Trio Ardiente con Mi Sobrina
Era un sábado chido en mi casa de la colonia Roma, con el sol colándose por las cortinas y el olor a café recién molido llenando el aire. Yo, Ricardo, de treinta y ocho años, soltero y con un negocio de diseño gráfico que me daba para vivir bien, no esperaba que ese día cambiara todo. Mi hermana menor, que vive en Guadalajara, me había mandado a su hija Ana, mi sobrina de veinticuatro pirulos, para que se quedara unos días mientras buscaba chamba en la ciudad. Ana llegó con su amiga Luisa, también de veinticuatro, una morra guapísima con curvas que quitaban el hipo y una sonrisa pícara que te hacía sudar.
Las vi bajar del Uber, mochilas al hombro, riendo a carcajadas. Ana, con su pelo negro largo hasta la cintura, jeans ajustados que marcaban su culazo redondo y una blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus chichis firmes. Luisa, rubia teñida, con falda corta que apenas cubría sus muslos carnosos y un top que gritaba "tócame".
¿Qué chingados pasa aquí? Mi sobrina ya no es la niña que jugaba con muñecas. Neta, se ve como diosa.Las invité a pasar, el corazón latiéndome como tambor en desfile. El aire olía a su perfume dulce, mezcla de vainilla y algo más salvaje, como deseo crudo.
Preparamos tacos de carnitas en la terraza, con chelas frías sudando en la mesa de madera. La plática fluyó fácil, contando anécdotas de la uni y fiestas locas. Ana se sentó a mi lado, su pierna rozando la mía accidentalmente al principio, pero luego... no tan accidental. Sentí el calor de su piel a través del pantalón, un toque eléctrico que me puso la verga tiesa al instante. Luisa, sentada enfrente, guiñaba el ojo cada rato, lamiendo el limón de su taco con una lentitud que era puro fuego. "Tío Rico, ¿siempre eres tan guapo o es que el DF te pone así?", soltó Ana, riendo, pero sus ojos cafés brillaban con algo más que familiaridad.
La tarde avanzó con música de Los Ángeles Azules sonando bajito, cumbia que hacía mover las caderas. Jugamos cartas, apostando tragos, y perdí a propósito un par de veces para verlas celebrar, sus tetas rebotando con cada salto. El sol se puso, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y el aire se enfrió lo justo para que se arrimaran más.
Nunca imaginé que pensaría en un trio con mi sobrina, pero joder, el deseo me carcomía por dentro.
Entramos a la sala cuando empezó a llover, gotas gruesas golpeando las ventanas como un ritmo frenético. Nos sentamos en el sofá grande de piel, yo en medio, ellas a los lados. Ana apoyó la cabeza en mi hombro, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a tequila y menta. "Tío, qué chido estar aquí contigo. En Guadala no hay nadie como tú", murmuró, su mano deslizándose por mi muslo. Luisa no se quedó atrás; cruzó las piernas y su falda subió, dejando ver el encaje negro de su tanga. Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en los oídos, la boca seca como desierto.
"¿Sabes qué, Ric?", dijo Luisa, inclinándose para que su escote quedara a centímetros de mi cara. "Ana y yo hemos platicado de ti. Ella dice que eres el hombre perfecto para... experimentar". Ana levantó la vista, mordiéndose el labio inferior, rojo y jugoso. "Sí, tío. Un trio con mi sobrina suena a locura, ¿no? Pero neta, te queremos a ti". Sus palabras me golpearon como rayo, el calor subiendo por mi espina. Dudé un segundo, el conflicto interno rugiendo: Es mi sobrina, carnal, pero es adulta, y mira cómo me mira, cómo huele su piel, cómo su mano aprieta mi paquete ya duro.
Luisa fue la primera en actuar, besándome el cuello con labios suaves y húmedos, lengua trazando círculos que me erizaron la piel. Ana me volteó la cara y nos besamos, un beso profundo, salvaje, su lengua danzando con la mía, saboreando a sal y pasión. ¡Qué rico! Su boca era fuego líquido. Manos por todos lados: las de Ana desabotonando mi camisa, sintiendo mis pectorales duros; las de Luisa bajando mi zipper, liberando mi verga palpitante, gruesa y venosa. "Mira qué chulada, Ana. Tu tío está listo pa' nosotras", ronroneó Luisa, acariciándola con dedos expertos, el roce enviando chispas por mis bolas.
Las desvestí despacio, saboreando cada centímetro. Ana se quitó la blusa, sus chichis perfectas saltando libres, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Olían a sudor dulce y loción de coco. Luisa se quitó la falda, su panocha depilada brillando de humedad, labios hinchados invitándome. Las tumbé en el sofá, besando sus cuerpos: el cuello salado de Ana, sus tetas rebotando bajo mi boca succionando, el gemido agudo que soltó cuando mordí suave. Bajé a su vientre plano, lamiendo hasta su chochita mojada, sabor a miel y mar, clítoris hinchado pulsando contra mi lengua. Luisa se unió, montándome la cara mientras yo comía a Ana, sus nalgas aplastándome la nariz, oliendo a sexo puro.
La intensidad subió como volcán. Ana se subió encima de mí, su concha resbaladiza engullendo mi verga centímetro a centímetro, ¡qué apretada, qué calor! Como guante de terciopelo húmedo. Cabalgó despacio al principio, sus caderas girando, chichis bailando frente a mis ojos, sudor perlando su piel morena. Luisa se arrodilló, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi tronco y las bolas de Ana, haciendo que gritara "¡Ay, wey, qué rico!". Cambiamos posiciones: yo de rodillas, cogiendo a Luisa por atrás, su culo grande rebotando contra mi pubis con palmadas sonoras, piel contra piel, mientras Ana lamía sus tetas y frotaba su clítoris. El cuarto olía a sexo denso, almizcle y fluidos, gemidos mezclados con la lluvia torrencial afuera.
El clímax se acercaba, tensión en cada músculo.
Esto es el paraíso prohibido, un trio con mi sobrina que me va a volver loco.Puse a Ana a cuatro patas, embistiéndola fuerte, mi verga estirándola, sus paredes contrayéndose. Luisa debajo, lamiendo su clítoris y mis huevos, dedos en su propio culo. Ana explotó primero, gritando "¡Me vengo, tío, no pares!", su coño ordeñándome chorros calientes. Luisa siguió, temblando, panocha chorreando en mi boca. Yo no aguanté más: saqué la verga y eyaculé sobre sus tetas, semen espeso salpicando pieles jadeantes, pulsos sincronizados en éxtasis.
Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire aún cargado de nuestro aroma compartido, piel pegajosa y cálida. Ana se acurrucó en mi pecho, trazando círculos en mi abdomen. "Tío, eso fue la neta. Nunca me arrepentiré de este trio contigo". Luisa besó mi hombro, sonriendo perezosa. Sentí paz, un cierre dulce a la locura. La lluvia amainó, dejando un silencio roto solo por nuestros susurros. Sabía que esto no acababa aquí, pero por ahora, el afterglow era perfecto, un lazo nuevo forjado en placer puro y consentido.