Calor Prohibido en el Centro de Datos Triara
Era una noche de esas que en Monterrey se sienten eternas, con el aire acondicionado del Centro de Datos Triara zumbando como un enjambre de abejas furiosas. Yo, Ana, técnica de mantenimiento de servidores, entraba al turno nocturno con el corazón latiéndome a mil. Llevaba tres años aquí, rodeada de cables, luces parpadeantes y ese olor metálico a circuitos calientes que siempre me ponía la piel de gallina. Pero esa noche, algo era diferente. Él estaba ahí: Marco, el nuevo administrador de sistemas, con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme sin remedio.
Lo vi por primera vez esa tarde, cuando me enseñaba el nuevo rack de servidores. Alto, moreno, con brazos fuertes de tanto cargar equipo pesado. "¿Todo chido, Ana? Si necesitas algo, aquí estoy pa' lo que sea", me dijo con ese acento regiomontano que suena como miel caliente. Neta, su voz grave me recorrió el espinazo como una corriente eléctrica. Le contesté con una guiñada, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la chamarra del uniforme. Pero el trabajo es trabajo, ¿no? O eso me decía yo misma mientras mi mente divagaba en lo que le haría si estuviéramos solos.
Ahora, a las dos de la mañana, el centro estaba desierto salvo por nosotros dos. Los pasillos iluminados con luces LED frías contrastaban con el calor que subía por mi entrepierna. Caminé hacia la sala de control, mis botas resonando en el piso antideslizante. Olía a café rancio y a ese aroma único de ozono de los transformadores. Marco estaba ahí, inclinado sobre un monitor, su camisa ajustada marcando los músculos de la espalda.
¿Y si me acerco y le paso la mano por el cuello? ¿Se voltea y me besa como en esas películas gringas?pensé, mordiéndome el labio.
—Oye, Marco, ¿todo en orden con el rack tres? —le pregunté, apoyándome en el escritorio para que viera mi escote. El aire fresco del AC hacía que mi piel se erizara, y juraba que él lo notaba.
Se giró despacio, sus ojos oscuros bajando por mi cuerpo como una caricia. —Sí, Ana, todo chingón. Pero si quieres checarlo tú misma, vamos. —Su voz era ronca, cargada de esa tensión que se siente antes de la tormenta.
Entramos a la sala de servidores. El zumbido constante de los fans era ensordecedor, un rugido blanco que ahogaba nuestros pasos. Luces azules y verdes parpadeaban en los paneles, iluminando su rostro con destellos hipnóticos. El aire estaba frío, casi helado, pero mi cuerpo ardía. Me acerqué a un servidor, fingiendo revisar cables, y sentí su presencia detrás de mí. Su aliento cálido en mi nuca, el roce accidental de su mano en mi cadera.
—Ana, neta que eres un pinche peligro aquí adentro —murmuró, su voz vibrando contra mi oreja—. Me distraes con esas curvas tuyas.
Me volteé, nuestros cuerpos a milímetros. Olía a él: sudor limpio, colonia barata y deseo puro. —Pues tú no te quedas atrás, carnal. Esos brazos me tienen loca desde la chingada mañana. —Le pasé la mano por el pecho, sintiendo su corazón galopando bajo la camisa.
Nos besamos como hambrientos. Sus labios gruesos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y café. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello corto. Me levantó contra el rack, mis piernas envolviéndolo por instinto. El metal frío del servidor contra mi espalda era un contraste brutal con el calor de su erección presionando mi entrepierna a través de los pantalones.
El beso se volvió feroz, dientes rozando, saliva mezclándose. Bajó las manos a mi culo, amasándolo con fuerza. "¡Ay, cabrón, sí!", pensé, arqueándome. Desabotonó mi chamarra, exponiendo mi bra negro de encaje. Sus dedos ásperos rozaron mis pezones, endureciéndolos más, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.
—Quítate eso, Ana. Quiero verte —gruñó, tirando de mi playera.
Me la saqué rápido, quedando en bra y pantalón. Él se quitó la camisa, revelando un torso tatuado con un águila regiomontana y pectorales que pedían ser lamidos. Lo besé ahí, saboreando la sal de su piel sudada. Bajé la cremallera de su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor irradiando. —¡Qué chingona! —susurré, masturbándolo lento mientras él gemía.
Pero no queríamos prisa. Me bajó con cuidado, nos quitamos el resto de la ropa entre besos y risas nerviosas. Desnudos en medio de los servidores, el aire frío nos erizaba la piel, pero el fuego entre nosotros lo combustionaba todo. Me arrodillé, oliendo su excitación almizclada. Lamí la punta de su verga, salada y suave, luego la tragué profunda, sintiéndola golpear mi garganta. Él jadeaba, manos en mi cabeza, "¡Sí, mami, así!"
Me levantó, me sentó en una consola baja. Abrió mis piernas, admirando mi coño depilado, húmedo y brillante. —Eres una diosa, Ana —dijo antes de hundir la cara ahí. Su lengua experta lamió mi clítoris en círculos, chupando mis labios hinchados. Gemí alto, el zumbido de los servidores amplificando mis gritos. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras succionaba. Olía a mi propia excitación, dulce y agria, mezclada con su sudor. El orgasmo me pegó como un rayo, piernas temblando, jugos chorreando por su barbilla.
—Ahora tú, pendejo —le dije juguetona, empujándolo contra el piso. Me monté a horcajadas, frotando mi coño empapado contra su verga. Bajé despacio, sintiéndolo estirarme, llenarme por completo. "¡Madre santa, qué rico!" grité internamente. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sus manos guiándome. El slap-slap de piel contra piel competía con los fans. Sudábamos, el aire cargado de nuestro olor sexual.
Cambié de posición: él de pie, yo contra el servidor, penetrándome por atrás. Sus embestidas profundas, bolas golpeando mi clítoris. Me jalaba el pelo suave, mordiendo mi hombro. —¡Córrete conmigo, Ana! —rugió. Sentí su verga hincharse, caliente semen llenándome mientras yo explotaba de nuevo, visión borrosa, cuerpo convulsionando.
Caímos exhaustos al piso, respirando agitados. El zumbido constante nos arrullaba. Me acurruqué en su pecho, su corazón latiendo fuerte contra mi oreja. Olía a sexo, a nosotros. —Neta, Marco, esto fue lo mejor del Centro de Datos Triara —le dije riendo bajito.
—Y apenas empieza, reina. Mañana repetimos —contestó, besándome la frente.
Nos vestimos lento, robándonos besos. Salimos de la sala con piernas flojas, el secreto ardiendo entre nosotros. Afuera, la noche regia seguía fresca, pero dentro de mí, el calor perduraba. Esa noche en el Centro de Datos Triara no solo arreglé servidores; reparé algo en mi alma solitaria. Y sabía que vendrían más turnos, más pasiones prohibidas en este laberinto de cables y deseos.