Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Tri Cities Washington Noches de Fuego Tri Cities Washington Noches de Fuego

Tri Cities Washington Noches de Fuego

6744 palabras

Tri Cities Washington Noches de Fuego

Yo siempre pensé que Tri Cities Washington era solo un puñado de pueblitos pegaditos al río Columbia, con sus viñedos y ese sol que quema la piel como si quisiera recordarte que estás vivo. Kennewick, Pasco, Richland... tres ciudades que se funden en una sola vibe tranquila, pero con un calor escondido que te agarra por sorpresa. Tenía veintiocho, recién mudada de México pa' acá por el trabajo en un viñedo, y la neta, me sentía como pez fuera del agua. Pero esa noche, en un bar chiquito de Richland con música norteña retumbando, todo cambió.

Entré al lugar oliendo a tequila y carne asada, el humo del grill mezclándose con el sudor de la gente bailando. Llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir mamacita total, mis curvas mexicanas orgullosas bajo la luz tenue. Me pedí un michelada bien fría, el limón picante en la lengua, y ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como el río al atardecer. Se llamaba Marco, un wey de Pasco que trabajaba en la base nuclear, pero con un cuerpo de vaquero que gritaba "tómame". Nuestras miradas se cruzaron y órale, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.

Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y un toque de tabaco. "¿Qué onda, reina? ¿Bailas o nomás vienes a ver?" dijo con ese acento del norte que me erizaba la piel. Reí, juguetona: "Si me convences, carnal." Empezamos a platicar, sus manos rozando las mías accidentalmente al pasar la cerveza. Hablamos de Tri Cities Washington, de cómo este lugar te atrapa con su mezcla de desierto y río, de lo solos que nos sentíamos a veces en gringolandia. Su voz grave me vibraba en el pecho, y yo notaba cómo sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote. El deseo crecía despacio, como el calor del sol poniente.

El bar se llenó más, la banda tocando cumbia rebajada que nos hizo movernos pegaditos. Su mano en mi cintura, firme pero suave, el calor de su palma traspasando la tela. "Eres fuego, Sofia," murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a cerveza y promesas. Mi corazón latía fuerte, tan tan tan, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera empezando a formarse. Lo miré fijo: "Pruébalo, pendejo." jugué, y nos reímos, pero la tensión era palpable. Salimos al estacionamiento, el aire fresco de la noche contrastando con el bochorno de adentro. El río Columbia murmuraba a lo lejos, testigo silencioso.

En su troca, un Chevy viejo pero chulo, nos besamos por primera vez. Sus labios gruesos devorando los míos, lengua explorando con hambre contenida, sabor a sal y tequila. Gemí bajito cuando su mano subió por mi muslo, rozando el borde de mis panties. "Netas, no aguanto más," confesé en su boca, mis uñas clavándose en su nuca. Él aceleró hacia su casa en Kennewick, las luces de Tri Cities Washington pasando como un borrón sensual: neones rojos, sombras de palmeras, el puente iluminado como un lazo de deseo.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien, tan correcto. Este wey me hace sentir viva, deseada, como si Tri Cities fuera mi paraíso personal.

Llegamos a su depa, un lugar modesto con vista al desierto, olor a madera y su esencia masculina. Me cargó en brazos, riendo, y me tiró en la cama king size. Sus ojos devorándome mientras se quitaba la camisa, revelando pectorales duros, vello oscuro que invitaba a tocar. Yo me desvestí despacio, provocándolo, mis tetas liberadas balanceándose, pezones duros como piedras bajo su mirada. "Ven pa'cá, guapo," lo llamé, y se abalanzó.

Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por mi espina. Lamía mi piel, saboreando el sudor salado, mientras sus manos amasaban mis nalgas. Gemí fuerte cuando su boca llegó a mis tetas, chupando un pezón con avidez, la lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. "¡Ay, Marco! ¡Sí, así!" El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclándose con el suyo. Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mi coño empapado.

Separó mis piernas con gentileza, inhalando profundo: "Hueles a miel, reina." Su lengua tocó mi clítoris, un roce eléctrico que me hizo gritar. Lamía despacio al principio, saboreando cada pliegue, succionando suave mientras dos dedos entraban en mí, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca. Mis caderas se movían solas, follándome su boca, el sonido húmedo chap chap acompañando mis jadeos. "¡No pares, cabrón! ¡Me vengo!" exploté, olas de placer sacudiéndome, jugos chorreando en su barbilla.

Él se levantó, quitándose el pantalón, su verga saltando libre: gruesa, venosa, palpitante, con gotas de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, oliendo a hombre puro. La chupé con ganas, lengua rodeando el glande, saboreando su sal, garganta profunda hasta que gimió ronco: "¡Puta madre, Sofia!" Lo monté entonces, guiándolo dentro de mí. Lento al inicio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome perfecto. Sus manos en mis caderas, guiándome, nuestros ojos clavados.

Cabalgaba fuerte ahora, tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles que chocaban con plaf plaf. El cuarto olía a sexo crudo, gemidos mezclándose con el zumbido del aire acondicionado. Él se sentó, abrazándome, besándonos salvaje mientras yo giraba las caderas, su verga golpeando profundo. "Eres mía esta noche," gruñó, y yo: "Siempre, en Tri Cities Washington." Cambiamos, él encima, embistiéndome con ritmo feroz, mis piernas alrededor de su cintura, uñas arañando su espalda.

El clímax nos alcanzó juntos. Sentí su verga hincharse, caliente dentro, y exploté de nuevo, coño contrayéndose en espasmos, gritando su nombre. Él se corrió con un rugido, semen caliente inundándome, pulsos interminables. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones tronando al unísono. Su peso sobre mí era delicioso, protector.

Después, en la calma, fumamos un cigarro en la cama, el humo danzando en la penumbra. El río susurraba afuera, testigo de nuestro fuego. "Esto fue chingón," dijo él, acariciando mi pelo. Yo sonreí, saboreando el afterglow: músculos laxos, piel sensible, un calorcito en el pecho. Tri Cities Washington ya no era solo un lugar; era donde encontré este placer, esta conexión. Tal vez no fuera para siempre, pero esa noche, éramos perfectos. Me dormí en sus brazos, oliendo a nosotros, soñando con más noches de fuego.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.