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Fernanda Trias Tentación Irresistible

7881 palabras

Fernanda Trias Tentación Irresistible

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailan con el bullicio de la noche, Fernanda Trias caminaba con ese paso felino que volvía locos a todos los hombres en la calle. Su vestido rojo ceñido al cuerpo resaltaba las curvas perfectas de sus caderas anchas y su busto firme, como si el diseñador lo hubiera cosido pensando en hacer pecar a los santos. El aire olía a jazmín y a tacos al pastor de la taquería cercana, mezclado con el perfume caro que ella llevaba, algo dulce y embriagador que hacía que los transeúntes giraran la cabeza.

Fernanda, con sus treinta y dos años bien llevados, era una galerista de arte exitosa. Neta, qué chido es mi vida, pensó mientras entraba al bar La Fuente, un lugar chilango de los buenos, con mesas de madera oscura y música de cumbia rebajada sonando bajito. Pidió un margarita con sal, el vaso helado contra sus labios rojos enviando un escalofrío delicioso por su espina. Sus ojos negros, delineados con precisión, escanearon el lugar hasta que lo vio: Marco, sentado en la barra, con una camisa blanca que marcaba sus pectorales y una sonrisa pícara que prometía problemas del mejor tipo.

Él la miró de vuelta, y Fernanda sintió ese cosquilleo familiar en el vientre, como mariposas chingonas revoloteando.

Órale, este pendejo está cañón, me lo quiero comer entero
, se dijo a sí misma, mordiéndose el labio inferior. Marco se acercó con dos tragos en la mano, su colonia amaderada invadiendo su espacio personal de la forma más deliciosa.

Qué onda, morra, ¿vienes sola o esperas compañía? —dijo él con voz grave, como ronroneo de jaguar.

—Sola, pero ya no tanto —respondió ella, su risa suave como terciopelo rozando la piel—. Soy Fernanda Trias, y tú pareces el tipo que sabe cómo hacer que una noche valga la pena.

Charlaron de arte, de la ciudad que nunca duerme, de cómo el tequila quema pero deja un regusto a gloria. Cada roce accidental —su rodilla contra la de él, sus dedos en el brazo al reírse— encendía chispas. Fernanda sentía el calor subiendo por sus muslos, su panocha humedeciéndose solo con imaginar sus manos explorándola. Marco la devoraba con la mirada, y ella lo disfrutaba, arqueando la espalda para que su escote lo tentara más.

La noche avanzaba, la música subía de volumen, y bailaron pegaditos, sus cuerpos sudados frotándose al ritmo de un sonidero que retumbaba en los pechos. El sudor de él olía a hombre puro, salado y masculino, mezclado con el suyo, floral y dulce. Fernanda presionó sus tetas contra su torso, sintiendo la dureza de su verga creciendo contra su vientre. Pinche rico, ya se nota lo que traes, pensó, gimiendo bajito en su oído.

Vámonos de aquí, susurró Marco, su aliento caliente en su cuello haciendo que se le erizaran los vellos.

Simón, pero a mi depa, está cerca —aceptó ella, empoderada, tomando su mano y guiándolo fuera del bar. El taxi fue un infierno de caricias: sus dedos subiendo por su muslo, ella abriéndole la bragueta para acariciar esa polla gruesa y palpitante. Chingón, qué vergota, jadeó internamente, saboreando el precum salado en su lengua cuando se la chupó rápido antes de que el chofer los pillara.

En su departamento minimalista con vistas al skyline de la Reforma, la puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Fernanda lo empujó contra la pared, besándolo con hambre, lenguas enredándose en un duelo húmedo y feroz. Sabía a tequila y deseo puro. Sus manos le arrancaron la camisa, uñas rozando pezones duros, bajando al cinturón. Marco gruñó, levantándola en brazos como si no pesara nada, sus piernas envolviéndolo mientras la llevaba al sofá de piel suave.

Te quiero toda, Fernanda —murmuró él, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel.

Entonces cómetela, cabrón —lo retó ella, quitándose el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y nada más. Sus tetas perfectas, con pezones oscuros y erectos, lo invitaban. Marco se arrodilló, inhalando su aroma almizclado de excitación, esa esencia femenina que lo volvía loco. Su lengua trazó caminos por su vientre, bajando hasta morder la tela de la tanga, arrancándola con los dientes.

Fernanda jadeó cuando su boca encontró su clítoris hinchado, chupándolo con maestría, dedos hundiéndose en su coño empapado. ¡Ay, wey, qué rico! Así, no pares, gritó en su mente, arqueando la cadera, sus jugos cubriendo su barbilla. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, succiones, sus gemidos roncos llenando la habitación. El aire se cargó de ese olor a sexo crudo, sudor y placer inminente.

Pero ella quería más, control. Lo empujó al sofá, montándose a horcajadas, frotando su panocha resbaladiza contra su verga tiesa. Sí, siente cómo te mojo toda, pensó, viéndolo retorcerse. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente. ¡Qué chingón, me parte en dos! Empezó a cabalgar, tetas rebotando, uñas en su pecho marcándolo. Marco la agarró de las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más placer, todo con su consentimiento jadeado.

Más duro, Marco, cógeme como hombre —exigió ella, acelerando, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas en la alfombra mullida, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Cada estocada golpeaba su punto G, sus bolas chocando contra su clítoris, enviando ondas de éxtasis. Fernanda gritaba, ¡Sí, pinche verga, rómpeme!, el orgasmo construyéndose como tormenta, músculos tensándose, pulso latiendo en oídos.

Marco la volteó de nuevo, cara a cara, penetrándola profundo mientras la besaba, susurros de cariño entre gemidos. Eres una diosa, Fernanda, le dijo, y ella sintió la conexión, no solo física. El clímax la golpeó primero: un estallido de luz detrás de los párpados, coño contrayéndose en espasmos, chorros de squirt mojando sus muslos. Él la siguió, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente, pulsos interminables.

Colapsaron juntos, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas sincronizándose. Fernanda lo abrazó, sintiendo su corazón galopante contra el suyo, el olor a sexo envolviéndolos como manta.

Qué padre, este wey no es cualquier pendejo, hay algo aquí
, reflexionó, trazando círculos en su espalda con la yema del dedo.

¿Otra ronda? —preguntó él con picardía, besando su hombro.

Órale, pero despacito esta vez —rió ella, guiándolo a la cama. La noche se extendió en rondas lentas, exploratorias: misionero con miradas intensas, ella arriba controlando el ritmo, cucharita con caricias profundas. Cada toque era fuego lento, orgasmos suaves como olas, susurros de te quiero así siempre.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Fernanda Trias yacía enredada en las sábanas revueltas, el cuerpo lánguido y satisfecho. Marco dormía a su lado, su mano posesiva en su cadera. Neta, esto fue más que un polvo, fue conexión chingona, pensó, sonriendo. Se levantó sigilosa, preparando café en la cocina, el aroma fuerte mexicano llenando el aire. Él despertó, uniéndosele, besándola con ternura renovada.

Vuelve cuando quieras, le dijo ella, entregándole su número en una servilleta.

No es si, es cuándo —prometió él, sellándolo con un beso que sabía a promesas y futuros encuentros.

Y así, Fernanda Trias salió a su día, con el cuerpo aún vibrando de placer, el alma ligera y el corazón latiendo al ritmo de una pasión recién nacida. La ciudad la esperaba, pero ahora con un secreto ardiente guardado entre las piernas.

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