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Mi Trio Ardiente con Nacho Vidal

6851 palabras

Mi Trio Ardiente con Nacho Vidal

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina y a coco quemado en las fogatas de la playa. El resort era de esos lujosos, con palmeras susurrando al viento y luces tenues que bailaban sobre la arena blanca. Yo, Ana, acababa de cumplir treinta y estaba lista para soltarme el pelo. Vestida con un bikini rojo que apenas contenía mis curvas, me movía al ritmo de la música reggaetón que retumbaba desde los altavoces. Neta, esta noche va a ser épica, pensé mientras sorbía mi piña colada, el dulce del ron calentándome la garganta.

Ahí lo vi. Nacho Vidal, el rey del porno español, con su cuerpo tatuado brillando bajo las luces. Estaba en un evento privado, rodeado de fans y modelos. Alto, musculoso, con esa mirada que te desnuda en segundos. Mi corazón latió fuerte, como tambor en fiesta. ¿Qué chingados hace aquí? me pregunté, pero su presencia era magnética. A su lado, Sofía, una morra chilanga despampanante con pelo negro largo y labios carnosos, reía con él. Ella era amiga mía de la uni, ahora modelo en la ciudad. Nos miramos y guiñó el ojo. Esto pinta para algo grande.

Me acerqué con mi mejor sonrisa coqueta. "¡Nacho! ¿Qué onda, carnal? No pensé verte por estos rumbos", le dije, mi voz ronca por la emoción. Él se giró, sus ojos verdes clavándose en mis tetas. "Ana, ¿verdad? Sofía me habló de ti. Eres más rica en persona". Su acento español era puro fuego, como miel caliente derramándose. Sofía se pegó a mí, su mano rozando mi cintura. "Wey, ¿y si armamos algo chido los tres? Un trio con Nacho Vidal como en tus fantasías, Ana". Sentí un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por mis muslos. El deseo ya picaba, como chile en la lengua.

Nos fuimos a su suite privada, un penthouse con vista al mar Caribe. El aire acondicionado era fresco, contrastando con el bochorno de la playa. Olía a su colonia, madera y algo masculino, primitivo. Cerramos la puerta y la tensión explotó. Nacho nos jaló a las dos, sus manos grandes explorando. "Vengan, mis reinas", murmuró, su aliento cálido en mi cuello. Sofía y yo nos besamos primero, suave al principio, lenguas danzando como en un tango prohibido. Sabía a tequila y menta, sus labios suaves como pétalos húmedos.

Esto es real, no un sueño. Nacho Vidal tocándome, Sofía gimiendo en mi boca. Mi concha ya está mojadísima.

Él se quitó la camisa, revelando abdominales duros como roca y tatuajes que contaban historias de placer. Lo empujamos al sofá de cuero, que crujió bajo su peso. Yo me arrodillé, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con vida propia. Olía a hombre puro, a sudor limpio y excitación. "Mámala, Ana", ordenó con voz grave. La tomé en mi mano, piel caliente y suave, y la chupé despacio, saboreando la sal de su prepucio. Sofía se unió, lamiendo las bolas, nuestras lenguas chocando en un beso húmedo alrededor de su tronco. Nacho gruñó, sus dedos enredados en mi pelo. "¡Joder, qué ricas son!"

La habitación se llenó de sonidos: succiones obscenas, gemidos ahogados, el lejano romper de olas. Mis pezones se endurecieron contra el bikini, rozando el aire fresco. Sofía me quitó la parte de arriba, succionando mi teta derecha con hambre. Mordisqueó el pezón, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. Puta madre, esto es el paraíso. Nacho nos levantó como muñecas, llevándonos a la cama king size con sábanas de satén negro. El colchón se hundió suave, envolviéndonos.

Me tendí de espaldas, piernas abiertas. Nacho se posicionó entre ellas, su verga rozando mi entrada empapada. "Dime que la quieres", susurró, ojos fijos en los míos. "Sí, cabrón, métemela ya", rogué, mi voz temblorosa. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. El olor de mi propia excitación flotaba, almizclado y dulce. Sofía se montó en mi cara, su concha depilada rozando mis labios. La lamí con ganas, saboreando su jugo ácido, lengua hundiéndose en sus pliegues calientes.

El ritmo empezó pausado, Nacho embistiendo profundo, sus bolas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. Sofía gemía sobre mí, sus caderas moliendo contra mi boca, jugos corriéndome por la barbilla. ¡Más fuerte! grité ahogada. Él aceleró, la cama temblando, sudor goteando de su pecho al mío. Tocábamos todo: piel resbaladiza, músculos contraídos, pechos rebotando. Cambiamos posiciones. Sofía se puso a cuatro, Nacho la cogiendo por atrás mientras yo lamía su clítoris expuesto. Ella gritaba "¡Sí, wey, así!" y yo sentía su temblor en la lengua.

Mi cuerpo arde, cada nervio en llamas. Nacho es una máquina, pero tierno, preguntando si está chido. Sofía y yo conectadas, hermanas en éxtasis.

La intensidad creció como tormenta en el Golfo. Nacho nos volteó a las dos, boca abajo, nalgas en alto. Nos cogía alternando, primero a mí con embestidas brutales que me hacían ver estrellas, luego a Sofía, sus gritos mezclándose con los míos. El aire olía a sexo crudo: semen preeyaculatorio, conchas chorreantes, sudor salado. Mis uñas clavadas en las sábanas, pulsos acelerados latiendo en mis oídos. "Voy a venirme", jadeó Nacho, su voz rota. "¡Dentro, no te salgas!", suplicó Sofía. Yo frotaba mi clítoris hinchado, ondas de placer acumulándose.

El clímax nos golpeó como maremoto. Nacho se hundió en Sofía, rugiendo mientras se vaciaba, chorros calientes llenándola. Ella convulsionó, squirteando en mi mano, un chorro tibio salpicando las sábanas. Yo exploté segundos después, mi orgasmo partiéndome en dos, piernas temblando, visión borrosa. Gritos guturales, cuerpos colapsando en un enredo sudoroso. El silencio después fue roto solo por respiraciones jadeantes y el mar de fondo.

Nos quedamos así, abrazados en la cama revuelta. Nacho besó mi frente, luego la de Sofía. "Eso fue legendario, mis amores". Su piel aún ardía contra la mía, pegajosa y reconfortante. Sofía rio bajito, trazando círculos en mi vientre. "Neta, Ana, el mejor trio con Nacho Vidal de la vida". Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho hasta los huesos. Esto no es solo sexo, es conexión pura, empoderamiento en carne viva.

Al amanecer, el sol tiñó la suite de dorado. Pedimos room service: chilaquiles con huevo y café de olla humeante. Comimos desnudos en la terraza, riendo de la noche loca. Nacho prometió volver, Sofía y yo ya planeando la revancha. Caminé de regreso a mi habitación con las piernas flojas, el sabor de ellos aún en mi piel. Esa noche cambió algo en mí: descubrí que el placer compartido es el más intenso, como un shot de mezcal que te quema y te eleva. Y vaya que valió la pena.

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