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La Prueba Ardiente de Ary

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La Prueba Ardiente de Ary

Tú eres Ary, una chava de veintiocho años con curvas que vuelven locos a los weyes, pelo negro largo que te cae como cascada y ojos cafés que prometen travesuras. Vives en la Condesa, en un depa chido con vista al Parque México, y hoy decidiste mimarte con algo especial. Hacía rato que no te sentías tan prendida, así que entraste a esa boutique de lencería en Polanco, de esas que huelen a vainilla y perfume caro, con luces suaves que hacen brillar las telas finas como si fueran joyas.

El lugar está casi vacío, solo el sonido de una playlist suave de jazz mexicano flotando en el aire. Tus tacones repiquetean contra el piso de madera pulida mientras recorres los estantes. Encajes negros, rojos intensos, transparencias que te hacen imaginar dedos explorando. Neta, piensas, necesito algo que me haga sentir como diosa esta noche.

¿Y si invito a ese wey del gym? Nah, mejor sola primero, para entrar en onda.

De repente, un vato alto, moreno, con sonrisa de pendejo simpático y playera ajustada que marca sus pectorales, se acerca. Se llama Marco, dice su placa. Tiene acento chilango puro, de esos que te erizan la piel.

Mamacita, ¿buscas algo en particular? ¿Un try on para Ary que la deje sin aliento? —te guiña el ojo, como si leyera tu mente.

Tú sonríes, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Sí, wey, algo cañón. Quiero probarme lo más caliente que tengas.

Él asiente, te pasa un montón de piezas: un babydoll negro con ligueros, un conjunto rojo de encaje que deja poco a la imaginación, y un teddy plateado que brilla como estrellas. Te lleva al probador amplio, con espejo de cuerpo entero y una sillita mullida. Cierra la cortina de terciopelo rojo, pero no del todo, dejando un espacio por donde se filtra la luz.

Te quitas la blusa, el bra de algodón cotidiano, y sientes el aire fresco besando tu piel desnuda. Tus pezones se endurecen al instante, traitors. El olor de tu loción de coco se mezcla con el aroma del probador, un toque de sándalo que te marea un poco.

Primera pieza: el babydoll negro. La tela resbala como seda sobre tus tetas, ajustándose perfecto a tus caderas anchas. Te miras al espejo, giras, y ¡chingao! Te ves como salida de un sueño húmedo. Llamas bajito:

—Marco, ¿puedes echarle un ojo? ¿Qué tal queda?

Él asoma la cabeza, ojos que se agrandan como platos. —¡Órale, Ary! Estás para comerte. Déjame entrar a ayudarte con el lazo de atrás, si no te molesta.

Tu pulso se acelera, el corazón latiéndote en las sienes. Consientes con un movimiento de cabeza, y él entra, cerrando la cortina del todo. El espacio se siente íntimo, cargado, su calor corporal invadiendo el tuyo. Sus dedos rozan tu espalda al atar el lazo, un toque eléctrico que te hace jadear suave. Huele a colonia fresca, a hombre limpio y deseoso.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien... Neta, mi cuerpo lo quiere ya.

—Gracias —murmuras, girándote despacio. Nuestras miradas chocan, pupilas dilatadas. Su mano se queda en tu cintura, no se mueve. El silencio vibra, solo se oye tu respiración agitada y la suya, ronca.

—Ary, neta que te ves brutal. ¿Quieres probar el rojo? Te ayudo a cambiarte.

Asientes, aturdida por el deseo que sube como fiebre. Te quitas el babydoll, quedando en tanguita diminuta. Él traga saliva, visible en su cuello. Sus ojos recorren tus tetas firmes, el ombligo piercing que brilla, las piernas tonificadas del gym. Te pasa el conjunto rojo, sus dedos rozan los tuyos, un chispazo.

Te pones el bra push-up, el encaje arañando delicioso tus pezones. Él se acerca por detrás para el gancho, su aliento caliente en tu nuca. —Relájate, reina —susurra, y su voz es como terciopelo raspado.

Ya con todo puesto, te giras y lo empujas suave contra la pared del probador. —Marco, no mames, me estás prendiendo de a madre.

Él ríe bajito, manos en tus caderas, jalándote contra su entrepierna dura como piedra. —Tú a mí, Ary. Desde que entraste, mi verga no para de pensarte.

Los labios chocan en un beso hambriento, lenguas danzando salvajes, sabor a menta de su chicle y tu gloss de fresa. Sus manos amasan tus nalgas, apretando la carne suave bajo el encaje. Gimes en su boca, el sonido ahogado por su lengua invasora. Bajas la mano, sientes su bulto palpitante a través del pantalón, lo aprietas y él gruñe.

Quieta, wey, o nos corremos aquí mismo —dice, pero ya te está bajando la tanga, dedos hurgando tu humedad. Estás chorreando, neta, tu concha hinchada y lista. Él se arrodilla, besa tu vientre, baja lamiendo hasta tu clítoris. La lengua experta gira, chupa, y ves estrellas. Tus piernas tiemblan, agarras su pelo negro, empujas contra su cara. Huele a sexo puro, a tu excitación almizclada mezclada con su sudor fresco.

¡Ay, cabrón! Esto es mejor que cualquier fantasía. Sigue, no pares...

Te lame como si fueras el postre más rico, dedos metiéndose lento, curvándose en tu punto G. Gritas bajito, mordiéndote el labio para no alertar a quien sea afuera. El espejo refleja todo: tu cara de puta en éxtasis, sus hombros anchos entre tus muslos, el rojo del lencería contrastando con tu piel morena.

Lo jalas arriba, desabrochas su cinturón con dedos torpes. Su verga salta libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La agarras, piel aterciopelada sobre acero, y la mamas ansiosa. Sabor salado, varonil, llenándote la boca. Él gime fuerte, manos en tu cabeza, follando tu garganta suave. —¡Qué chingón chupas, Ary! Eres una diosa.

No aguantas más. Te paras, lo empujas a la sillita, te sientas a horcajadas. Su verga roza tu entrada mojada, y bajas despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. —¡Carajo! —gime él, clavando dedos en tus caderas. Empiezas a cabalgar, tetas rebotando, encaje rozando pezones sensibles. El slap-slap de piel contra piel, jadeos sincronizados, sudor perlando vuestros cuerpos.

Él te chupa las tetas, mordisquea pezones, enviando ondas de placer directo a tu núcleo. Aceleras, círculos de cadera, su pubis frotando tu clítoris. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola gigante. —Me vengo, Marco, ¡no pares! —gritas ahogado.

Él embiste desde abajo, brutal, y explotas. Tu concha aprieta su verga en espasmos, jugos chorreando, visión borrosa de puro gozo. Él ruge, se vacía dentro, chorros calientes llenándote, pulsos interminables.

Colapsas sobre su pecho, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su corazón late fuerte contra tu oreja, olor a sexo y colonia envolviéndote como manta. Besos suaves en tu frente, manos acariciando tu espalda.

Neta, Ary, eso fue épico. ¿Te compras todo? Te lo regalo si sales conmigo después.

Ríes bajito, aún temblando. —Chido, wey. Pero primero, ayúdame a probar el plateado. Esta Ary try on apenas empieza.

Se van juntos esa noche, con bolsas de lencería y promesas de más pruebas ardientes. Tu cuerpo zumba de satisfacción, el alma ligera, sabiendo que la vida en la CDMX siempre guarda sorpresas calientes como esta.

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