Trío con mi novia
Todo empezó una noche de viernes en nuestro depa en la Roma, con el olor a tacos de suadero flotando desde la taquería de la esquina. Yo, Alex, estaba tirado en el sofá con Karla, mi novia, esa chava morena de curvas que me volvía loco desde el primer día que la vi en una fiesta en Polanco. Teníamos como dos años juntos, y la química entre nosotros era pura gasolina. Esa noche, después de unas chelas frías, Karla se acurrucó contra mí, su piel suave rozando mi brazo, y me soltó la bomba mientras jugaba con el botón de mi jeans.
—Wey, ¿y si probamos algo nuevo? —dijo con esa voz ronca que me ponía la verga dura al instante.
Yo la miré, sintiendo el calor de su aliento en mi cuello.
¿Qué carajos iba a decir que no? Neta, siempre había fantaseado con un trío con mi novia, pero nunca pensé que ella lo propondría.Ella sonrió pícara, sus ojos cafés brillando bajo la luz tenue de las velas que había encendido. Me contó que su amiga Sofía, esa güera despampanante de la uni, andaba soltera y abierta a experimentar. Las dos habían platicado de eso en una peda la semana pasada, y Karla juraba que Sofía estaba cañón por mí desde que nos vio juntos.
El corazón me latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. Llamamos a Sofía, y en menos de media hora tocó el timbre, oliendo a perfume de vainilla y con un vestido negro ajustado que dejaba poco a la imaginación. Entró riendo, con botellas de mezcal en la mano, y nos abrazó como si nada. La tensión se sentía en el aire, espesa como el humo de un buen puro.
Nos sentamos en el balcón, con la brisa nocturna de la ciudad acariciándonos la piel. Charlamos pendejadas, pero las miradas decían otra cosa. Karla se recargó en mí, su mano bajando despacito por mi muslo, mientras Sofía nos observaba mordiéndose el labio. El mezcal quemaba la garganta, avivando el fuego que ya ardía en mi pecho.
—Neta, Alex, Karla me ha contado lo bien que la haces gozar —dijo Sofía, su voz como miel caliente—. ¿Por qué no me dejas ver?
Ahí nomás, Karla me besó, su lengua danzando con la mía, saboreando a mezcal y deseo. Sofía se acercó, sus dedos rozando mi nuca. Sentí sus tetas firmes presionando contra mi hombro.
Pinche paraíso, pensé, esto es el trío con mi novia que soñé mil veces.
Entramos al cuarto, la música de cumbia rebajada sonando bajito desde el Spotify. Karla prendió la luz roja que teníamos para estas occasions, tiñendo todo de pasión. Se quitaron los vestidos al mismo tiempo, revelando cuerpos perfectos: Karla con sus caderas anchas y nalgas redondas, Sofía delgada pero con unas chichis que pedían ser chupadas. Yo me quedé en calzones, la verga latiendo como loca.
Empezaron besándose entre ellas, lenguas enredadas, gemidos suaves llenando el cuarto. El olor a piel caliente y excitación me mareaba. Me acerqué, besando el cuello de Karla, mordisqueando suave mientras mi mano bajaba a su panocha ya mojada. Sofía se arrodilló, bajándome los calzones y lamiendo la punta de mi verga con una lentitud que me hizo jadear.
Qué chido sentir dos bocas a la vez. Karla se unió, las dos chupándome como expertas, sus lenguas rozándose en mi tronco. El sonido húmedo de sus mamadas, mezclado con sus suspiros, era música para mis oídos. Les metí los dedos, sintiendo sus calores distintos: Karla apretada y jugosa, Sofía suave y ansiosa.
La tensión subía como el volcán en erupción. Karla se recostó en la cama, abriendo las piernas, invitándome. —Cógeme, mi amor, déjale ver cómo me haces tuya. Me hundí en ella despacio, su coño envolviéndome como guante caliente. Sofía se sentó en la cara de Karla, quien lamía su clítoris con ganas, haciendo que Sofía arqueara la espalda y gimiera fuerte. Yo empujaba rítmico, viendo cómo las tetas de Karla rebotaban, oliendo el sudor mezclado con sus jugos.
Esto era más que sexo, era conexión pura, confianza total en mi novia para compartir este placer.Cambiamos posiciones; Sofía se montó en mí, cabalgándome con furia, sus nalgas chocando contra mis huevos. Karla lamía donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y el ano de Sofía. El cuarto apestaba a sexo crudo, sonidos de piel contra piel, jadeos y ¡ay, cabrón! escapando de nuestras bocas.
Sofía gritó primero, su cuerpo temblando en un orgasmo que la dejó jadeante. Yo la saqué y me volteé a Karla, quien pedía más. La puse en cuatro, embistiéndola duro mientras Sofía besaba su espalda y pellizcaba sus pezones. Sentí el clímax acercándose, ese nudo en el estómago apretándose. —¡Ya, wey, lléname! suplicó Karla.
Me vine como nunca, chorros calientes dentro de ella, mientras Sofía frotaba su clítoris hasta que Karla explotó en un grito ahogado, su coño contrayéndose alrededor de mí. Colapsamos los tres, enredados en sábanas húmedas, el corazón retumbando como tambores de mariachi.
Después, en la calma, Karla se acurrucó en mi pecho, Sofía en el otro lado. El olor a semen y sudor nos envolvía como manta.
El trío con mi novia no rompió nada; al contrario, nos unió más, nos hizo más libres.
—Fue increíble, ¿verdad? —murmuró Karla, besándome la mejilla.
Sofía rio bajito. —Vuelven a llamarme cuando quieran, carnales. Nos quedamos así hasta el amanecer, con la ciudad despertando afuera, sabiendo que esta noche había cambiado todo para bien. El deseo no se apagó; solo se transformó en algo más profundo, más nuestro.