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El Trío Sex Gift Inolvidable

7056 palabras

El Trío Sex Gift Inolvidable

Era una noche calurosa en la Ciudad de México, de esas que te pegan el cuerpo al colchón con el sudor pegajoso. Yo, Alejandro, acababa de llegar del pinche trabajo, muerto de cansancio después de lidiar con clientes pendejos todo el día. Mi esposa, Luisa, me esperaba en la sala de nuestro depa en Polanco, con una sonrisa pícara que me hizo arquear la ceja. Llevaba un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas como si fueran un mapa del tesoro, y el aroma de su perfume, mezcla de jazmín y algo más picante, flotaba en el aire como una promesa.

¿Qué traes entre manos, mi reina? —le pregunté, mientras me quitaba la corbata.

—Hoy te tengo una sorpresa, carnal —me dijo con esa voz ronca que me pone la piel chinita—. Algo que vas a recordar toda la vida. Ven, sígueme.

Me llevó de la mano por el pasillo, y al abrir la puerta del cuarto, ¡la neta me quedé pasmado! Ahí estaba Sofía, su mejor amiga desde la uni, recostada en nuestra cama king size, envuelta en encaje negro que dejaba poco a la imaginación. Sus tetas firmes subían y bajaban con cada respiración, y sus piernas largas cruzadas invitaban a pecar. El cuarto olía a velas de vainilla y a esa esencia femenina que ya me tenía la verga endureciéndose bajo los pantalones.

Luisa se acercó a mi oído, su aliento caliente rozándome la oreja.

Este es tu trío sex gift, amor. Para que veas lo mucho que te quiero. Todo consensual, todo chido, ¿verdad, Sofi?
Sofía asintió con una mirada ardiente, lamiéndose los labios pintados de rojo fuego.

Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. ¿Era real? Luisa y Sofía, dos morras que me volvían loco por separado, ahora juntas para mí. Me acerqué despacio, sintiendo el pulso acelerado en las sienes, el calor subiendo por mi pecho.

Luisa me besó primero, suave al principio, sus labios carnosos probando los míos con sabor a tequila reposado. Sus manos expertas desabotonaron mi camisa, rozando mi pecho con uñas pintadas que dejaban rastros de fuego. Sofía se incorporó, su perfume almizclado invadiendo mis sentidos, y se unió al beso. Tres lenguas danzando, húmedas y calientes, un torbellino de saliva y gemidos suaves que resonaban en el cuarto.

Esto es demasiado bueno para ser verdad, pensé, mientras mis manos exploraban. Toqué las nalgas redondas de Luisa, firmes como mango maduro, y luego las de Sofía, más suaves, temblando bajo mis palmas sudorosas.

Nos fuimos desvistiendo entre risas nerviosas y besos urgentes. El sonido de la ropa cayendo al piso era como música erótica, y el aire se cargaba con el olor a piel caliente, a deseo crudo. Luisa me empujó a la cama, y las dos se turnaron lamiendo mi cuello, mis pezones, bajando hasta mi abdomen. Sentí sus alientos calientes sobre mi verga, ya tiesa como poste, palpitando con anticipación.

Qué rica verga tienes, wey —susurró Sofía, con acento chilango puro, antes de metérsela a la boca. Su lengua giraba alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen salado, mientras Luisa me besaba profundo, sus tetas aplastadas contra mi pecho, pezones duros como piedritas rozándome la piel.

El placer subía en oleadas, mi cuerpo tenso como cuerda de guitarra. Gemí bajito, agarrando las sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Pero Luisa no quería que terminara tan pronto.

Despacito, amor. Vamos a disfrutarlo todo
, me dijo, y se montó en mi cara, su panocha depilada rozándome la nariz. Olía a miel y excitación, jugos calientes goteando en mi boca. La lamí con hambre, saboreando cada pliegue, mientras Sofía chupaba mi verga con succiones rítmicas que me hacían arquear la espalda.

El tiempo se dilataba. Cambiamos posiciones como en un baile prohibido. Sofía se acostó bocabajo, y yo la penetré despacio desde atrás, sintiendo su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro. ¡Qué chingón! Su coño era un vicio, húmedo y resbaloso, contrayéndose alrededor de mi verga con cada embestida. Luisa se recostó frente a ella, abriendo las piernas para que Sofía la lamiera, y yo veía todo: lenguas jugueteando, tetas bamboleándose, el sonido chapoteante de piel contra piel.

El sudor nos unía, resbaloso y salado al lamerlo de sus espaldas. Mis manos amasaban nalgas, pellizcaban clítoris hinchados. Los gemidos subían de volumen, ¡ay, cabrón!, gritaba Luisa, su voz quebrada por el placer. Sofía jadeaba en mexicano puro: ¡Dame más duro, pendejito! El cuarto vibraba con nuestros cuerpos, el colchón crujiendo bajo el peso de tres almas en éxtasis.

Pero la tensión crecía, un nudo en el estómago, en las bolas. Quería más, quería explotar. Luisa se dio cuenta, siempre atenta.

Ahora el gran finale, mi rey
. Me recostó y las dos se turnaron montándome. Primero Luisa, cabalgando con furia, su cabello negro azotándome la cara, olor a shampoo de coco invadiéndome. Sus caderas giraban como en un rodeo, ordeñándome la verga hasta el límite.

Sofía observaba, tocándose el clítoris con dedos brillantes de jugos, sus ojos verdes fijos en nosotros. Luego intercambiaron: Sofía encima, más salvaje, rebotando con fuerza que hacía temblar la cama. Sentía su interior convulsionando, ordeñándome, mientras lamía las tetas de Luisa, mordisqueando pezones que sabían a sal y dulce.

El clímax se acercaba como tormenta. Mi pulso tronaba en los oídos, el olor a sexo denso como niebla. No aguanto más, pensé. Luisa y Sofía se besaron sobre mí, sus lenguas entrelazadas, y eso me volteó la cabeza. Empujé profundo en Sofía, sintiendo las contracciones de su orgasmo primero —¡Sí, sí, chingado!—, luego Luisa se frotó contra mi muslo, corriéndose con un grito ahogado, jugos calientes empapándome la piel.

Yo exploté como volcán, chorros calientes llenando a Sofía, mi cuerpo convulsionando en espasmos interminables. Gemí ronco, agarrándolas fuerte, piel contra piel pegajosa de sudor y placer.

Caímos exhaustos en un enredo de brazos y piernas. El cuarto olía a sexo consumado, a paz después de la guerra. Respiraciones agitadas calmándose poco a poco, besos suaves en mejillas y labios hinchados. Luisa me acarició el cabello, susurrando:

¿Te gustó tu trío sex gift, amor?

Neta, el mejor regalo de mi vida —respondí, con la voz ronca, el cuerpo flotando en afterglow.

Sofía rio bajito, acurrucándose contra nosotros. Esto no termina aquí, pensé, mientras el sueño nos envolvía. La noche había sido perfecta, un lazo más fuerte entre los tres. Al día siguiente, el sol entraría por las cortinas, pero ese calor, ese recuerdo, duraría para siempre. Luisa me había dado no solo placer, sino una conexión profunda, empoderadora. Y yo, cabrón, era el hombre más afortunado del DF.

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