El Trio Sorpresa de Mi Esposa
Era una noche chida en nuestro depa de Polanco, con las luces tenues del skyline de la CDMX brillando por la ventana. Mi esposa, Ana, andaba de un lado pa'l otro en su vestido negro ajustado que le marcaba las curvas de una manera que me ponía la verga dura nomás de verla. Llevábamos diez años casados, pero la neta, el fuego entre nosotros no se apagaba. Esa noche era nuestro aniversario, y ella me había dicho que tenía una sorpresa que me iba a volar la cabeza.
—Órale, carnal, siéntate y relájate —me dijo con esa sonrisa pícara que me derrite, sirviéndome un tequila reposado en un vasito de cristal—. Hoy vas a ver lo que es una noche inolvidable.
Me acomodé en el sofá de piel, oliendo el aroma de su perfume mezclado con el de las velas de vainilla que había encendido. El corazón me latía fuerte, anticipando qué chingados traía entre manos. De repente, sonó el timbre. Ana se levantó con un guiño y abrió la puerta. Ahí estaba Laura, su mejor amiga desde la uni, una morra de cabello negro largo, tetas firmes y un culo que parecía esculpido. Vestía un top escotado rojo y una falda corta que dejaba ver sus piernas bronceadas.
—¡Sorpresa, wey! —gritó Ana, jalando a Laura adentro—. Le dije a mi carnal que hoy íbamos a armar un trío sorpresa esposa pa' que no se nos oxide la relación.
Me quedé con la boca abierta, el pulso acelerado como si hubiera corrido una carrera. Laura se acercó, su olor a jazmín invadiendo el aire, y me plantó un beso en la mejilla que rozó mis labios.
¿Qué pedo? ¿Esto es en serio? Neta que mi Ana es la mejor.El calor subía por mi cuello, y sentí un cosquilleo en la entrepierna.
Ana se sentó entre nosotros, su mano tibia deslizándose por mi muslo. —¿Qué dices, amor? ¿Te late? —susurró, mientras Laura me rozaba el brazo con las yemas de sus dedos, suaves como seda.
Asentí, la garganta seca. —Neta, pinche loca, sí me late un chorro. —Las dos rieron, y el ambiente se cargó de electricidad. Empezamos con tragos, platicando de tonterías, pero las miradas se volvían intensas. Ana se inclinó y me besó profundo, su lengua saboreando a tequila y deseo. Laura observaba, mordiéndose el labio inferior.
La tensión crecía como una tormenta. Sentía el calor de sus cuerpos pegados al mío, el roce de sus pechos contra mis brazos. Ana me quitó la camisa, sus uñas arañando ligeramente mi pecho, enviando chispas por mi piel. —Mi esposo está cañón, ¿verdad, Lau? —dijo, y Laura asintió, acercándose para lamer mi cuello. Su saliva tibia me erizó la piel, y olía a menta fresca.
Me recargué, dejando que tomaran el control. Ana desabrochó mi pantalón, liberando mi verga que ya estaba tiesa como poste. —Mira qué chingona —murmuró Laura, envolviéndola con su mano suave, masturbándome despacio. El sonido de su piel contra la mía era hipnótico, un shlick shlick rítmico que se mezclaba con nuestras respiraciones agitadas.
Esto es un sueño, wey. Mi esposa armando un trío sorpresa... no mames.Ana se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente sobre mi glande. Me miró a los ojos mientras lamía la punta, saboreando el pre-semen salado. Laura se unió, sus lenguas danzando juntas alrededor de mi verga, chupando y succionando con un hambre que me hacía gemir. Sentía sus bocas húmedas, calientes, alternándose: Ana profunda hasta la garganta, Laura lamiendo las bolas con delicadeza. El cuarto olía a sexo incipiente, a sudor dulce y excitación.
Las jalé al sofá, desesperado por tocarlas. Desvestí a Ana, exponiendo sus tetas perfectas, pezones duros como piedras. Las mamé con avidez, saboreando su piel salada, mientras ella jadeaba ¡ay, cabrón!. Laura se quitó la falda, revelando su panocha depilada, ya brillando de jugos. La toqué, metiendo dos dedos en su calor resbaloso; ella se arqueó, gimiendo bajito, su voz ronca como un ronroneo.
Ana se montó en mi cara, su coño húmedo presionando mis labios. Lamí su clítoris hinchado, bebiendo su néctar dulce y almizclado, mientras ella se mecía, sus muslos temblando contra mis orejas. —¡Chúpame, amor, así! —gritaba, agarrándome el pelo. Abajo, Laura cabalgaba mi verga, su interior apretado y caliente envolviéndome centímetro a centímetro. El sonido de su culo chocando contra mis caderas era obsceno, plaf plaf plaf, y el sudor nos pegaba como pegamento.
Cambiaron posiciones, la intensidad subiendo. Ana se puso a perrito, ofreciéndome su culo redondo. La penettré despacio, sintiendo cada vena de mi verga rozar sus paredes vaginales pulsantes. Laura se acostó debajo de ella, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi saco y el clítoris de Ana. —¡Qué rico, pinches putas calientes! —gruñí, embistiéndola más fuerte. Ana gritaba, su voz quebrada por el placer, el cuarto lleno de olores a panocha mojada y verga sudada.
Esto es lo máximo, el trío sorpresa de mi esposa me está matando de gusto.Laura se levantó y me besó, compartiendo el sabor de Ana en su boca. La volteé y la cogí contra la pared, sus piernas alrededor de mi cintura, uñas clavadas en mi espalda. Ana se masturbaba viéndonos, sus dedos chapoteando en su humedad. —Vente conmigo, Lau —jadeó Ana, y las dos se tocaron mutuamente, tetas rozándose, lenguas enredadas.
El clímax se acercaba como un tren. Saqué mi verga de Laura y las puse de rodillas. Se turnaban mamándome, rápidas y ansiosas, saliva goteando por sus barbillas. Sentí las bolas apretarse, el orgasmo rugiendo. —¡Me vengo, cabronas! —rugí, eyaculando chorros calientes en sus caras abiertas, semen espeso salpicando lenguas y mejillas. Ellas se lamieron mutuamente, tragando y gimiendo, mientras sus cuerpos temblaban en orgasmos propios, dedos hundidos en coños chorreantes.
Colapsamos en el sofá, un enredo de cuerpos sudorosos y satisfechos. El aire pesado de sexo y risas. Ana se acurrucó en mi pecho, su piel pegajosa contra la mía, oliendo a nosotros tres. —¿Qué tal mi trío sorpresa esposa, eh? —preguntó con picardía, besándome el cuello.
—Pinche maestra, nunca lo voy a olvidar —respondí, abrazándolas. Laura suspiró contenta, su mano aún rozando mi verga floja.
Mi Ana no solo es mi esposa, es mi diosa. Esto nos unió más, neta.
Nos quedamos así un rato, platicando bajito, bebiendo agua fría que sabía a victoria. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro, el mundo era perfecto. Sabía que esto no era el fin, solo el principio de más aventuras calientes. Mi esposa, la reina de las sorpresas, me había dado la noche de mi vida.