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Intento Lo Mejor Para Hacerte Gozar

8585 palabras

Intento Lo Mejor Para Hacerte Gozar

El sol de la tarde caía suave sobre la playa de Cancún, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en él. Yo, Ana, había planeado esta escapada con mi carnal, no, con mi hombre, Javier, para reconectar después de semanas de chamba pesada en la Ciudad de México. Llevábamos tres años juntos, y aunque la neta es que todo fluía chido, a veces sentía que necesitaba esforzarme más para que él sintiera el fuego que aún ardía en mí. Intento lo mejor, me repetía en la cabeza mientras me ponía el bikini rojo que me hacía ver como una diosa caribeña, ajustándolo para que resaltar mis curvas generosas, las que él tanto amaba acariciar.

Javier llegó al resort con esa sonrisa pícara que me derretía, su piel morena brillando bajo el sol, el olor a sal marina pegado a su camisa guayabera floja. "¡Órale, mami! ¿Estás lista para armar desmadre?", me dijo abrazándome fuerte, sus manos grandes rodeando mi cintura, el calor de su cuerpo contra el mío ya encendiendo chispas. Lo besé con hambre, saboreando el leve gusto a cerveza que traía de la playa, su lengua juguetona respondiendo al instante. Caminamos tomados de la mano por la arena tibia, las olas rompiendo suaves a nuestros pies, el viento trayendo ese aroma fresco de coco y yodo que me ponía cachonda sin remedio.

En la cabaña, con vista al mar, nos sentamos en la terraza a tomar unos micheladas heladas, el hielo crujiendo en los vasos, el limón fresco explotando en la boca. Hablamos de todo y nada: de la pinche oficina, de lo bien que se veía su jefe en el gym –celos juguetones–, de planes para viajar a Oaxaca. Pero bajo la plática, sentía la tensión crecer, esa electricidad que vibra entre las piernas cuando sabes que pronto vas a follar como animales. Sus ojos se clavaban en mis tetas, apenas contenidas por el bikini, y yo cruzaba las piernas para calmar el cosquilleo que subía desde mi clítoris.

Intento lo mejor para que esta noche sea inolvidable, para que me recuerde por qué me elige a mí todos los días, pensé mientras le pasaba la mano por el muslo, sintiendo los músculos firmes debajo del short.

La cena fue ligera: tacos de mariscos frescos con salsa habanero que picaba rico, el vapor subiendo caliente, el sabor ahumado del camarón mezclándose con el tequila reposado que nos servimos después. Nos reíamos de tonterías, pero sus roces se volvían más intencionales: un dedo trazando mi brazo, un beso en el cuello que me erizaba la piel. "Estás bien rica hoy, Ana", murmuró, su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a tequila y hombre. Me levanté, lo jalé adentro de la cabaña, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos.

Acto dos, el desmadre empezaba. Lo empujé suave contra la cama king size, las sábanas blancas oliendo a lavanda fresca del resort. Me quité el pareo con lentitud, dejando que viera cómo el bikini se adhería a mi piel sudada por el calor. "Quiero complacerte, Javier. Déjame intentar lo mejor", le dije bajito, mi voz ronca de deseo, mientras me arrodillaba entre sus piernas. Él se recargó en los codos, sus ojos oscuros fijos en mí, el bulto en su short creciendo. Desabroché su pantalón con dedos temblorosos, el sonido de la cremallera bajando como un susurro prometedor. Saqué su verga dura, gruesa, venosa, el olor almizclado de su excitación golpeándome como una ola. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, el pre-semen ligeramente dulce en mi lengua.

"¡Qué chingón, nena!", gimió él, su mano enredándose en mi pelo largo, no jalando fuerte sino guiándome. Chupé con ganas, mi boca envolviéndolo húmeda y caliente, la saliva resbalando por su tronco mientras lo tragaba profundo, sintiendo cómo palpitaba contra mi garganta. Mis pezones se endurecían rozando el borde de la cama, mi concha empapada goteando en mis bragas. Me tocaba a mí misma por encima del bikini, el roce delgado enviando descargas a mi vientre. Él jadeaba, el pecho subiendo y bajando rápido, el sudor perlando su torso definido.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me subí encima, quitándome el top para que mis tetas rebotaran libres, pesadas y sensibles. "Toca, amor. Intento lo mejor para ti", susurré, guiando sus manos a mis pechos. Sus palmas ásperas las amasaron, pellizcando los pezones hasta que gemí alto, el placer punzante bajando directo a mi clítoris hinchado. Me incliné para besarlo, nuestras lenguas danzando salvajes, el sabor de su boca mezclado con el mío propio de la mamada. Bajé el short de mi bikini, exponiendo mi coño depilado, los labios hinchados brillando de jugos. Me froté contra su verga, el glande resbaloso rozando mi entrada, pero no lo metí aún. Quería torturarlo un poquito, sentir esa tensión que nos volvía locos.

Él gime mi nombre, y sé que voy por buen camino. Intento lo mejor, siempre lo intento, para que sienta cuánto lo deseo.

La habitación se llenaba de nuestros sonidos: jadeos entrecortados, la piel chocando suave, el ventilador zumbando arriba girando perezoso. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, ese aroma terroso y dulce de mujer mojada y hombre erecto. Javier volteó las posiciones con un movimiento fluido, su fuerza masculina poniéndome bocarriba, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. "Ahora yo, mamacita", gruñó, bajando por mi cuerpo, besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi vientre. Cuando llegó a mi entrepierna, separó mis muslos con manos firmes, su aliento caliente sobre mi clítoris antes de devorarme.

Su lengua era mágica, plana y ancha lamiendo mis labios mayores, luego puntiaguda circulando el botón hinchado. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros. "¡Sí, así, pendejo caliente!", le grité juguetona, el placer construyéndose como una ola gigante. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra mi punto G, el sonido chido de mi humedad al ser follada con ellos. Olía mi propia excitación, almizclada y embriagadora, mientras él chupaba más fuerte, mi orgasmo acercándose veloz. "¡Me vengo, Javier! ¡No pares!", supliqué, y exploté, mi coño contrayéndose alrededor de sus dedos, jugos salpicando su barbilla, el cuerpo temblando en espasmos interminables.

Aún jadeante, lo jalé arriba. "Métemela ya, wey. Quiero sentirte todo". Él se posicionó, la punta gruesa abriéndose paso en mi entrada resbaladiza, centímetro a centímetro hasta llenarme por completo. El estiramiento era delicioso, su verga golpeando profundo, rozando cada nervio sensible. Empezó a bombear lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse, el slap-slap de piel contra piel resonando. Aceleró, sus bolas pesadas chocando mi culo, sudor goteando de su frente a mi pecho. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda, oliendo su esencia pura de macho sudado.

"Eres tan chingona, Ana. Me encanta cómo aprietas", jadeó él, besándome el cuello, mordisqueando suave. Cambiamos a perrito, mi posición favorita: él de rodillas detrás, manos en mis caderas jalándome contra su pelvis. Cada embestida era un trueno, su verga curvándose perfecto contra mi pared frontal, el placer acumulándose otra vez. Me masturbaba el clítoris, círculos rápidos, sintiendo el orgasmo múltiple venir. "¡Intento lo mejor para ti, amor! ¡Fóllame más duro!", grité, y él obedeció, azotando mis nalgas con palmadas ligeras que ardían rico.

El clímax nos golpeó juntos. Él gruñó profundo, su verga hinchándose dentro, chorros calientes de semen llenándome mientras yo me deshacía en temblores, el coño ordeñándolo todo, piernas flojas. Colapsamos en la cama, cuerpos pegajosos entrelazados, el corazón latiendo desbocado contra el suyo. El mar susurraba afuera, la brisa nocturna enfriando nuestra piel febril.

Después, en el afterglow, nos quedamos así, acariciándonos perezosos. Su mano trazaba círculos en mi vientre, mi cabeza en su pecho escuchando su pulso calmarse. "Eres increíble, Ana. Siempre lo das todo", murmuró, besándome la frente. Sonreí, saboreando el beso lento que siguió, el sabor salado de sudor y semen en sus labios.

Intento lo mejor, y por su mirada, sé que lo logré. Esto es nuestro, puro y chingón.

Nos dormimos con las ventanas abiertas, el rumor de las olas arrullándonos, el aroma a sexo y mar impregnado en las sábanas. Mañana más, pero esta noche fue perfecta.

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