro a centímetro. ¡Dios! Lo sentiste estirarte, llenarte por completo. El ardor inicial dio paso a un placer abrumador, sus caderas chocando contra las tuyas en un ritmo perfecto.
Follaron así, misionero primero, con él besándote profundo, mordiendo tu labio inferior. Sudor goteaba de su frente a tu pecho, salado en tu lengua cuando lo lamiste. Cambiaron: tú arriba, cabalgándolo como reina, tus tetas rebotando con cada bajada. Él te apretaba el culo, guiándote, gruñendo ¡qué rico, morra!
La intensidad subía. Tus paredes lo apretaban, palpitando alrededor de él. Él aceleró, embistiéndote duro desde abajo, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. El olor a sexo era espeso, embriagador. Sentías cada vena de su verga rozando adentro, cada roce enviando ondas de placer.
—Me vengo —jadeaste, y fue explosivo. Tu cuerpo se tensó, el clímax rompiéndote en mil pedazos, jugos chorreando por sus bolas. Él te siguió segundos después, gruñendo tu nombre —o lo que sea que gritara en ese trance—, llenándote con chorros calientes que sentiste palpitar.
Colapsaron juntos, jadeando, piel pegajosa de sudor. Él te abrazó, besando tu frente, mientras la rola terminaba en fade out. Try me the weeknd traducida había sido el catalizador perfecto para esa noche inolvidable.
Te quedaste ahí, sintiendo su corazón latir contra el tuyo, el aire fresco de la ventana entrando y enfriando vuestros cuerpos. Neta, qué chingón, pensaste, con una sonrisa satisfecha. No era solo sexo; era conexión, deseo mutuo que os había consumido. Él te miró, ojos brillantes. —Pruébame cuando quieras, reina.
Y tú supiste que lo harías. La noche de la Condesa acababa de empezar su magia.