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Pasión Ardiente en el Tri Sport Gym

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Pasión Ardiente en el Tri Sport Gym

Entraste al Tri Sport Gym con el sol de mediodía pegando en las ventanas polarizadas, ese calor regio que te hace sudar antes de empezar. El aire estaba cargado de ese olor a esfuerzo puro: sudor fresco, goma de las colchonetas y un toque de cloro de la piscina interior. Tus tenis rechinaron contra el piso de madera pulida mientras mirabas alrededor. Wey, qué chido lugar. Bicis estáticas alineadas como soldados, pesas relucientes y esa pared de escalada que te hacía cosquillas en la panza solo de verla.

Ahí estaba él, el entrenador principal, Marco. Alto, moreno, con brazos que parecían tallados en bronce y una sonrisa que te derretía las rodillas. Llevaba una playera ajustada del gym, con el logo del Tri Sport Gym estirado sobre su pecho marcado. Órale, carnal, ¿qué pedo con este vato? pensaste mientras te acercabas al mostrador. Te inscribiste para una sesión de triatlón introductoria, neta queriendo mejorar tu resistencia, pero en el fondo sabías que el verdadero cardio iba a ser otro.

¡Qué onda, güey! ¿Lista para romperla hoy?
te dijo Marco con esa voz grave, ronca por los gritos en las clases grupales. Sus ojos cafés te recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en tus shorts deportivos que abrazaban tus curvas. Sentiste un cosquilleo en la piel, como si su mirada ya te estuviera desnudando.

Sí, carnal, échame la mano que ando con ganas de sudar.
respondiste, juguetona, mordiéndote el labio sin querer. Él rio, un sonido profundo que vibró en tu pecho, y te guió a la zona de bicis.

La sesión empezó suave. Tus piernas pedaleaban con ritmo, el sudor ya perlándote la frente, goteando salado por tu cuello hasta perderse en el valle de tus senos. Marco se paró detrás de ti, ajustando la resistencia. Sus manos grandes rozaron tus muslos, firmes pero gentiles, enviando chispas eléctricas directo a tu centro. Puta madre, ¿por qué se siente tan chingón? El roce fue breve, pero lo suficiente para que tu pulso se acelerara más que por el ejercicio.

Relaja las caderas, así... déjalas fluir con el movimiento.
murmuró cerca de tu oreja, su aliento cálido oliendo a menta y hombre. Su pecho casi tocaba tu espalda, y podías sentir el calor irradiando de su piel. Tus pezones se endurecieron bajo el top, traicionándote, y rezaste para que no lo notara. Pero lo notó. Su mano subió un poquito más, guiándote, y ahí quedó, presionando justo donde el músculo se une al hueso, pero rozando el borde de tu short.

Pasaron a la piscina. El agua fría te golpeó como un bálsamo, pero tu cuerpo ardía por dentro. Nadabas brazadas fuertes, el cloro picándote la nariz, el agua chapoteando contra tus oídos. Marco se metió con traje de baño negro que no dejaba nada a la imaginación: esa verga gruesa marcada bajo la tela, tentándote. Nadó a tu lado, su cuerpo cortando el agua como una flecha, músculos flexionándose con cada brazada. Cuando saliste, él ya estaba ahí, ofreciéndote una toalla, sus ojos fijos en las gotas resbalando por tu piel expuesta.

Esto no es normal, wey. ¿O sí? Neta quiero que me toque más. El deseo crecía como una ola, tu concha palpitando con cada mirada que cruzaban. En la zona de pesas, la tensión escaló. Te ayudó con las sentadillas, sus manos en tu cintura, guiándote abajo y arriba. Cada repetición era una tortura deliciosa: el ardor en tus glúteos, el roce de sus dedos en tu piel húmeda, el olor a su sudor mezclándose con el tuyo, ese almizcle que te volvía loca.

Estás que ardes, preciosa. Siente cómo tu cuerpo responde.
dijo, su voz baja, casi un gruñido. Tú lo miraste, jadeante, y soltaste:

¿Y tú, Marco? ¿Sientes lo mismo?

Él tragó saliva, sus pupilas dilatadas. Ya valió, esto va a pasar. La clase terminó, pero ninguno se movió. El gym estaba casi vacío, solo el zumbido de las máquinas y su respiración pesada. Marco te tomó de la mano, suave pero firme, y te llevó a la sala de masajes privada, esa que usaban para recuperación post-entrenamiento. Cerró la puerta, el clic del seguro como un disparo de salida.

Si no quieres, dime ahorita, güey. Pero te juro que desde que entraste al Tri Sport Gym no he podido sacarte de la cabeza.
Sus palabras eran crudas, mexicanas puras, y te encendieron más.

Quiero, pendejo. Tócala ya.
respondiste, tirando de su playera.

Acto seguido, sus labios cayeron sobre los tuyos como un rayo. Boca caliente, lengua invadiendo con hambre, saboreando el salado de tu sudor mezclado con el suyo. Gemiste en su boca, tus manos explorando su espalda ancha, uñas clavándose en la piel tensa. Él te levantó sin esfuerzo, sentándote en la mesa de masajes, el cuero frío contra tus nalgas calientes contrastando con su cuerpo ardiente.

Sus manos bajaron tus shorts, dedos gruesos abriéndose paso entre tus pliegues húmedos. ¡Ay, cabrón! Tan mojada ya. Olía a sexo puro, ese aroma dulce y almizclado de tu excitación llenando la habitación. Él se arrodilló, lengua lamiendo tu clítoris con maestría, chupando suave al principio, luego voraz. Tus caderas se arquearon, gemidos escapando como ladridos ahogados:

¡Sí, así, no pares, wey!
El sabor de ti en su boca lo volvía loco, gruñendo contra tu piel sensible, vibraciones que te hacían temblar.

Lo jalaste arriba, desesperada por sentirlo dentro. Le bajaste el short, su verga saltando libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomaste en tu mano, piel suave sobre acero, palpitando con vida. Él jadeó,

¡Chingada madre, qué rica mano!
Te abrió las piernas, frotando la cabeza contra tu entrada resbaladiza, teasing hasta que suplicaste. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El llenado fue puro éxtasis: venas rozando tus paredes, su pubis chocando contra tu clítoris.

Empezaron a moverse, ritmo de gym perfecto: profundo, constante, acelerando. Sudor volando, pieles chocando con palmadas húmedas, el aire cargado de jadeos y ¡órale, qué chingón! Tus pechos rebotando, él chupándolos, dientes rozando pezones duros como piedras. Sentías cada pulso de su verga dentro, tu concha apretándolo como puño, ordeñándolo. La tensión crecía, coiling en tu vientre como una resortera.

¡Me vengo, Marco, no pares!
gritaste, uñas en su espalda. Él embistió más duro, gruñendo
¡Ven conmigo, preciosa, apriétame!
El orgasmo te golpeó como tsunami: olas de placer rasgando tu cuerpo, visión nublándose, piernas temblando incontrolables. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándote, su rugido primal en tu oído.

Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, corazones latiendo al unísono. El olor a sexo y sudor impregnaba todo, su peso cómodo sobre ti. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Neta, el mejor entrenamiento de mi vida.

Minutos después, se vistieron riendo bajito, prometiendo más sesiones privadas en el Tri Sport Gym. Saliste con piernas de gelatina, pero alma satisfecha, sabiendo que el verdadero triatlón apenas empezaba: natación en sudor, ciclismo de caderas, carrera hacia el clímax eterno.

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