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Cansada de Intentarlo Sola

7488 palabras

Cansada de Intentarlo Sola

Estaba harta de intentarlo sola todas las noches. Mi departamento en la Condesa era un nido perfecto de sábanas revueltas y luces tenues, pero nada llenaba ese vacío que me carcomía por dentro. Yo, Laura, con mis veintiocho pirulos bien puestos, había probado de todo: vibradores que zumbaban como avispas enloquecidas, fantasías con el vecino que nunca se materializaban, hasta apps de citas que solo me dejaban con el sabor amargo de promesas rotas. Cansada de intentarlo, me dije esa noche mientras me ponía un vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo. Olía a vainilla y jazmín de mi perfume favorito, y el espejo me devolvió una mirada desafiante. "Hoy sí, cabrona", murmuré, saliendo hacia el bar de la esquina.

El lugar estaba a reventar de morros y morras bailando reggaetón, el aire cargado de sudor fresco, tequila y ese olor dulzón a marihuana que se colaba por las rendijas. Me pedí un paloma helada, el limón mordiendo mi lengua con acidez deliciosa, y me recargué en la barra observando. Ahí lo vi: Diego, alto, con barba recortada y ojos que brillaban como estrellas en el Valle de México. Llevaba una camisa blanca arremangada, mostrando antebrazos fuertes que gritaban "ven y agárrate". Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas chingonas revoloteando.

—¿Qué onda, preciosa? ¿Primera vez aquí? —me dijo acercándose, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor bajo.

—Nah, güey, pero hoy vengo con ganas de algo nuevo —respondí, ladeando la cabeza con una sonrisa pícara. Hablamos de tonterías: el tráfico de Insurgentes, los tacos al pastor de El Huequito, cómo la vida en la ciudad te pone a prueba. Pero debajo de las risas, había fuego. Su mano rozó la mía al pasarme la sal, y juro que un chispazo me recorrió el brazo hasta el ombligo.

"¿Y si este es el que por fin me hace olvidar lo de siempre?",
pensé, mientras su mirada bajaba a mis labios.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche lamiendo mi piel expuesta. Sus dedos se entrelazaron con los míos, cálidos y firmes, y el olor de su colonia —madera y cítricos— me envolvió como una promesa. Llegamos a mi depa, y en el elevador no aguanté más. Lo empujé contra la pared, mis labios chocando con los suyos en un beso hambriento. Sabía a tequila y menta, su lengua explorando la mía con urgencia juguetona.

—Estás cañona, Laura —murmuró contra mi cuello, sus dientes rozando la piel sensible, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.

Entramos tambaleándonos, la puerta cerrándose con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable. Lo jalé hacia el sofá, mis manos desabotonando su camisa con dedos temblorosos de anticipación. Su pecho era firme, cubierto de un vello suave que olía a jabón y hombre. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel, mientras él gemía bajito, "chingao, qué rico".

Me quitó el vestido de un tirón, sus ojos devorándome con hambre pura. Quedé en brasier de encaje negro y tanga diminuta, el aire fresco erizando mis pezones. Cansada de intentarlo yo sola, ahora quería que él tomara el control, que me hiciera suya. Sus manos grandes amasaron mis tetas, pulgares girando sobre los botones duros, y un jadeo se me escapó cuando bajó la boca a chuparlos. La succión era perfecta, lengua danzando en círculos que me hacían arquear la espalda.

—Te he estado buscando toda la noche —dijo, su aliento caliente en mi oreja, mientras sus dedos bajaban por mi vientre plano, deteniéndose en el borde de la tanga. Sentí la humedad entre mis piernas, mi panocha palpitando de necesidad. Me recostó en el sofá, arrodillándose entre mis muslos. El roce de su barba en el interior de mis piernas fue eléctrico, cosquilleante, y cuando apartó la tela, inhaló profundo.

—Hueles a miel, nena —gruñó, antes de lamer mi clítoris con la punta de la lengua. Dios mío, el placer fue instantáneo, como un rayo directo al cerebro. Lamía despacio al principio, saboreando mis jugos, luego más rápido, chupando y mordisqueando suave. Mis caderas se movían solas, embistiéndolo, mis manos enredadas en su pelo oscuro.

"Esto es lo que necesitaba, no más intentos fallidos, no más soledad"
, pensé entre gemidos que llenaban la habitación.

Pero no quería correrme todavía. Lo empujé hacia arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de precúm. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos y morderse el labio. "Qué chingona se ve", pensé, antes de metérmela a la boca. Sabía salado, masculino, y la chupé con ganas, lengua girando alrededor del glande, bajando hasta las bolas pesadas. Él gruñía, "órale, qué mamada tan rica, no pares", sus caderas empujando suave.

Lo quería dentro ya. Me puse de rodillas en el sofá, ofreciéndole mi culo redondo. Él se colocó atrás, frotando la verga mojada contra mi raja empapada. El olor de nuestros sexos mezclados llenaba el aire, almizcle y deseo puro. Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Ay, cabrón, qué grande!" grité, el placer quemando como chile en la piel. Empezó a bombear, manos en mis caderas, piel contra piel chocando con sonidos húmedos y obscenos.

Cada embestida era más profunda, rozando ese punto dentro que me volvía loca. Sudábamos, cuerpos resbalosos, el sofá crujiendo bajo nosotros. Volteé la cabeza para besarlo, lenguas enredadas mientras él aceleraba. Mis tetas rebotaban, pezones rozando la tela áspera, y sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre.

—Más fuerte, Diego, chingame duro —le rogué, y él obedeció, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. El mundo se redujo a sensaciones: el ardor en mis muslos, el sabor de su sudor en mis labios, los gemidos roncos saliendo de su garganta.

"Ya no más cansada de intentarlo, esto es real, esto es fuego"
.

Exploté primero, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga como un puño caliente, jugos chorreando por mis piernas. Grité su nombre, uñas clavándose en sus brazos, el placer cegador como fuegos artificiales en el Zócalo. Él no tardó, gruñendo "me vengo, preciosa", y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, mientras su cuerpo temblaba contra el mío.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa y corazones latiendo al unísono. Me giró para abrazarme, su boca besando mi frente sudorosa. El cuarto olía a sexo y satisfacción, las sábanas —ahora enredadas en el piso— testigos mudos. "Qué chido fue eso", murmuró, trazando círculos en mi espalda con los dedos.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón calmarse. Por primera vez en meses, no había vacío. Cansada de intentarlo sola, había encontrado algo real, algo que vibraba en mi alma tanto como en mi cuerpo. La noche se extendía perezosa, con promesas de más rondas, más risas, más de ese fuego mexicano que quema pero no destruye. Y yo, sonriendo en la penumbra, supe que esto apenas empezaba.

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