Carl Perkins Todos Queriendo Ser Mi Bebé
La noche en el bar rockabilly de la Condesa estaba prendida como pólvora. El aire olía a cerveza fría, cigarro y ese sudor dulce que se pega a la piel cuando la gente se mueve al ritmo. Yo, Ana, con mi falda plisada roja que apenas me cubría los muslos y una blusa escotada que dejaba ver el encaje negro de mi brasier, me sentía como la reina del pedo. La rocola escupía rolas antiguas, y de repente, ¡pum! sonó Carl Perkins Everybody's Trying to Be My Baby. La guitarra rasposa y esa voz ronca me erizaron la piel. Todos los weyes volteaban, como si la canción hablara de mí. Neta, everybody's trying to be my baby esa noche.
Estaba bailando sola, moviendo las caderas al contratiempo, sintiendo cómo el piso vibraba bajo mis tacones. Un vato alto, moreno, con greña bien peinada y camisa a cuadros, se acercó. "Órale, mamacita, ¿me das este baile?", dijo con sonrisa chueca. Le seguí la corriente, pero mi ojo estaba en otro: Juan, el chavo de ojos verdes y brazos tatuados que tomaba su chela en la barra. Él me miró fijo, como si ya me estuviera desnudando con la vista.
Pinche mirada que me moja las chonas de volada, pensé, mientras el ritmo de Carl Perkins me hacía restregarme contra el primero sin querer.
El bar estaba lleno de carnales con chaquetas de cuero, chavas con labios rojos y faldas de los cincuenta. El olor a perfume barato mezclado con hormonas me mareaba un poco. Juan se paró de su asiento y vino directo. "Déjala, wey, yo la invito a bailar", le dijo al otro con voz firme pero sin bronca. El tipo se hizo a un lado, riendo. Juan me tomó de la cintura, su mano grande y callosa quemándome a través de la tela. Olía a loción de sándalo y a hombre que trabaja con las manos. Bailamos pegaditos, su aliento caliente en mi cuello. "Eres la mera verga de la noche", me susurró al oído. Sentí su verga endureciéndose contra mi panza.
¡Qué chingón! Ya quiero que me parta en dos.
La canción terminó, pero la tensión no. Pidió otra chela para los dos y nos sentamos en una mesa chueca al fondo. Hablamos pendejadas: de rock viejo, de cómo Carl Perkins le recordaba a su carnal que tocaba guitarra, de que yo era diseñadora gráfica y odiaba las oficinas culeras. Pero sus ojos seguían bajando a mis tetas, y yo cruzaba las piernas para que viera el borde de mis ligas. "Todos aquí te miran como si quisieran comerte viva", dijo, pasando un dedo por mi brazo. Piel de gallina. "Y tú qué, ¿también quieres ser mi baby?", le contesté coqueta, mordiéndome el labio. Se rió bajito. "Más que eso, preciosa. Quiero ser tu baby toda la noche". El calor entre mis piernas crecía, húmedo y pegajoso.
Salimos del bar caminando, el viento fresco de la noche me erizó los pezones bajo la blusa. Su departamento estaba a dos cuadras, en un edificio viejo pero chulo con balcón. Subimos las escaleras besándonos como desesperados. Su boca sabía a chela y a menta, lengua juguetona explorando la mía. Me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo, y abrió la puerta de una patada. Adentro, luz tenue, cama king size con sábanas negras. Me tiró suave sobre el colchón, el olor a su colonia invadiendo todo.
¡No mames! Este wey sabe lo que hace, pensé mientras él se quitaba la camisa, revelando pecho musculoso y un tatuaje de águila en el pec. Me quitó los tacones despacio, besando mis tobillos, subiendo por las pantorrillas. Sus manos ásperas masajeaban mis muslos, abriéndolos. "Qué bonita concha tienes, Ana", murmuró, bajando mi tanga roja. El aire fresco me hizo jadear. Su aliento caliente sobre mi clítoris ya hinchado. Lamidas lentas, su lengua plana lamiendo de abajo arriba, saboreando mis jugos. Gemí fuerte, arqueando la espalda. Olía a mi propia excitación, salada y dulce.
Le jalé el pelo, guiándolo. "Más rápido, cabrón, no te rajes". Se rió contra mi piel vibrante y metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en mi punto G. El sonido chido de mi humedad llenaba la habitación, mezclado con mis ayes y su chupeteo. Sentía las pulsaciones en mi vientre, el calor subiendo por mi espina. Él se desabrochó el cinto, sacando su verga tiesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. "Chúpamela, bebé", pidió. Me arrodillé, oliendo su almizcle masculino. La tomé en la boca, salada, dura como fierro. La chupé profunda, garganta relajada, saliva escurriendo. Él gemía "¡Qué rica boca, pinche diosa!". Le mamé las bolas, pesadas y suaves, mientras le pajero la verga.
Ya no aguantábamos. Me tumbó boca arriba, piernas abiertas. Se puso condón rápido –bien responsable el wey– y se hincó entre mis labios vaginales. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, qué gruesa tu verga!", grité. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. Sudor perlando su frente, goteando en mis tetas. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo. Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda.
Me va a romper, pero qué chido romperse así. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano. Rebotaba, mis tetas brincando, pezones duros rozando su pecho. Olía a sexo puro, sudor, semen contenido.
Volteamos de lado, él atrás, cucharita. Me penetraba profundo, una mano en mi clítoris frotando círculos. "Córrete para mí, mi baby", jadeó en mi oído. La presión creció, bolas de fuego en mi bajo vientre. Grité su nombre, convulsionando, chorros calientes mojando las sábanas. Él gruñó, clavándose hasta el fondo, corriéndose dentro del látex. Nos quedamos pegados, respiraciones agitadas, pieles resbalosas.
Después, en la cama deshecha, fumamos un cigarro –sí, de los prohibidos en plan romántico, pero nomás uno. Su cabeza en mi panza, yo acariciándole el pelo revuelto. "Eres increíble, Ana. Todos quisieran ser tu baby, pero yo lo fui esta noche". Sonreí, recordando la rola de Carl Perkins.
Neta, qué noche culera de buena. Mañana quién sabe, pero hoy fui la mera reina. El alba entraba por la ventana, tiñendo todo de rosa. Me besó suave y nos dormimos, cuerpos enredados, satisfechos hasta el hueso.