Dios Sabe Que Lo Estoy Intentando
El calor de la Ciudad de México me pegaba como una chinga en plena cara mientras salía del gym en Polanco. Sudor chorreándome por el escote, el top pegadito marcando cada curva de mis chichis, y las leggings ajustadas que me hacían sentir como una diosa cachonda. Me llamo Ana, tengo 28 pirulos, y neta que ando en esa onda de self-love total después de que mi ex pendejo me dejó por una morra flaca de Instagram. Juré que no más carnales, que me iba a enfocar en mi curro de diseñadora gráfica y en romperla en el gym. Pero ahí estaba él, Marco, el wey que me quitaba el hipo cada pinche clase de crossfit.
Marco era un morro alto, moreno, con brazos que parecían tallados en piedra y una sonrisa que te derretía las calzones. Mexicano de pura cepa, con ese acento chilango que suena como miel caliente. Lo vi recargado en su moto, esperándome como si nada, con una chela fría en la mano. Órale, Ana, ¿ya te vas? Te invito un mezcal en la terraza de arriba, pa' celebrar que hoy la rompiste en las pesas
, me dijo, guiñándome el ojo. Su voz grave me erizó la piel, y sentí un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos. Dios sabe que lo estoy intentando, pensé, recordando esa rola gringa que siempre me ponía en mood cuando andaba caliente. Neta, wey, estoy intentando no caer, pero su olor a sudor fresco y colonia varonil me tenía mareada.
Dios sabe que lo estoy intentando... no caer en sus brazos, no imaginar su verga dura empujándome contra la pared.
Acepté, claro que sí. ¿Qué iba a hacer? Caminamos por las calles iluminadas, el bullicio de los carros y los vendedores de elotes friéndose en la banqueta llenando el aire con ese aroma dulce y ahumado que me hace agua la boca. Subimos a la terraza, luces tenues, música suave de cumbia rebajada, y nos sentamos en una mesa apartada. El mezcal llegó en vasitos de barro, con sal y limón. Chupé la sal de su mano, rozando su piel salada con la lengua, y él me miró con ojos que ardían. Eres una chingona, Ana. Me encanta cómo te mueves, cómo sudas
, murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera empapando la tela.
La plática fluyó como el mezcal: de rutinas de gym, de lo pendejos que son los ex, de lo chido que es la vida en la CDMX. Pero cada roce accidental —su rodilla contra la mía, su mano en mi espalda baja— era como electricidad pura. Lo veía masticar el limón, sus labios jugosos, y me imaginaba chupándoselos, bajando por su pecho velludo hasta su paquete abultado. Para, Ana, neta para. Pero él se acercó más, su muslo presionando el mío, y susurró: Sabes que te quiero desde la primera clase, ¿verdad? Esa forma en que arqueas la espalda en las sentadillas... me pones como loco
. Mi pezón se endureció contra el bra, visible, y él lo notó. Su mano subió por mi muslo, lento, preguntando permiso con la mirada. Asentí, mordiéndome el labio. Consenso total, wey. Quería esto tanto como él.
El segundo mezcal nos soltó las riendas. Bajamos de la terraza, su moto rugiendo como un animal en celo. Me abrazó por la cintura, mi culo apretado contra su entrepierna dura. Sentí su verga palpitando a través del jean, gruesa y lista. A mi depa, está cerca
, dijo, y aceleramos por Insurgentes, el viento azotándome el pelo, mi coño latiendo con cada bache. Llegamos a su penthouse en Reforma —nada de luxury fake, un lugar chido con vista a la torre de Pemex iluminada. Adentro, el aire olía a sándalo y a él, puro macho.
Acto dos: la escalada Me quitó el top con manos temblorosas de deseo, besándome el cuello mientras lamía el sudor seco de mi piel. Estás rica, mamacita
, gruñó, succionando mi teta izquierda, la lengua girando alrededor del pezón como un torbellino. Gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, y olía a mi piel salada mezclada con su baba. Bajó mis leggings, besando mi ombligo, mi monte de Venus. Mírate, toda mojada por mí
, dijo, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Metió un dedo en mi rajita resbalosa, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. ¡Ay, cabrón! grité, mis caderas moviéndose solas, el squelch de mis jugos llenando la habitación.
Lo empujé al sofá, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga saltó libre, venosa, cabezota morada goteando precum. La olí: salado, masculino, adictivo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando esa gota salobre, mientras él jadeaba ¡Chíngame la boca, Ana! Así, buena... qué chingónas chupas
. Lo tragué profundo, garganta relajada, mis labios estirados alrededor de su grosor. Él me jaló el pelo suave, guiándome, pero siempre chequeando: ¿Está chido?
Sí, wey, no pares
. Mi coño ardía, vacío, rogando.
Dios sabe que lo estoy intentando... intentar no correrme ya, pero su verga en mi boca es demasiado.
Me levantó como pluma, caminando al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas frescas de algodón egipcio. Me tiró boca arriba, abriéndome las piernas. Su lengua atacó mi clítoris, lamiendo en círculos rápidos, chupando mis labios mayores hinchados. Olía a mi excitación fuerte, embriagadora, y el sabor que él gemía era como néctar. Metió la lengua adentro, follándome con ella, mientras sus dedos pellizcaban mis nalgas. Mi primer orgasmo llegó como tsunami: grité su nombre, piernas temblando, chorros calientes mojando su cara barbuda. Él lamió todo, sonriendo: Eres una fuente, pinche diosa
.
Me volteó a cuatro patas, su verga rozando mi entrada. Dime si quieres
. ¡Métemela ya, Marco! Fóllame duro
. Empujó lento al inicio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, su pubis contra mi culo. Empezó a bombear, piel contra piel slap-slap-slap, sus bolas golpeando mi clítoris. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose. Agarró mis chichis desde atrás, pellizcando pezones, mordiendo mi hombro. ¡Estás apretada, wey! Me vas a ordeñar
, jadeaba yo, empujando hacia atrás. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo, sus manos en mis caderas guiándome. Lo vi: músculos contraídos, ojos fijos en mis tetas rebotando, olor a sexo puro impregnando el aire.
La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose más. No aguanto. Él se sentó, abrazándome, besos profundos con lengua enredada, sabor a mezcal y coño. Bombeó desde abajo, rápido, mis gemidos ahogados en su boca. El clímax nos pegó juntos: yo convulsionando, ordeñándolo, él gruñendo ¡Me vengo, Ana! Tómalo todo
. Chorros calientes llenándome, desbordando por mis muslos. Colapsamos, pegajosos, pulsando aún unidos.
El afterglow fue puro cielo. Acariciándonos, su mano trazando círculos en mi vientre, yo oliendo su cuello salado. Esto fue chingón, ¿verdad?
, dijo, besándome la frente. Neta, lo mejor en mucho tiempo
, respondí, sintiendo paz en el pecho. No era solo sexo; era conexión, risas compartidas, promesas de más gym sessions con beneficios. Afuera, la ciudad zumbaba, pero adentro éramos nosotros, satisfechos, piel con piel.
Dios sabe que lo estoy intentando... pero ya no quiero resistir. Esto es lo que necesitaba.
Y así, en brazos de Marco, supe que mi era de self-love acababa de level up: ahora era self-love con compañero de folladas épicas.