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Tríos Italianos en Cancún

6451 palabras

Tríos Italianos en Cancún

Estaba en la playa de Cancún, con el sol quemándome la piel morena y el mar Caribe lamiendo la arena como un amante impaciente. Yo, Karla, una chilanga de veintiocho años que se había hartado del pinche tráfico de la CDMX, vine a desconectarme. El bikini rojo que traía puesto se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y notaba las miradas de los turistas güeyes. Pero ellos eran diferentes. Dos italianos, altos, bronceados, con esos ojos verdes que brillaban como el jade de Taxco. Marco y Luca, se llamaban. Los vi jugar al vóley en la orilla, sus músculos flexionándose bajo el sol, el sudor resbalando por sus pechos lampiños. Neta, mi cuerpo se encendió al instante.

Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo casualidad. "Buongiorno, bellísima", dijo Marco con esa voz ronca que parecía miel caliente. Luca sonrió, mostrando dientes perfectos. Hablamos en un spanglish culero pero chido: ellos practicando su español torpe, yo soltando mexicanismos pa' impresionar. "Somos de Roma, cara mia, aquí de vacaciones", explicó Luca, rozando mi brazo con dedos que olían a sal y colonia cara. Sentí un cosquilleo en la piel, como electricidad estática antes de la tormenta. Les conté de mis aventuras en la playa, y de pronto soltaron lo de los tríos italianos. "En Italia, es común, ¿sabes? Dos hombres, una mujer, puro placer compartido", dijo Marco guiñando un ojo. Mi pulso se aceleró. ¿Y si...?

¿Estoy loca? ¿Dos italianos en mi vida? Pero joder, Karla, míralos. Son como dioses del Mediterráneo, y tú estás soltera, cachonda y lista pa'l desmadre.

La tarde se estiró con cocteles en la barra del hotel. El ron quemaba mi garganta, dulce como el beso que imaginaba. Sus risas graves vibraban en mi pecho, y sus manos rozaban mis muslos "accidentalmente". La tensión crecía, espesa como la humedad del trópico. Al atardecer, con el cielo pintado de naranja y rosa, Luca susurró: "Vieni con noi, Karla. Vamos a nuestra suite". Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. Órale, pensé, esto es ahora o nunca.

Subimos al elevador, el aire cargado de feromonas. Marco me acorraló contra la pared, su boca capturando la mía en un beso feroz, lengua invasora con sabor a tequila y mar. Luca observaba, mordiéndose el labio, su mano deslizándose por mi espalda hasta desatar mi bikini. El ding del elevador nos sacó del trance. Entramos a la suite: king bed con sábanas blancas crujientes, balcón con vista al mar rugiente, velas encendidas que olían a vainilla y jazmín. Me quitaron la ropa con urgencia reverente, sus labios explorando cada centímetro. Marco chupaba mi cuello, dejando marcas rojas como fresas maduras; Luca lamía mis pezones, duros como piedras de obsidiana, enviando chispas directo a mi entrepierna.

Qué rico, gemí internamente mientras caía de rodillas. Sus vergas saltaron libres: gruesas, venosas, coronadas de glande rosado. Olían a hombre puro, a sudor fresco y deseo. Tomé la de Marco primero, salada en mi lengua, mientras Luca me acariciaba el pelo. "Sí, così, mamacita", gruñó Luca. Cambié, mamando la suya con hambre, sintiendo cómo palpitaban contra mi paladar. Mis jugos corrían por mis muslos, el aire lleno del slap de mi boca y sus jadeos roncos. Me levantaron como a una diosa, depositándome en la cama. Marco se hundió entre mis piernas, su lengua danzando en mi clítoris hinchado, lamiendo mis labios mayores con maestría italiana. Puta madre, era un experto: succionaba, mordisqueaba, metía dedos curvados tocando ese punto que me hacía arquear la espalda.

Esto es mejor que cualquier sueño culero. Dos bocas, cuatro manos, puro fuego en mi piel.

Luca besaba mi boca, tragándose mis gemidos, mientras Marco me devoraba. El olor de mi arousal se mezclaba con su aftershave, embriagador. Cambiaron: Luca ahora entre mis piernas, su barba raspando deliciosamente mis muslos internos. Marco frotaba su verga contra mis tetas, lubricándolas con pre-semen. "Te vamos a follar como en los tríos italianos, tesoro", prometió. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. Grité de placer, uñas clavadas en sus hombros. Luca observaba, masturbándose lento, ojos oscuros de lujuria.

El ritmo aumentó. Marco embestía profundo, su pubis chocando contra mi clítoris, bolas golpeando mi culo. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Luca se posicionó detrás, untando lubricante fresco y resbaloso. "Relájate, bella", murmuró, presionando su glande contra mi ano virgen. Dudé un segundo, pero el placer anterior me abrió. Entró suave, dolor placentero convirtiéndose en éxtasis. Doble penetración, pensé, llena como nunca. Sus vergas se frotaban separadas por una delgada pared, sincronizadas en un vaivén hipnótico.

El cuarto resonaba con carne contra carne, gemidos en italiano y español: "Cazzo, qué prieta", "¡Sí, cabrones, más duro!". Mis pezones rozaban las sábanas ásperas, el aire denso de musk y sexo. Sentía cada vena pulsando dentro, cada contracción de mis músculos ordeñándolos. El orgasmo subió como ola gigante: contracciones violentas, chorros calientes salpicando sus vientres. Ellos gruñeron, llenándome de semen caliente, espeso, goteando por mis piernas. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones entrecortadas, corazones galopando al unísono.

Después, en el balcón bajo las estrellas, fumamos un porro light –nada heavy, solo pa' relajar–. Marco me masajeaba los pies, Luca peinaba mi cabello revuelto con los dedos. "Eres increíble, Karla", dijo Luca, besando mi sien. Reí, exhausta pero plena. Los tríos italianos, repetí en mi mente, una fantasía hecha realidad en esta playa mexicana. No hubo promesas, solo esa noche eterna de placer compartido. Al amanecer, con el sol tiñendo el mar de oro, me despedí con besos salados. Volví a mi rutina, pero con un fuego nuevo en las venas, recordando sus toques, sus sabores, esa conexión carnal que trasciende fronteras.

Ahora, cada vez que huelo el mar o pruebo tequila, mi cuerpo tiembla. Chido haber vivido los tríos italianos. ¿Y tú, carnal? ¿Te animas?

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