Intenté Tan Duro y Llegué Tan Lejos
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Ana, acababa de salir de una cena con amigos en un restaurante chido de la colonia, con luces tenues y música suave de fondo. Ahí lo vi por primera vez de verdad: Javier, el wey alto con ojos cafés que me había platicado mi carnala. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos, y una sonrisa pícara que me hizo apretar las piernas bajo la mesa.
—Órale, Ana, ¿ya lo conoces? me dijo mi amiga, guiñándome el ojo mientras él se acercaba.
Su voz era grave, como un ronroneo que vibraba en mi pecho. Nos dimos la mano, pero sus dedos se demoraron un segundo extra en los míos, rozando la palma con una promesa silenciosa. Qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo subir por mi brazo. Hablamos toda la noche, riéndonos de tonterías, pero cada mirada suya era un fuego lento que me encendía por dentro. Olía a colonia fresca mezclada con algo masculino, sudor limpio que me hacía imaginar cómo sabría su piel.
Al final de la velada, me ofreció llevarme a casa. En su coche, un escarabajo restaurado que rugía con potencia, el silencio se llenó de tensión. Su mano rozó mi muslo al cambiar de velocidad, y yo no la quité.
¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien...Mi corazón latía fuerte, el pulso retumbando en mis oídos como tambores.
Llegamos a mi depa en la Roma, un lugar acogedor con plantas y velas aromáticas a vainilla. Lo invité a pasar por un cafecito, pero ambos sabíamos que era pretexto. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, sus labios encontrando los míos en un beso hambriento. Sabía a tequila y menta, su lengua explorando mi boca con urgencia. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva pero tierna.
—Eres una tentación, morra, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Su aliento caliente me erizó la piel, y gemí bajito, arqueándome contra él. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y lista, y un calor líquido se acumuló entre mis piernas.
Lo llevé a mi cuarto, iluminado solo por la luz de la luna que se colaba por las cortinas. Nos desvestimos despacio, saboreando cada roce. Su pecho era firme, con vellos oscuros que olían a jabón y deseo. Besé sus pezones, lamiéndolos hasta que jadeó, sus dedos enredándose en mi pelo negro largo.
Me tumbó en la cama king size, suave como nubes, y se arrodilló entre mis muslos. Sus ojos devoraban mi panocha depilada, húmeda y brillante. Neta, me muero de ganas, pensé mientras él separaba mis labios con los dedos, rozando mi clítoris hinchado. El primer toque fue eléctrico, un chispazo que me hizo arquear la espalda. Lamía despacio, su lengua plana y cálida trazando círculos, saboreando mis jugos salados y dulces. Olía a sexo puro, a mí, a nosotros.
—Te sabe a gloria, Ana, gruñó, chupando mi botón con succión perfecta. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra ese punto que me volvía loca. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos roncos mezclados con su respiración agitada. Mi piel ardía, sudor perlando mi frente, el aire cargado de nuestro aroma almizclado.
Estaba cerca, tan cerca. Mis caderas se movían solas, follándome su boca. I tried so hard and got so far, pasó por mi mente como un eco de esa rola de Linkin Park que tanto me gustaba en la prepa. Intentaba tanto llegar al clímax, persiguiendo esa ola que se acumulaba en mi vientre. Pero Javier se detuvo justo cuando el borde estaba ahí, riendo bajito.
—Aún no, chula. Vamos a jugar.
Me volteó boca abajo, sus manos amasando mis nalgas redondas. Sentí la punta de su verga rozar mi entrada, gruesa y venosa, lubricada con mi propia humedad. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué rica sensación! Llenaba cada rincón, su pubis chocando contra mi culo con un plaf suave. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida enviando ondas de placer por mi espina.
El sudor nos unía, piel resbaladiza contra piel. Su aliento en mi oreja, gruñendo palabras sucias: Tu panocha me aprieta como guante, wey. Eres tan mojada por mí. Yo respondía arqueándome, clavando las uñas en las sábanas, el olor de las velas ahora opacado por nuestro sexo crudo. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust, el ritmo hipnótico: pum-pum-pum.
De nuevo, el orgasmo se acercaba, un nudo apretado listo para estallar. Mis paredes lo ordeñaban, jadeos convirtiéndose en gritos. I tried so hard... Intentaba aferrarme, pero él se salió otra vez, dejándome temblando, frustrada y cachonda como nunca.
¡Pendejo! Pero qué pendejo tan chingón, pensé entre risas ahogadas.
Me puso de rodillas, su verga frente a mi cara, palpitante y reluciente con mis jugos. La tomé en la mano, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma. Lamí la cabeza, salada y musgosa, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía. Sí, así, traga mi verga entera. El sonido de succión, gorgoteos húmedos, me volvía loca. Él me follaba la boca con cuidado, tirando de mi pelo.
Pero no lo dejé correrse. Era mi turno de torturarlo. Lo empujé a la cama y me subí encima, cabalgándolo como reina. Mi panocha se tragaba su pija hasta el fondo, mis tetas rebotando con cada salto. Sudor goteaba de su pecho al mío, resbaloso y caliente. Rozaba mi clítoris contra su pubis, círculos perfectos. Sus manos en mis caderas, guiándome, ojos clavados en los míos con lujuria pura.
La tensión crecía como tormenta. Cada músculo tenso, el aire espeso con gemidos y el slap-slap de carne contra carne. Olía a sexo intenso, a semen próximo y mi excitación floral. Got so far, repetía en mi cabeza, persiguiendo el pico. Él se incorporó, chupando mis pezones duros mientras yo lo montaba más fuerte, el colchón crujiendo bajo nosotros.
Inner struggle: quería correrme ya, pero esta negación lo hacía épico. ¿Cuánto más puedo aguantar? Javier lo sentía, sus dedos bajando a mi ano, rozando juguetón, enviando chispas extra.
—Córrete conmigo, Ana. Déjate ir, suplicó, voz ronca.
No pude más. El orgasmo me golpeó como tsunami, olas y olas de placer puro. Grité su nombre, mi panocha convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes de leche, su cuerpo temblando contra el mío. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en mis oídos, piel hipersensible al roce de sus manos.
Colapsamos juntos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, besando suave mi piel salada. Olía a nosotros, satisfechos y exhaustos. Intenté tan duro y llegué tan lejos, pensé sonriendo, acariciando su pelo revuelto.
—Eres increíble, morra, murmuró Javier, trazando círculos en mi vientre.
Me acurruqué contra él, el afterglow envolviéndonos como manta cálida. Afuera, la ciudad zumbaba lejana, pero aquí, en este momento, todo era perfecto. Sabía que esto era solo el principio, una conexión que iba más allá del cuerpo. Neta, qué chido.