Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Noche Ardiente con Sergio Mancera El Tri Noche Ardiente con Sergio Mancera El Tri

Noche Ardiente con Sergio Mancera El Tri

7096 palabras

Noche Ardiente con Sergio Mancera El Tri

El estadio retumbaba con los acordes salvajes de El Tri, esa banda que siempre me ha puesto la piel chinita. El sudor corría por mi cuello mientras saltaba al ritmo de "Triste canción de amor", sintiendo el calor de la multitud pegada a mi cuerpo. Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos que trabaja en una tiendita de discos en el centro, había ahorrado un buen varo para este boleto. Pero lo que no esperaba era toparme con él: Sergio Mancera, el guitarrista de El Tri, ese wey con ojos negros como la noche y brazos tatuados que brillaban bajo las luces.

Sergio Mancera El Tri era el alma de la banda, el que rasgaba la guitarra con una furia que te hacía sentir viva hasta los huesos. Lo vi en el escenario, sudado, con la camisa abierta dejando ver ese pecho moreno y musculoso. Neta, carnal, ¿por qué me late tan cabrón? pensé mientras mi cuerpo se movía solo, mis caderas ondulando al compás de su solo. El olor a cerveza y humo de cigarro flotaba en el aire, mezclado con el aroma terroso del piso pisoteado. Cada nota que salía de su guitarra era como una caricia eléctrica directo a mi entrepierna.

Al final del concierto, cuando la banda se despidió entre aplausos y gritos, vi cómo Sergio bajaba del escenario. Nuestras miradas se cruzaron un segundo eterno. Sonrió, esa sonrisa pícara de norteño que te derrite. Corazón latiendo a mil, me quedé ahí parada, con las mejillas ardiendo.

¿Y si me acerco? No seas pendeja, Ana, nomás es un rocanrolero famoso.
Pero mis pies se movieron solos hacia el backstage, sorteando a los fans borrachos.

—Oye, morra, ¿vienes por autógrafo o qué? —me dijo un seguridad grandote, pero Sergio Mancera apareció de la nada, con una toalla al cuello y el pelo revuelto.

—Déjala pasar, carnal. Esa chava tiene buena onda —dijo él, con voz ronca por los gritos del show. Su aliento olía a tequila y menta, y cuando me tomó del brazo para guiarme adentro, sentí su piel caliente contra la mía. Temblores por todo el cuerpo.

Entramos a un cuartito improvisado, lleno de instrumentos y botellas vacías. El ruido de afuera se apagaba, dejando solo el zumbido de la adrenalina. Sergio se sentó en un sillón viejo, abriendo las piernas con esa confianza de rockstar. Yo me quedé de pie, nerviosa, mordiéndome el labio.

Neta, wey, tu solo en "Abuso de autoridad" me mató —le solté, tratando de sonar cool.

Él rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. —Pues imagínate cómo se siente tocarla. Ven, siéntate aquí —me jaló hacia su regazo. Su mano grande en mi cintura, el calor de sus muslos contra los míos. Olía a sudor limpio, a hombre que ha sudado por su pasión. Mi corazón tronaba como batería de El Tri.

Empecé el juego despacio. Acto primero: la tensión. Mis dedos rozaron su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa húmeda. Él me miró fijo, esos ojos que prometían todo. —Eres bien rica, Ana. ¿Sabes lo que me provocas desde el escenario? —susurró, su aliento caliente en mi oreja. Yo solo asentí, perdida en el olor de su piel, ese mix de colonia barata y macho puro.

Nos besamos entonces, lento al principio. Sus labios gruesos sabían a sal y tequila, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Gemí bajito cuando su mano subió por mi espalda, desabrochando mi bra. El roce de sus callos de guitarrista en mi piel suave era como chispas. Carajo, esto es real, pensé mientras él me recostaba en el sillón, su cuerpo pesado y delicioso encima del mío.

Acto segundo: la escalada. Sergio Mancera El Tri no era de prisas. Me quitó la blusa con calma, besando cada centímetro de mi cuello, bajando hasta mis tetas. Chupó un pezón, suave al inicio, luego con más fuerza, haciendo que arqueé la espalda. —¡Ay, wey! —jadeé, clavando las uñas en su espalda. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entera.

Sus manos bajaron a mi falda, subiéndola despacio. Sentí sus dedos rozando mis panties, ya empapadas. —Estás chorreando, morra —dijo con voz juguetona, metiendo un dedo adentro, lento, curvándolo justo donde dolía rico. Yo me retorcía, el sonido de mi humedad chasqueando en el aire quieto. Olía a sexo, a deseo crudo. Lo jalé del pelo, besándolo fuerte mientras él me comía con los ojos.

—Quítate todo, Sergio —le ordené, empoderada por el momento. Él se paró, quitándose la camisa, los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntando a mí como guitarra lista para solo. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor latiendo. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su piel, mientras él gemía mi nombre.

Ana, cabrona, hazme sufrir
, pensó yo que leía en su cara.

Me puso de rodillas en el piso áspero, pero no importaba. Me embistió la boca despacio, sus caderas moviéndose al ritmo de un corrido cachondo. El sonido de su respiración agitada, mis labios chupando, todo era sinfonía. Luego me levantó, me sentó en una mesa llena de cables, abrió mis piernas. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro: lamidas largas, succiones que me hacían ver estrellas. Grité, tapándome la boca para no alertar al seguridad. El sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después.

La intensidad subía. Lo empujé al sillón, me subí encima. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. —¡Puta madre, qué rico! —grité los dos al unísono. Cabalgué duro, mis tetas rebotando, sus manos apretando mi culo. El sudor nos unía, piel resbalosa contra piel. Él me volteó, me puso a cuatro, embistiéndome desde atrás. Cada choque era un trueno: slap slap slap de carne contra carne. Su mano en mi clítoris, frotando en círculos. No aguanto más, pensé, el orgasmo construyéndose como solo de guitarra.

Acto tercero: la liberación. —Vente conmigo, Ana —rugió Sergio Mancera El Tri, acelerando. El mundo se volvió blanco: mi coño apretándolo, oleadas de placer sacudiéndome entera. Él se corrió adentro, caliente, gritando mi nombre. Nos quedamos pegados, jadeando, el aire espeso con olor a semen y sudor.

Después, en el afterglow, nos recostamos en el sillón. Su cabeza en mi pecho, mi mano en su pelo. —Neta, morra, esto fue de película —dijo, riendo bajito. Yo sonreí, sintiendo su corazón calmarse contra el mío. No era solo sexo; era conexión, como si su música hubiera tocado mi alma.

Salimos del backstage de madrugada, el estacionamiento vacío salvo por su troca vieja. Me dio su número garabateado en un boleto usado. —Llámame cuando quieras más solos, Ana. Sergio Mancera El Tri siempre listo pa' ti.

Caminé a mi casa con las piernas temblando, el cuerpo marcado por sus besos. En la cama, reviviendo cada toque, cada gemido. Esto no acaba aquí, pensé, sonriendo en la oscuridad. La noche con Sergio Mancera El Tri había cambiado todo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.