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Tríos y Cornudos Ardientes

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Tríos y Cornudos Ardientes

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de neón parpadean como promesas calientes en la noche, Javier y su esposa Laura vivían en un departamento chido en la Condesa. Javier, un tipo de treinta y tantos, con esa sonrisa pícara que volvía locas a las morras, siempre había fantaseado con tríos y cornudos. No era algo que platicara con cualquiera, pero con Laura, su reina de ojos café y curvas que quitaban el hipo, lo había confesado una noche de tequila y sudor. Ella, con su risa ronca y ese acento chilango que lo ponía duro al instante, lo miró con picardía y dijo:

Órale, wey, ¿neta quieres verme con otro carnal mientras tú miras?

La idea prendió como yesca. Empezaron despacio, coqueteando en apps de parejas liberales. El aire del depa se llenaba de ese olor a jazmín de su perfume mezclado con el sudor nervioso de Javier cada vez que veían perfiles. El deseo crecía como la humedad entre sus piernas. Una noche, después de un par de tequilas en un bar de la Roma, conectaron con Marco, un morro atlético de gym, con tatuajes que serpenteaban por sus brazos y una mirada que prometía follar sin piedad. Los tres se miraron en un café al día siguiente, el sol filtrándose por las cortinas, el aroma a café de olla flotando. Laura se mordió el labio, su mano rozando la de Javier bajo la mesa, mientras Marco contaba chistes con esa voz grave que hacía vibrar el aire.

¿Y si esta vez sí pasa? pensó Javier, sintiendo su verga palpitar contra el pantalón. No había celos, solo una excitación que le quemaba las entrañas. Laura, con su blusa escotada que dejaba ver el encaje negro de su brasier, guiñó el ojo.

Neta, carnales, vámonos a mi depa. Quiero ver qué tan buenos son los tríos y cornudos en la vida real
, soltó ella, su voz ronca como el tráfico de Insurgentes.

El elevador del edificio subía lento, el zumbido del motor amplificando sus respiraciones agitadas. Javier sentía el calor de los cuerpos pegados: el perfume almizclado de Marco, el dulzor de la piel de Laura. Al entrar al depa, las luces tenues pintaban sombras en las paredes blancas. Laura tomó la iniciativa, como la jefa que era en su curro de diseñadora. Se acercó a Marco, sus tetas rozando su pecho, y lo besó con hambre, lenguas danzando audiblemente, un chup chup húmedo que erizaba la piel de Javier.

Él se sentó en el sillón de cuero, que crujió bajo su peso, el corazón latiéndole como tamborazo en las venas. Mierda, esto es lo que soñé, se dijo, mientras su mano bajaba a su entrepierna, masajeando la erección que dolía de lo tiesa. Laura gemía bajito, un sonido gutural que olía a panocha mojada, mientras Marco le bajaba la blusa, exponiendo pezones duros como piedras de obsidiana. El aire se cargó de ese olor salado de excitación, mezclado con el tequila que aún les sabía en la boca.

Marco levantó a Laura como si no pesara nada, sus bíceps flexionándose, y la llevó a la cama king size. Javier siguió, de pie al borde, viendo cómo su esposa se arrodillaba, desabrochando el cinturón de Marco con dientes.

¡Mira qué verga tan chingona, amor! Mucho más gruesa que la tuya
, soltó Laura, riendo con malicia juguetona, sus ojos clavados en Javier. Él tragó saliva, el sabor amargo de los celos falsos subiendo por su garganta, pero su pija saltaba de emoción. Era el cornudo perfecto, y le valía madres; al contrario, lo ponía al borde.

Marco gruñó cuando Laura lo engulló, su boca trabajando con slurps ruidosos, saliva chorreando por la barbilla. Javier se quitó la ropa, su verga apuntando al techo, venas hinchadas latiendo. Se acercó, y Laura lo jaló por el pelo, metiéndosela en la boca mientras chupaba a Marco. Dos vergas para mi reina, pensó él, el calor húmedo de su lengua enviando chispas por su espina. El cuarto olía a sexo crudo: sudor masculino, jugos femeninos, un toque de su loción favorita de vainilla.

La tensión escalaba. Marco tumbó a Laura boca arriba, abriéndole las piernas como alas de mariposa. Su panocha depilada brillaba, labios hinchados invitando.

Fóllame duro, cabrón, hazme gritar para mi cornudo
, ordenó ella, uñas clavándose en sus hombros. Marco embistió de un golpe, un plaf carnoso resonando, seguido de su alarido placentero. Javier se masturbaba lento, viendo la verga de Marco desaparecer en su esposa, estirándola, sacándola reluciente de miel. El colchón rebotaba con ritmo, crujidos sincronizados con jadeos. Tocó las tetas de Laura, pellizcando pezones, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel suave.

Es mía, pero esta noche es de él, reflexionaba Javier, la mente nublada por lujuria. Laura lo miró, ojos vidriosos:

Vente, amor, métemela por el culo mientras él me coge
. El doble penetración los unió. Javier escupió en su ano apretado, lubricándolo con dedos, el olor terroso mezclándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, el calor asfixiante apretándolo como puño. Marco pausó, y juntos empezaron a bombear, un vaivén alternado que hacía temblar la cama. Laura gritaba, voz quebrada en éxtasis, sudor perlando su frente, gotas cayendo en las sábanas revueltas.

Los sonidos eran sinfonía: piel contra piel, chapoteos de jugos, gemidos en crescendo. Javier sentía las embestidas de Marco a través de la delgada pared de carne, fricciones que lo volvían loco.

¡Sí, sí, cornudos y tríos pa' siempre!
, balbuceó Laura, orgasmeando primero, su culo contrayéndose alrededor de Javier, panocha chorreada empapando a Marco. Él no aguantó; corrió dentro de ella con un rugido, semen caliente llenándola. Marco los siguió, sacándola y eyaculando en las tetas de Laura, chorros blancos contrastando con su piel morena.

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose. El aire pesado olía a clímax compartido, semen y fluidos secándose en la piel. Javier besó a Laura, saboreando el sudor salado en su cuello. Fue perfecto, wey. Mi cornudo favorito, murmuró ella, riendo suave. Marco se vistió, palmadas en espaldas, promesas de repetir.

Chido, carnales. Los tríos y cornudos son lo mejor de esta pinche ciudad
.

solos en la cama, Javier abrazó a Laura, su cuerpo aún temblando de réplicas. El deseo inicial se había transformado en algo más profundo: confianza blindada, amor picante. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero dentro, el afterglow los envolvía como sábana tibia. Esto no termina aquí, pensó él, mientras ella se acurrucaba, mano en su verga flácida, lista para más sueños húmedos.

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