Para Que Es la Bedoyecta Tri en el Fuego de la Piel
El sol del atardecer se colaba por las cortinas de nuestra depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel de Ana luciera como miel derretida. Yo, Marco, acababa de llegar del gym, con el cuerpo aún sudado y los músculos latiendo de esa energía que tanto me gustaba sentir. Ana estaba recostada en el sofá, con una cara de cansancio que me partía el alma. Trabajaba como diseñadora gráfica freelance, y esas jornadas eternas frente a la compu la dejaban hecha un trapo.
¿Qué le pasa a mi reina hoy? pensé, mientras me acercaba y le plantaba un beso en la frente. Ella suspiró, oliendo a su perfume de vainilla mezclado con el café que se había echado toda la mañana.
—Ay, Marco, estoy muerta. No sé qué me pasa, pero traigo un bajón que ni te imaginas. Como si me hubieran chupado toda la energía.
Me senté a su lado, pasando la mano por su muslo desnudo bajo esa falda corta que tanto me volvía loco. Su piel era suave, tibia, y sentí cómo se erizaba un poquito con mi toque. Recordé el frasquito que tenía guardado en el baño, esa Bedoyecta Tri que mi carnal del gym me había recomendado. Para que es la Bedoyecta Tri, me había preguntado ella una vez, y yo le expliqué que era un chute de vitaminas B para recargar baterías, como un turbo natural para el cuerpo.
—Mira, mi amor, ¿por qué no pruebas esto? —le dije sacando el ampuleta del cajón—. Es Bedoyecta Tri. Te la pongo y verás cómo te levantas como nueva. Te juro que después de esto vas a querer comerte el mundo... o comerme a mí.
Ana me miró con esos ojos cafés grandes, dudando un segundo, pero luego sonrió pícara.
—Órale, güey, si me vas a inyectar, hazlo con cuidado, ¿eh? No quiero que me dejes coja.Se rió, y ese sonido fue como música, grave y juguetón, despertando algo en mi entrepierna.
La llevé a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La recosté boca abajo, subiéndole la falda hasta la cintura. Sus nalgas redondas, cubiertas solo por un tanga de encaje negro, me hicieron tragar saliva. Preparé la jeringa con manos firmes: el líquido ámbar brillaba bajo la luz tenue. Limpié su muslo derecho con alcohol, ese olor punzante que se mezclaba con su aroma natural, a mujer deseosa.
—Relájate, preciosa —susurré, besándole la nuca. Sentí su respiración acelerarse, el calor de su cuerpo subiendo. La aguja entró suave, un pinchazo rápido que la hizo gemir bajito. Qué chingón, pensé, mientras empujaba el plunger y veía cómo el suero se colaba en sus venas. Sacó la aguja, y un hilito de sangre perló la piel, que lamí sin pensarlo. Salado, metálico, mezclado con su sudor dulce.
Al principio, Ana solo jadeó, frotando el sitio de la inyección. Pero luego, como por arte de magia, su cuerpo cambió. Se giró despacio, con los ojos brillantes, la piel sonrojada. La Bedoyecta Tri ya estaba obrando su magia, pensé. Ella se incorporó, pasando las manos por mis pectorales, clavándome las uñas suaves.
—Marco... siento un calor por todo el cuerpo. Como si me hubieran encendido un fuego adentro. ¿Para que es la Bedoyecta Tri? ¡Esto es una chingonería!
Su voz era ronca, cargada de deseo. Me jaló hacia ella, besándome con hambre, su lengua explorando mi boca como si quisiera devorarme. Sabía a menta y a excitación pura. Mis manos bajaron a sus tetas, firmes y pesadas bajo la blusa, pellizcando los pezones que ya estaban duros como piedritas. Ella arqueó la espalda, gimiendo contra mi cuello, el sonido vibrando en mi piel.
Nos quitamos la ropa a tirones, el aire fresco de la recámara chocando con nuestro calor. Su cuerpo desnudo era una obra de arte: curvas mexicanas perfectas, caderas anchas para agarrar fuerte, panocha depilada brillando de humedad. Yo estaba tieso como palo, mi verga palpitando al verla. Ana me empujó a la cama, montándose a horcajadas sobre mí. Su peso era delicioso, sus muslos apretándome las caderas.
Esto apenas empieza, me dije, mientras ella frotaba su concha mojada contra mi tronco, lubricándonos mutuamente. El olor a sexo llenaba el cuarto, almizclado y embriagador, mezclado con el sudor fresco que perlaba su frente. Bajó despacio, guiándome adentro de ella con una mano temblorosa. ¡Qué estrecha y caliente! Sus paredes me apretaron como un guante de terciopelo húmedo, y los dos gritamos al unísono.
—¡Ay, cabrón, qué rico te sientes! —gruñó ella, empezando a moverse, arriba y abajo, con un ritmo que me volvía loco. Sus tetas rebotaban hipnóticas, y yo las chupé, mordisqueando los pezones rosados, saboreando su piel salada. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando era la banda sonora, junto con sus gemidos cada vez más altos: "¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!"
La volteé sin sacarla, poniéndola a cuatro patas. Su culo en pompa era una invitación irresistible. Agarré sus caderas, embistiéndola profundo, sintiendo cómo su interior se contraía alrededor de mí. El calor de la Bedoyecta parecía multiplicarse en ella; se movía como poseída, empujando contra mí, pidiendo más. Pasé la mano por debajo, frotando su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. Ella tembló, gritando mi nombre, el cuarto oliendo a sexo crudo y pasión desatada.
El clímax se acercaba como una ola. Sentí mis bolas tensándose, el placer subiendo por la columna. Ana se corrió primero, un espasmo violento que la hizo arquearse, su concha ordeñándome.
—¡Me vengo, Marco! ¡No pares, chingado!Ese grito me empujó al borde. Me vacié dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes llenándola, nuestros cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.
Colapsamos juntos, jadeantes, enredados en las sábanas revueltas. El corazón de Ana latía contra mi pecho como un tambor, su piel ardiente y pegajosa. La besé suave, oliendo su cabello húmedo, sintiendo la paz que viene después de la tormenta.
—Gracias por la Bedoyecta, amor —murmuró ella, trazando círculos en mi abdomen—. Nunca pensé que para que es la Bedoyecta Tri iba a ser para esto. Mañana me pones otra, ¿va?
Reí bajito, abrazándola más fuerte. El sol ya se había ido, dejando la recámara en penumbras íntimas. En ese momento, supe que nuestra noche de fuego apenas era el principio. La energía de las vitaminas corría por sus venas, pero el verdadero poder estaba en nosotros, en ese deseo que no se apagaba nunca.