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Bruno y Maria Tríos Ardientes

6811 palabras

Bruno y Maria Tríos Ardientes

Bruno miró a Maria con esa chispa en los ojos que siempre lo ponía como moto. Estaban en su depa chido en Polanco, con las luces tenues y la música de fondo sonando suave, un reggaetón bajito que hacía vibrar el aire. Maria, su morra de ojos cafés profundos y curvas que volvían loco a cualquiera, se recargaba en el sofá de piel, con una chela en la mano. Llevaban cinco años juntos, pero esa noche algo andaba diferente. El calor de junio en la Ciudad de México se colaba por la ventana entreabierta, trayendo olor a jacarandas y asfalto caliente.

Neta, wey, ¿por qué no probamos algo nuevo? pensó Bruno mientras la veía morderse el labio. Maria se acercó, su perfume dulce de vainilla mezclándose con el sudor ligero de su piel morena. Órale, carnal, le dijo ella con voz ronca, ¿qué tal si buscamos a alguien para un trío? Imagínate Bruno y Maria tríos, qué chingonería.

Bruno sintió un cosquilleo en el estómago, mitad nervios mitad verga parándose al instante.

¿Y si se pone raro? ¿Y si no le gusta?
se preguntó en su cabeza, pero el deseo ganó. La besó fuerte, saboreando la cerveza fría en su lengua y el calor de su boca. Sus manos bajaron por su blusa ajustada, sintiendo los pezones duros bajo la tela. Maria gimió bajito, un sonido que era música para sus oídos, y le susurró al oído: Ponte listo, mi amor, esta noche la armamos.

Salieron al antro de la colonia, un lugar con luces neón y beats pesados que hacían retumbar el pecho. El aire estaba cargado de sudor, perfume barato y humo de cigarro. Bailaban pegados, los cuerpos rozándose, cuando apareció ella: Sofia, una mamacita de pelo negro largo, labios carnosos y un vestido rojo que apenas cubría sus muslos firmes. ¿Bailan? preguntó con sonrisa pícara, su voz cortando el ruido como un cuchillo caliente.

Bruno sintió el pulso acelerado, el corazón latiéndole en las sienes. Maria la miró de arriba abajo y guiñó el ojo. Claro que sí, preciosa. ¿Quieres unirte a Bruno y Maria tríos? soltó sin pena, y las tres risas se mezclaron con la música. Sofia se pegó a ellos, su culo redondo presionando contra la entrepierna de Bruno mientras Maria le acariciaba la cintura. El roce era eléctrico, piel contra piel a través de la ropa fina, olor a deseo flotando ya en el aire.

En el taxi de regreso, la tensión era palpable. Sofia en medio, las manos de Maria subiendo por sus piernas, Bruno oliendo el aroma almizclado de su excitación. Estás bien mojada, ¿verdad? murmuró Maria, y Sofia jadeó, asintiendo. Bruno metió la mano bajo el vestido de su morra, sintiendo su panocha caliente y húmeda.

Chingado, esto va a estar de poca madre
, pensó, la verga dura como piedra contra los jeans.

Llegaron al depa y apenas cerraron la puerta, las bocas se unieron en un beso caótico. Lenguas danzando, saliva dulce y salada, gemidos ahogados. Maria empujó a Sofia contra la pared, besándole el cuello mientras Bruno les quitaba la ropa. La piel de Sofia era suave como seda, tibia al tacto, con un tatuaje de rosa en la cadera que Bruno lamió despacio, saboreando el sudor salado. Qué rico hueles, pinche diosa, le dijo, y ella rio bajito, arqueando la espalda.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas frescas contrastando con sus cuerpos ardientes. Maria se arrodilló sobre Sofia, mamándole las tetas grandes y firmes, chupando los pezones rosados hasta que se pusieron duros como piedritas. Bruno observaba, la mano en su verga gruesa, viendo cómo su morra lamía bajito hasta la concha depilada de Sofia. El olor era intenso, a mujer cachonda, jugos dulces que Maria probaba con la lengua. Mmm, sabe a miel, amor, dijo Maria, mirándolo con ojos lujuriosos.

Bruno no aguantó más. Se acercó, besando a Sofia mientras Maria seguía lamiéndole el clítoris hinchado. La boca de Sofia era caliente, su lengua juguetona enrollándose en la de él, manos bajando a apretar sus huevos.

Neta, dos morras así, voy a explotar
. Maria levantó la vista, la cara brillante de jugos, y le dijo: Ven, mételes verga a las dos.

Sofia se puso a cuatro patas, el culo en pompa invitador. Bruno se la clavó despacio, sintiendo las paredes calientes y apretadas envolviéndolo, húmedas como un río. ¡Ay, cabrón, qué grande! gritó ella, y Maria se acostó debajo, lamiéndole la verga mientras entraba y salía, lengua rozando el clítoris y los labios de Sofia. Los sonidos eran obscenos: chapoteos mojados, gemidos roncos, piel chocando contra piel. El cuarto olía a sexo puro, sudor mezclado con feromonas, el aire pesado y caliente.

Cambiaron posiciones, la tensión subiendo como fiebre. Maria cabalgó la cara de Sofia, restregando su concha peluda y jugosa contra la boca ansiosa. Bruno la penetró por detrás, agarrando sus caderas anchas, embistiéndola fuerte. Sentía los músculos contraerse, el corazón de Maria latiendo rápido bajo su palma. Más duro, pendejo, rómpeme, jadeó ella, y él obedeció, el sudor goteando por su espalda, salado en la lengua cuando lo lamió Sofia después.

Los pensamientos de Bruno eran un torbellino:

Esto es lo máximo, mi morra y esta chava, las dos gimiendo por mí. ¿Por qué no lo hicimos antes?
Sofia se corrió primero, temblando entera, chorros calientes mojando las sábanas, gritando ¡Me vengo, chingados! Maria la siguió, apretando la verga de Bruno como un puño, olas de placer sacudiéndola. Él aguantó lo más que pudo, pero al verlas besarse, lenguas entrelazadas y tetas rozándose, explotó dentro de Maria, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un flash.

Se derrumbaron en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El cuarto estaba en penumbras, solo la luz de la luna filtrándose, iluminando sus cuerpos brillantes de sudor. Sofia besó a Maria suave, luego a Bruno. Gracias, fue de lujo, murmuró con voz ronca. Maria sonrió, acariciando el pecho de Bruno. ¿Ves? Bruno y Maria tríos son lo mejor.

Después, envueltos en las sábanas húmedas, platicaron bajito. Rieron de los nervios iniciales, de cómo el corazón les latía como tambores. Sofia se quedó a dormir, un brazo sobre Maria, Bruno en medio sintiendo sus calores. Al amanecer, el sol entró tiñendo todo de oro, y mientras preparaban café, el aroma fuerte llenando el aire, supieron que esto era solo el principio. La conexión era más profunda ahora, el deseo saciado pero con brasas listas para encenderse de nuevo. Bruno miró a su morra, oliendo aún a sexo y promesas, y pensó: Chingón, qué vida.

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