Frases del Tri que Encienden la Piel
La noche del partido de El Tri en el Azteca estaba cargada de esa electricidad que solo un buen pinche mundial sabe dar. Yo, Ana, sentada en el sillón de mi depa en Polanco, con las piernas cruzadas sobre las de Luis, mi carnalote desde la prepa. El aire olía a chelas frías y a las papas con chile que habíamos pedido por Rappi. La tele tronaba con el himno, y el estadio rugía como un animal herido de pasión. Mi piel se erizaba no solo por el frío del AC, sino porque Luis tenía su mano descansando en mi muslo, subiendo poquito a poquito esa falda corta que me puse a propósito.
Órale, wey, si El Tri mete gol esta noche, te chingo hasta que grites como afición, me dijo al oído, su aliento caliente con sabor a Corona. Reí bajito, sintiendo el cosquilleo que me bajaba directo al ombligo. Sus ojos cafés brillaban con la misma hambre que cuando veíamos los juegos juntos, sudando en las gradas o aquí, en privado. Yo lo miré de reojo, su camiseta del Tri ajustada marcando esos pectorales que tanto me gustaban, y el bulto en su short ya insinuando lo que vendría.
El partido arrancó con todo. México contra Brasil, tensión pura. Cada vez que Chicharito tocaba el balón, Luis se tensaba a mi lado, su mano apretándome el muslo. ¡Frases del Tri! gritó cuando Hugo Sánchez soltó un comentario en la transmisión: "¡Hay que meterle huevos, cabrones!". Yo me mojé al instante, imaginando esas palabras en su boca mientras me tocaba. Le pasé la mano por el pecho, sintiendo su corazón latiendo como tamborazo zacatecano.
Al minuto 20, un contragolpe. Luis se paró de un brinco, gritando: ¡Sí se puede, pinche Tri! Yo lo jalé de la playera, lo senté a la fuerza y me subí a horcajadas sobre él. Nuestros labios chocaron como dos equipos en final. Su lengua sabía a sal de las papitas y a deseo crudo. Tú eres mi gol de oro, murmuró contra mi boca, citando una de esas frases del Tri que tanto repetía en la cama. Mis pezones se endurecieron contra su pecho, el roce de la tela enviando chispas por mi espina.
El medio tiempo llegó como bendición. El marcador empatado, pero nuestra propia liga ya ardía. Luis me cargó como si fuera trofeo de la Copa Oro, directo al cuarto. La habitación olía a mi perfume de vainilla y a su sudor fresco de la emoción. Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas rozando mi espalda desnuda cuando me quité la blusa de un jalón. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento. ¡Arriba el Tri, arriba tus tetas! soltó riendo, y yo gemí porque su aliento caliente me hacía arquear la cadera.
No mames, Luis, si me sigues con esas frases del Tri me vengo ya, pensé, mientras sus dedos desabrochaban mi brasier. Sus labios capturaron un pezón, chupando con esa succión que me volvía loca, como si mamara el esférico.
La tele seguía sonando de fondo, el narrador exaltado con cada jugada. Eso nos prendía más. Luis metió la mano en mi tanga, encontrándome empapada. Estás más mojada que el Azteca en lluvia, dijo, adaptando una de esas frases del Tri que los morros gritan en las barras. Sus dedos entraron despacio, curvándose justo ahí, en mi punto G, haciendo que mis caderas bailaran como mariachi en fiesta. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco. Yo le bajé el short, liberando su verga dura como poste de luz, palpitante en mi mano. La piel suave, venosa, caliente como tamal recién salido del comal.
Chúpamela, mamacita, como si fuera el balón en el área chica, jadeó él, y yo obedecí sin chistar. Mi boca lo envolvió, lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando esa gotita salada de pre-semen. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo negro largo, guiándome sin forzar. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con los gritos del estadio en la tele. Yo lo mamaba profundo, garganta relajada, sintiendo cómo se hinchaba más en mi boca. ¡Eso, Ana, qué chingón! exclamó, y supe que estaba cerca de explotar.
Pero no lo dejé. Lo empujé boca arriba, montándolo como yegua brava. Su verga entró en mí de un solo movimiento, llenándome hasta el fondo. ¡Golazo del Tri! gritamos los dos al unísono, riendo entre gemidos. Me movía lento al principio, sintiendo cada centímetro rozando mis paredes internas, el roce de su pubis contra mi clítoris hinchado. Sudábamos, pieles pegajosas chocando con palmadas húmedas. Él me agarraba las nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.
La intensidad subió con el segundo tiempo. En la tele, un tiro libre. Nosotros aceleramos. Yo rebotaba más rápido, mis tetas saltando, él pellizcándolas. ¡Cielito lindo de tus ojos! canturreó, parodiando el grito de la afición mientras me clavaba desde abajo. Ese ritmo, ese slap-slap de carne contra carne, me llevaba al borde. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con colonia barata de él y mi esencia dulce. Mis uñas se clavaban en su pecho, dejando surcos, y él gemía ¡Más, pendejita, dame más! con esa voz ronca que me derretía.
Estas frases del Tri en su boca suenan a poesía sucia, y me encanta, me hace sentir su reina del estadio, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como multitud en las tribunas.
Entonces, el gol. En la pantalla, ¡boom! México adelante. Nosotros explotamos. Luis se sentó, abrazándome fuerte, sus embestidas profundas y salvajes. Yo me vine primero, un temblor que me sacudió entera, contrayéndome alrededor de él, gritando ¡Sí se puede, carajo!. Chorros de placer me salían, mojando sus bolas. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, caliente, espeso, llenándome como trofeo.
Caímos exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes sincronizadas con los aplausos del Azteca. El partido seguía, pero nosotros ya habíamos ganado la noche. Su semen goteaba entre mis piernas, cálido recordatorio. Me besó la frente, murmurando Te amo, mi goleadora. Yo sonreí, oliendo su cuello salado, sintiendo su corazón calmarse contra el mío.
Apagamos la tele al final, con El Tri victorioso. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo, pero suave, tierno. En la cama, envueltos en sábanas revueltas, hablamos de nada y todo. La próxima, con más frases del Tri, dijo él pícaro. Yo reí, sabiendo que sí, que esto era nuestro ritual, nuestra pasión mexicana, caliente como el sol de medio día.