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Tame Impala Lista de Gente para Intentar Olvidar en Tu Piel

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Tame Impala Lista de Gente para Intentar Olvidar en Tu Piel

Estaba sentada en el balcón de mi depa en la Roma, con el calor de la noche mexicana pegándome en la cara como un beso húmedo. La ciudad bullía abajo, con el ruido de los coches y las risas de los borrachos saliendo de los bares. Tenía mi teléfono en la mano, scrolleando esa nota que llamé Tame Impala list of people to try and forget about. Ahí estaban ellos: el pendejo de Marco que me dejó por su ex, la mamacita falsa de Lupe que me robó el corazón en una noche de tequila, y un par más que neta ya no importaban. Pero cada vez que ponía la música de Tame Impala, esa lista se me venía a la mente como un mal viaje psicodélico.

De repente, el timbre sonó. Era mi carnala invitándome a una fiesta en Condesa. ¿Por qué no? pensé. Necesitaba distraerme, sentir algo nuevo que me quitara esa pinche lista de la cabeza. Me puse un vestido negro ceñido que me marcaba las curvas, el que hace que los weyes volteen dos veces, y salí con el corazón latiendo fuerte, como si supiera que esa noche iba a cambiar todo.

La casa estaba llena de gente guapa, luces tenues y reggaetón mezclado con indie rock. Olía a perfume caro, humo de cigarro y sudor fresco. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos que brillaban como estrellas en el DF nocturno. Se llamaba Alex, un fotógrafo que conocía a mi carnala. Me acerqué con una chela en la mano, sintiendo el frío del vidrio contra mi palma caliente.

¿Y si este wey es el que borra la lista?

"¿Qué onda? ¿Te gusta Tame Impala?", le dije, porque su camiseta tenía la portada de Currents. Sonrió, mostrando dientes perfectos, y neta que su voz grave me erizó la piel. "Sí, carnala, Let It Happen es mi himno para olvidar pendejadas". Hablamos horas, riéndonos de exes y de cómo la música te salva el culo. Su mano rozó la mía al pasarme la chela, y sentí un chispazo, como electricidad estática en pleno verano.

La fiesta se ponía intensa, pero yo solo lo veía a él. El deseo crecía despacio, como el bajo de una rola de Tame Impala, vibrando en mi pecho. No pienses en la lista, no ahora, me dije. Pero él lo notó. "Pareces pensativa, ¿todo bien?". Le conté un poco, sin detalles, solo que tenía una lista mental de gente para olvidar. "Pues hagamos que esta noche sea inolvidable, para que no quepan más nombres", murmuró, acercándose tanto que olí su colonia, madera y algo salvaje.

Salimos de ahí, caminando por las calles empedradas de Condesa. El aire nocturno era tibio, cargado de jazmín de algún jardín cercano. Su mano en mi cintura, firme pero suave, me hacía sentir empoderada, dueña de mi cuerpo. Llegamos a su depa, un loft chido con ventanales enormes y vinilos por todos lados. Puso Tame Impala bajito, New Person Same Old Mistakes, y nos miramos en silencio, la tensión como un elástico a punto de romperse.

Me jaló hacia él, sus labios rozando los míos primero suave, luego con hambre. Sabían a chela y a menta, y yo respondí con la misma intensidad, mordiéndole el labio inferior. Sí, así, olvida todo. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos hábiles. La tela cayó al piso, dejando mi piel expuesta al aire fresco del ventilador. Él jadeaba contra mi cuello, besando la clavícula, lamiendo el sudor salado que ya perlaba mi piel.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar el control. Le quité la playera, admirando su pecho moreno, músculos tensos bajo mis uñas. Olía a hombre, a deseo puro, ese aroma almizclado que te moja las bragas. "Eres una chingona", gruñó mientras yo bajaba su zipper, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, las venas latiendo como mi pulso acelerado. La chupé despacio, saboreando la piel salada, el pre-semen dulce en mi lengua. Él gemía, "¡Ay, wey, qué rico!", enredando los dedos en mi pelo.

Pero quería más. Me subí encima, frotando mi concha mojada contra él, sintiendo cómo se deslizaba entre mis labios hinchados. El roce era eléctrico, cada movimiento mandando ondas de placer desde mi clítoris hasta la nuca. "Cógeme ya", le pedí, y él obedeció, penetrándome de un solo empujón profundo. ¡Madre santa! Llenó todo mi ser, estirándome deliciosamente. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro entrar y salir, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, el slap-slap rítmico como un tambor prehispánico.

La tensión subía, mis pezones duros rozando su pecho, sudor mezclándose. Pensé en la lista un segundo: Marco, Lupe... pero se desvanecían como humo. Alex me volteó, poniéndome de rodillas en el sofá, embistiéndome desde atrás. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, profundo, golpeando mi punto G con precisión. Olía a sexo, a panocha excitada y verga sudada. Grité, "¡Más fuerte, pendejo, no pares!", y él aceleró, su aliento caliente en mi oreja, mordisqueando el lóbulo.

El orgasmo llegó como una ola en Acapulco, rompiendo todo. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras temblaba entera, estrellas explotando detrás de mis párpados. Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que goteaban por mis muslos. Nos derrumbamos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón tronando como tambores de mariachi.

Después, acostados en su cama king size, con las sábanas revueltas oliendo a nosotros, puse mi cabeza en su pecho. Su corazón latía calmado ahora, y yo saqué el teléfono. Abrí la nota: Tame Impala list of people to try and forget about. Borré los nombres uno por uno, riendo bajito. "Ya no los necesito", le dije. Él me besó la frente, suave, protector. "Esta noche fue perfecta, carnala. ¿Repetimos?"

Me acurruqué más, sintiendo su calor, el peso de su brazo sobre mí. La ciudad seguía viva afuera, pero adentro solo estábamos nosotros, dos cuerpos satisfechos, almas conectadas por una música y un olvido dulce. Neta, Tame Impala tenía razón: a veces hay que dejar que pase, y lo que viene después es mil veces mejor.

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