Tengo Que Levantarme Y Probar
Me desperté con el sol colándose por las cortinas de la ventana, ese calorcito mañanero que te pega en la cara como un beso perezoso. Estaba en mi depa en la Condesa, con Sofia acurrucada a mi lado, su pelo negro revuelto sobre la almohada, oliendo a vainilla y a ese sudor dulce de la noche anterior. Su respiración suave rozaba mi pecho, y yo, cabrón, ya tenía la verga parada como bandera, dura y palpitante contra su muslo suave. Miré el techo, pensando en lo chingón que era despertar así, con ella pegada a mí como miel.
Órale, Javier, gotta get up and try, me dije en la cabeza, recordando esa frase gringa de una canción vieja que siempre me prendía el ánimo. Tengo que levantarme y probar, carajo, no me voy a quedar aquí de vago.Me moví despacito, para no despertarla de golpe, y le pasé la mano por la cintura, sintiendo la curva de su cadera bajo los dedos. Su piel estaba tibia, como pan recién horneado, y olía a sexo del día antes, mezclado con su perfume de jazmín. Sofia murmuró algo, se removió y abrió los ojos, esos ojos cafés que me miraban con picardía.
—Buenos días, pendejo —dijo con voz ronca, estirándose como gata, arqueando la espalda y empujando sus tetas firmes contra mi brazo. Sus pezones ya se marcaban duros bajo la sábana fina.
—Qué onda, mi reina —le contesté, besándole el cuello, saboreando el salado de su piel—. ¿Dormiste chido?
Ella rio bajito, un sonido que me erizó los vellos de la nuca, y se giró hacia mí, presionando su cuerpo contra el mío. Sentí su chocha caliente rozando mi verga, húmeda ya, como si supiera lo que venía. —Sí, pero ahora tengo hambre de otra cosa, susurró, mordiéndome la oreja. El corazón me latió fuerte, como tambor en fiesta, y el aire se llenó de su aroma, ese olor almizclado de mujer lista.
Acto uno: la chispa. Nos quedamos así un rato, besándonos lento, explorando con las manos. Le quité la sábana de un jalón, admirando su cuerpo desnudo a la luz del sol: curvas perfectas, piel morena brillante, el ombligo chiquito y esa panocha depilada que me volvía loco. Ella me miró con deseo puro, sin vergüenzas, y me jaló la cabeza hacia sus tetas. Chupé un pezón, duro como cereza, saboreando el dulzor de su piel, mientras ella gemía bajito, ¡ay, cabrón!. Mis dedos bajaron por su panza suave, hasta tocar su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. Sofia jadeó, arqueándose, y el cuarto se llenó del sonido de su respiración agitada y el chapoteo suave de mis dedos en su humedad.
Pero no quería apurarme. La tensión es lo chingón, pensé, frenando el ritmo. Le besé el vientre, bajando despacio, inhalando su olor fuerte, excitante, como tierra mojada después de lluvia. Sofia se abrió de piernas, invitándome, sus muslos temblando contra mis hombros. Lamí su chocha con calma, saboreando cada gota salada y dulce, sintiendo su pulso acelerado bajo la lengua. Ella agarró mi pelo, gimiendo más fuerte: ¡Javier, qué rico, no pares! El sol calentaba la cama, el sudor nos perlaba la piel, y yo sentía mi verga goteando pre-semen, rogando por entrar.
En el medio del acto, la cosa se puso intensa. Sofia me empujó hacia arriba, montándome como amazona. —Ahora yo mando, dijo con voz firme, empoderada, sus ojos brillando. Se sentó en mi verga de un golpe, ¡chingado!, tan apretada y caliente que vi estrellas. El sonido de su chocha tragándosela era obsceno, húmedo, como olas rompiendo. Subía y bajaba, sus tetas rebotando, el sudor chorreando por su espalda. Yo la agarré de las nalgas, firmes y redondas, guiándola, sintiendo cada contracción de sus paredes alrededor de mi pinga. Qué chida, pensé, el olor a sexo invadiendo todo, mezclado con el café que empezaba a oler desde la cocina vecina.
Esto es vida, gotta get up and try todos los días, carnal. No hay que desperdiciar estas mañanas con ella.Sofia aceleró, sus gemidos convirtiéndose en gritos ahogados: ¡Más duro, pendejo, dame todo! Yo embestí desde abajo, chocando pelvis contra pelvis, el plaf plaf resonando en el cuarto. Sentía su clítoris frotándose contra mi pubis, su interior apretándome como puño, y mis bolas tensándose, listas para explotar. Pero aguanté, volteándola para ponerla en cuatro, admirando su culo perfecto alzado. Entré de nuevo, profundo, agarrándole las caderas, oliendo su pelo revuelto mientras la cogía con fuerza consentida, mutua, salvaje.
La tensión crecía como tormenta: sus paredes palpitando, mi verga hinchada al límite, el sudor goteando, los jadeos mezclándose con ¡Sí, sí, cabrón!. Sofia se corrió primero, temblando entera, su chocha contrayéndose en espasmos que me ordeñaban, gritando mi nombre con voz quebrada. El olor de su orgasmo era embriagador, ácido y dulce, y yo no pude más: la llené de leche caliente, chorro tras chorro, gruñendo como animal, el placer explotando en mi cabeza como fuegos artificiales.
En el final, el afterglow. Nos desplomamos en la cama revuelta, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Sofia se acurrucó en mi pecho, besándome el cuello, su mano acariciando mi verga floja y satisfecha. —Eres un animal, Javier, murmuró, riendo suave. Yo la abracé, sintiendo su corazón latiendo contra el mío, el sol ahora alto calentando nuestras pieles. El cuarto olía a nosotros, a sexo crudo y amor chingón.
Definitivamente, gotta get up and try es el mejor mantra. Mañana repetimos, mi amor.Nos quedamos así, platicando pendejadas, planeando el día: tacos en la esquina, un cine, más de esto en la noche. Sofia se levantó primero, desnuda y gloriosa, meneando el culo hacia el baño. Yo la miré, sonriendo, con el alma en paz. Qué vida más chida.