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El Tri Sinfónico II Ritmos Prohibidos

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El Tri Sinfónico II Ritmos Prohibidos

La noche en el Auditorio Nacional estaba cargada de esa electricidad que solo El Tri Sinfónico II podía generar. Yo, Ana, había esperado este concierto como si fuera el fin del mundo. Alex Lora y su banda, envueltos en cuerdas y metales orquestales, prometían una sinfonía rockera que me erizaba la piel solo de pensarlo. Llegué tomada de la mano de Marco, mi carnal de aventuras, ese pendejo guapo que me volvía loca con una mirada. El aire olía a perfume caro mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos que flotaba en la entrada. Luces tenues iluminaban la multitud vestida de negro y rojo, todos listos para dejarse llevar.

Nos sentamos en la zona VIP, cerca del escenario. Marco me apretó la pierna, su mano cálida subiendo despacio por mi falda corta. ¿Ya estás mojada, mi reina? me susurró al oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Sentí un cosquilleo que me recorrió la espalda. "Neta, cabrón, ni has empezado", le respondí mordiéndome el labio, mientras el telón se abría. Los violines rasgaron el silencio primero, suaves como caricias, luego los tambores retumbaron como latidos acelerados. El aroma de la madera pulida del escenario se mezclaba con el sudor incipiente de los músicos.

La primera canción, una versión sinfónica de "Abuso de Autoridad", nos envolvió. Las voces graves de Lora vibraban en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la blusa escotada. Marco deslizó sus dedos más arriba, rozando el encaje de mis panties. Yo apreté sus muslos firmes, sintiendo el bulto crecer bajo sus jeans.

"Esta noche te voy a comer entera, Ana. Te juro que no vas a caminar derecho mañana."
Sus palabras eran un fuego que me lamía las entrañas. Miré sus ojos oscuros, brillando con la luz estroboscópica, y supe que el deseo ya nos consumía. El público aplaudía, pero nosotros estábamos en nuestro propio mundo, tocándonos disimuladamente mientras la orquesta subía el volumen.

Entre canción y canción, nos besamos con hambre. Sus labios sabían a tequila reposado y chicle de menta, una mezcla adictiva. Su lengua invadió mi boca, explorando como si fuera la primera vez. Olía su colonia amaderada, esa que me hacía débil. "Estás riquísima, mi amor", murmuró, mordisqueándome el cuello. Sentí mi humedad empapando la tela, el calor entre mis piernas latiendo al ritmo de los contrabajos. La música nos mecía, las notas graves retumbando en mi clítoris como un pulso invisible.

Cuando tocaron "Triste Canción de Amor", la versión sinfónica nos derritió. Las cuerdas lloraban melodías que hablaban de pasión contenida, y Marco no aguantó más. Me jaló hacia el pasillo lateral, oscuro y discreto. "Ven, aquí nadie nos ve", dijo con voz ronca. Apoyé mi espalda contra la pared fría, el concreto áspero contrastando con el calor de sus manos levantando mi falda. Sus dedos encontraron mi centro, resbaladizos por mi excitación. ¡Qué chingón se siente esto! pensé, mientras gemía bajito para no alertar a nadie. El eco distante de la guitarra solista se colaba por el pasillo, sincronizándose con sus caricias circulares.

"Marco... no pares, pendejo", le supliqué, clavando mis uñas en sus hombros anchos. Él se arrodilló, su aliento caliente en mi piel expuesta. Lamida tras lamida, su lengua experta me devoraba, saboreando mis jugos con gruñidos de placer. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el perfume de su pelo. Mis piernas temblaban, el sonido de la multitud coreando "¡El Tri!" amortiguaba mis jadeos. Sentí el orgasmo construyéndose, como una ola orquestal a punto de estallar. Él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, y exploté en su boca, mordiéndome la mano para no gritar. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en mis oídos como redobles de batería.

Pero no era el fin. Marco se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, sonriendo como diablo. "Ahora te toca a ti, reina". Lo empujé contra la pared opuesta, desabrochando su cinturón con urgencia. Su verga saltó libre, dura y venosa, oliendo a hombre puro. La tomé en mi mano, sintiendo su calor palpitante, el pulso acelerado bajo mi palma. La chupé despacio al principio, saboreando la sal de su pre-semen, luego más rápido, tragándomela hasta la garganta. Él enredó sus dedos en mi cabello, gimiendo mi nombre. "Ana, qué mamada tan chingona... ¡no mames!" La música de fondo, ahora "Piedras Rodantes", nos impulsaba como un tren desbocado.

No aguantamos el pasillo. Corrimos al baño ejecutivo, vacío por milagro. Cerramos la puerta con seguro, y él me levantó sobre el lavabo de mármol frío. Mis tacones repiqueteaban en el piso de azulejos mientras me penetraba de un solo empujón. ¡Dios, qué llenura! Su grosor me estiraba deliciosamente, cada embestida rozando mi punto G. El espejo reflejaba nuestros cuerpos sudados: mi blusa abierta, senos rebotando; él con camisa desabotonada, músculos contraídos. Olía a sexo crudo, sudor y lujuria. Sus caderas chocaban contra las mías con palmadas húmedas, el slap-slap sincronizado con los platillos lejanos.

"Más fuerte, carnal... rómpeme", le rogaba, arañando su espalda. Él obedecía, clavándome con furia amorosa. Nuestros besos eran salvajes, dientes chocando, lenguas batallando. Sentía su verga hincharse más, anunciando su clímax. "Me vengo, Ana... ¡júntate conmigo!" Y lo hice, mi segundo orgasmo me sacudió como un solo de guitarra eléctrica, contrayendo mis paredes alrededor de él. Él gruñó profundo, llenándome con chorros calientes que desbordaban, goteando por mis muslos. Colapsamos jadeantes, abrazados, el eco de El Tri Sinfónico II filtrándose por la puerta como aplausos a nuestra pasión.

Salimos flotando, regresando a nuestros asientos justo para el encore. La multitud enloquecía con "ADN", pero nosotros ya habíamos tocado nuestra propia sinfonía. Marco me besó la sien, su mano en mi cintura posesiva. Esta noche El Tri Sinfónico II no solo rockeó el escenario, nos rockeó el alma. Caminamos a su depa después, el aire fresco de la noche CDMX calmando nuestros cuerpos aún ardientes. En la cama, nos amamos lento, saboreando el afterglow. Sus caricias eran tiernas ahora, trazando círculos en mi vientre. "Eres mi musa, Ana. Contigo todo suena a himno". Yo sonreí, inhalando su olor familiar, sabiendo que esta conexión, nacida en las notas de El Tri, perduraría como un riff eterno.

Desperté con el sol filtrándose por las cortinas, su brazo alrededor de mí. El recuerdo de la noche me hacía sonreír: los violines como preliminares, los tambores como embestidas. El Tri Sinfónico II había sido el catalizador perfecto para nuestra lujuria compartida. Y mientras Marco abría los ojos, besándome perezosamente, supe que querríamos repetir, una y otra vez.

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