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El Tchaikovsky Piano Trio en Carne Viva

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El Tchaikovsky Piano Trio en Carne Viva

Ana se recargó en el respaldo del piano de cola, en el amplio salón del penthouse en Polanco. El aire olía a jazmín fresco del jardín vertical y a un leve toque de café molido que acababa de preparar. Afuera, las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas, pero adentro, la tensión era palpable. Luis, el violinista, afinaba su instrumento con dedos ágiles, sus ojos cafés clavados en ella de vez en cuando. Sofía, la chelista, se acomodaba en su silla, su falda negra subiendo un poco por sus muslos morenos, dejando ver la curva suave de su piel.

Órale, qué chido tenerlos aquí esta noche, pensó Ana, mientras sus dedos rozaban las teclas frías del piano. Habían formado el trío hacía meses, ensayando el Tchaikovsky Piano Trio para un recital privado. Pero últimamente, las sesiones se sentían diferentes. Las miradas se prolongaban, los roces accidentales durante las pausas enviaban chispas por su espinazo. Neta, la música de Tchaikovsky ya era pasional de por sí, con esas melodías que subían y bajaban como un amante ansioso.

—Listos, carnales? —preguntó Ana, con voz ronca, sintiendo el pulso acelerado en su cuello.

Luis sonrió, esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. —Siempre listo pa' ti, Ana. Sofía?

—Dale, que ya me estoy mojando de emoción —bromeó Sofía, guiñando un ojo. Su risa llenó el salón, grave y sensual como el cello que tocaba.

Empezaron. Las notas del Tchaikovsky Piano Trio fluyeron como un río ardiente. El piano de Ana rugía con fuerza en las secciones principales, mientras el violín de Luis lloraba melancólico y el cello de Sofía gemía profundo. El sonido envolvía todo: vibraciones en el pecho de Ana, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo la blusa de seda. Sudor fino perlaba su frente, y el aroma salado se mezclaba con el perfume almizclado de Sofía.

En la segunda variación, Luis se acercó más de lo necesario. Su rodilla rozó la de Ana, un contacto eléctrico que la hizo errar una nota. Todos se detuvieron, riendo.

—Uy, perdón, morra —dijo él, pero no se apartó. Sus dedos tocaron su mano, cálidos y firmes.

Chingado, qué rico se siente eso. ¿Y si le digo que lo quiero más?
pensó Ana, mordiéndose el labio.

Sofía dejó el cello y se levantó, estirándose con gracia felina. —Neta, esta pieza nos pone cachondos a todos. ¿O soy la única que siente el calor subiendo?

Acto primero del deseo: confesiones susurradas. Luis admitió que desde la primera vez que vio a Ana tocar, imaginaba sus manos en su cuerpo. Sofía confesó que soñaba con lamer el sudor de sus cuellos después de tocar. Ana sintió su concha palpitar, húmeda ya, el calor entre sus piernas imposible de ignorar.

—Entonces, ¿por qué no lo hacemos realidad? —propuso Ana, voz temblorosa de excitación. Sus ojos se encontraron, un pacto silencioso. Consenso puro, deseo mutuo latiendo en el aire.

El salón se transformó. Luis apagó las luces tenues, dejando solo el resplandor de la ciudad. Sofía se acercó a Ana, sus labios rozando su oreja. —Déjame probarte, reina.

Los besos empezaron suaves, lenguas explorando bocas con sabor a menta y vino tinto. Ana sintió las manos de Sofía desabotonando su blusa, liberando sus tetas llenas, pezones duros como piedras preciosas. Luis observaba, su verga ya hinchada presionando los pantalones, pero esperó su turno, respetuoso.

Se movieron al sofá amplio, alfombra persa bajo pies descalzos. Sofía chupaba los pezones de Ana, succionando con fuerza que hacía arquear su espalda. ¡Ay, qué chingón! Cada tirón va directo a mi clítoris, gemía Ana en su mente. Luis se unió, besando su cuello, mordisqueando suave, su aliento caliente oliendo a hombre deseoso.

Desnudaron a Sofía: falda cayendo, revelando tanga negra empapada. Sus nalgas redondas, firmes, invitaban a palparlas. Luis la besó profundo mientras Ana lamía su ombligo, bajando lento. El olor de su arousal, almizcle dulce, llenaba las fosas nasales de Ana. Metió la lengua en su panocha, saboreando el néctar salado-dulce, mientras Sofía jadeaba: —¡Sí, así, pinche rica!

Escalada gradual. Luis se quitó la camisa, músculos definidos brillando con sudor. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Ana la tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándola lento mientras Sofía chupaba sus bolas. El sonido de succiones húmedas, gemidos ahogados, se mezclaba con el eco lejano del tráfico citadino.

No puedo más, los necesito adentro, los dos
, rogaba el pensamiento de Ana.

Luis la penetró primero, de rodillas en el sofá. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. —Estás tan apretada, Ana, neta que eres perfecta —gruñó él, embistiendo rítmico. Cada choque de pelvis hacía slap-slap, piel contra piel, sudor volando.

Sofía se sentó en la cara de Ana, restregando su concha mojada contra su boca. Ana lamía ávida, lengua en clítoris hinchado, dedos metidos en su ano apretado. Sofía gritaba: —¡Me vengo, cabrones! ¡No paren!

Cambiaron posiciones como en una sinfonía. Sofía debajo, Ana comiéndola mientras Luis la cogía a ella por atrás, verga resbalando en jugos abundantes. El ritmo aceleraba, como el allegro del Tchaikovsky Piano Trio que aún resonaba en sus mentes. Pulses racing, corazones tronando, olores de sexo crudo: sudor, semen, corridas femeninas.

Ana sintió el orgasmo build-up, tensión en vientre, muslos temblando. —¡Más fuerte, pendejos, rómpanme! —exigió, voz ronca. Luis obedeció, follándola profundo, mano en clítoris frotando. Sofía pellizcaba sus tetas, besos feroces.

Explosión. Ana se corrió primero, chorros calientes salpicando, cuerpo convulsionando. —¡Chingadooo! —aulló. Luis siguió, llenándola de leche espesa, gruñendo como bestia. Sofía llegó al clímax lambiendo todo, dedos en su propia panocha.

Afterglow: colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose. Luis besó frentes, Sofía acarició espaldas. El salón olía a sexo satisfecho, pieles pegajosas reluciendo.

—Esa fue la mejor interpretación del Tchaikovsky Piano Trio ever —rió Ana, voz perezosa.

—Y apenas empezamos, mi amor —susurró Sofía, dedo trazando círculos en su muslo.

Luis abrazó a ambas.

Esto es nuestro trío perfecto, carnales para siempre
, pensó Ana, mientras el sueño los envolvía, ciudad rugiendo afuera como aplauso lejano.

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