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Susurrando la Letra de Try de Pink

7027 palabras

Susurrando la Letra de Try de Pink

La noche en Polanco estaba viva, con ese rumble de la ciudad que te envuelve como un abrazo caliente. Yo, Ana, acababa de entrar al bar con mis amigas, sintiendo el pulso de la música retumbar en mi pecho. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir poderosa, como si cada curva gritara ¡mírenme! El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el sudor ligero de la gente bailando. Pedí un margarita con sal, el limón fresco explotando en mi lengua, y me recargué en la barra observando la pista.

Allá estaba él, Marco, alto, con esa barba recortada y ojos oscuros que te clavan. Lo vi moviéndose al ritmo de la canción que sonaba, una rola gringa que conocía de memoria: Try de Pink. La letra de la canción Try de Pink me pegó directo, hablando de caerse y levantarse, de intentarlo una vez más. Neta, en ese momento me sentí identificada. Hacía meses que no me animaba a nada con un vato, después de ese desmadre con mi ex. Pero esa noche, el coraje me picaba en la piel como electricidad.

¿Y si lo intento? ¿Y si esta vez sí?
pensé, mientras el vaso frío sudaba en mi mano. Me acerqué a la pista, mis caderas balanceándose solas. Él me vio, sonrió con esa picardía mexicana que te derrite. "¡Qué chida onda!", me gritó por encima de la música. Bailamos cerca, su mano rozando mi cintura, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. Olía a colonia con notas de madera y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

La canción terminó, pero la letra seguía dando vueltas en mi cabeza. Nos fuimos a una mesita apartada, platicando de todo y nada. Era ingeniero, güey simpático, con un sentido del humor que me hacía reír de verdad. "Neta, esa rola de Pink siempre me pone a pensar", le dije, y él asintió, sus dedos jugueteando con el borde de mi copa. El roce era eléctrico, un cosquilleo que subía por mi brazo directo al estómago. Sentía mi piel erizarse, el corazón latiendo fuerte como tambores en una fiesta patronal.

Acto primero del desmadre: la tensión. Sus ojos bajaban a mis labios, y yo no me quedaba atrás, mordiéndome el labio inferior con ganas. "Vamos a otro lado", murmuró, su voz ronca como grava. Asentí, el deseo ya ardiendo en mi vientre. Salimos al valet, su coche un sedán negro que olía a cuero nuevo. En el camino a su depa en Lomas, su mano descansó en mi muslo, subiendo despacio, el calor de su palma quemándome a través del vestido. Yo jadeaba bajito, el tráfico de la noche pasando como un borrón.

Llegamos a su penthouse, luces tenues y vista a la ciudad brillando como estrellas caídas. Me sirvió un shot de tequila, el líquido ámbar bajando ardiente por mi garganta. Nos besamos por primera vez ahí, en la cocina de granito frío contrastando con su boca caliente. Sus labios sabían a sal y deseo, la lengua explorando con hambre contenida. Where there is desire, there is gonna be a flame, recordé la letra de la canción Try de Pink, y neta, la llama ya rugía.

Me llevó al sillón, sus manos desatando el lazo de mi vestido. Caí de rodillas frente a él, el piso alfombrado suave bajo mis piernas. Lo miré desde abajo, mis uñas arañando su cinturón. "No seas pendejo, quítatelo", le dije juguetona, y él rio, bajándose los pantalones. Su verga saltó libre, dura y palpitante, con ese olor almizclado que me volvió loca. La tomé en mi mano, piel sedosa sobre acero, y lamí la punta despacio, saboreando la sal de su pre-semen. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar.

Acto dos: la escalada. Me puse de pie, él me cargó como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda. Su boca bajó por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Besó mis pechos, los pezones endureciéndose como piedras bajo su lengua áspera. Gemí, arqueándome, el placer punzando como agujas dulces. "Qué rico te sientes", murmuró contra mi piel, su aliento caliente.

Mis manos exploraban su espalda ancha, músculos tensos bajo mis uñas. Bajó más, besando mi ombligo, el vello púbico, hasta llegar a mi centro. Separó mis piernas con gentileza, su nariz rozando mi clítoris hinchado. El primer lametón fue fuego puro, mi humedad cubriendo su lengua. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, mientras él lamía con devoción, chupando y succionando.

¡Dios, sí! No pares, wey
, pensé, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso.

El cuarto se llenaba de sonidos: mis jadeos agudos, sus gruñidos graves, el slurp húmedo de su boca. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire. Lo jalé arriba, queriendo sentirlo dentro. "Cógeme ya", le supliqué, y él se colocó, la punta gruesa presionando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, mis paredes apretándolo como guante.

Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel contra piel chocando con plaf suaves. Sus embestidas se aceleraron, profundas y precisas, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Le arañé la espalda, dejando marcas rojas, mientras él me besaba feroz, lenguas batallando. "Eres increíble, Ana", jadeó, y yo respondí apretando mis piernas alrededor de su cintura. La tensión crecía, como una ola subiendo, mi clítoris frotándose contra su pubis con cada thrust.

Internalmente, la letra volvía: Ever worry that it might be ruined and you might never find your way again? Pero no, esta vez lo estaba logrando. El clímax se acercaba, mi cuerpo temblando, músculos contrayéndose. "Me vengo", avisó él primero, su verga hinchándose dentro. Yo exploté segundos después, olas de placer rompiéndome en mil pedazos, chillando su nombre. Él se derramó caliente dentro, pulsos calientes llenándome, el olor a semen fresco mezclándose con nuestro sudor.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos juntos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, piel pegajosa y cálida. Besos suaves ahora, perezosos, mientras la ciudad zumbaba afuera. Me acarició el pelo, yo tracé círculos en su pecho velludo. "Neta, qué pedo tan chido", dije riendo bajito, y él me apretó más.

Nos duchamos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso deslizándose por nuestros cuerpos. En la cama de nuevo, envueltos en las sábanas, platicamos hasta el amanecer. La letra de la canción Try de Pink resonaba en mi mente como un mantra: había intentado, y valió la pena. No sabía si esto sería para siempre, pero por ahora, el deseo satisfecho y el corazón lleno bastaban. Me dormí con su brazo alrededor, oliendo a nosotros, sintiéndome empoderada, lista para lo que viniera.

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