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Puedes Intentarlo Conmigo

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Puedes Intentarlo Conmigo

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el infierno, con el mar susurrando contra la arena blanca y el ritmo de la cumbia rebeldía haciendo vibrar el aire salado. Tú llegaste a la fiesta con unos cuates, sudando bajo la luna llena que pintaba todo de plata. El olor a coco y tequila flotaba por todos lados, mezclado con el perfume dulce de las pieles bronceadas. Ahí la viste: una morena de curvas que quitaban el aliento, con un vestido rojo ceñido que se pegaba a sus caderas como una segunda piel. Bailaba sola, moviendo las nalgas al son de la música, el sudor brillando en su clavícula como diamantes.

Te acercaste, el corazón latiéndote como tambor. Órale, wey, no seas pendejo, pensaste, pero tus pies ya se movían. Ella te miró con ojos negros que prometían pecados, una sonrisa pícara curvando sus labios carnosos.

¿Y tú quién eres, guapo? ¿Vienes a intentarlo o nomás a mirar?

Su voz era ronca, con ese acento yucateco que te erizaba la piel. Te reíste, sintiendo el calor subir por tu cuello.

Soy el que te va a hacer sudar más que esta noche, le dijiste, y ella soltó una carcajada que sonó a invitación.

Puedes intentarlo conmigo, murmuró, acercándose tanto que sentiste el calor de su aliento en tu oreja, oliendo a menta y deseo. Sus dedos rozaron tu brazo, un toque eléctrico que te puso la verga tiesa al instante. Bailaron pegados, sus tetas rozando tu pecho, el sudor de su cuello goteando hasta tu camisa. El mundo se redujo a eso: su cuerpo ondulando contra el tuyo, el sonido de las olas rompiendo como un eco de tu pulso acelerado.

La fiesta seguía rugiendo, pero ustedes dos ya estaban en su propio ritmo. Sus manos bajaron por tu espalda, clavándose en tus nalgas, apretando con fuerza juguetona. Neta, esta chava es fuego puro, pensaste, mientras tu boca buscaba la suya. El beso fue salvaje: lenguas enredadas, sabor a tequila y sal marina, dientes mordisqueando labios hinchados. Ella gimió bajito, un sonido que te vibró en el pecho.

La tomaste de la mano y la llevaste hacia las palmeras, lejos de las luces parpadeantes. La arena tibia se metía entre tus dedos, el aire más fresco pero cargado de su aroma: jazmín y mujer excitada. Se recargó en un tronco, el vestido subiéndose por sus muslos morenos.

¿Qué esperas, carnal? Puedes intentarlo, te provocó, abriendo las piernas un poquito, lo suficiente para que vieras el encaje negro de su tanga.

Te arrodillaste, el corazón martillando. Tus manos subieron por sus piernas, sintiendo la suavidad de su piel como terciopelo caliente. Olía a mar y a humedad íntima, ese olor que te volvía loco. Besaste sus muslos internos, lamiendo el sudor salado, mientras ella enredaba los dedos en tu pelo, tirando suave.

¡Ay, wey, sí! jadeó, cuando tu lengua rozó el borde de su ropa interior. La apartaste con los dientes, exponiendo su chocha rosada y brillante. El sabor era dulce, como mango maduro mezclado con su esencia pura. Lamiste despacio, círculos lentos alrededor de su clítoris hinchado, sintiendo cómo temblaba bajo tu boca. Sus gemidos subían de volumen, mezclándose con el rumor de las olas, sus caderas empujando contra tu cara.

Pero ella no era de las que se quedaban atrás. Te jaló arriba, desabrochando tu pantalón con dedos ansiosos. Tu verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. ¡Mira qué chingona! exclamó, riendo con malicia, antes de tomarla en su mano cálida. La masturbó lento, el pulgar rozando la cabeza sensible, mientras te besaba el cuello, mordiendo la piel hasta dejarte marcas.

La tensión crecía como una tormenta. Tú la volteaste contra el tronco, el vestido arremangado en su cintura. Tus dedos exploraron su entrada, resbaladiza y lista, dos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar. ¡Más, pendejo, no pares! suplicó, arqueando la espalda. El sonido de sus jugos chorreando era obsceno, excitante, mientras el viento traía el eco lejano de la fiesta.

Te posicionaste atrás, la punta de tu verga rozando sus labios húmedos. ¿Estás lista, mamacita? le preguntaste, y ella asintió, empujando hacia ti.

Entraste de un solo golpe, profundo, sintiendo cómo su chocha te apretaba como un guante de fuego. ¡Carajo! gruñiste, el placer subiendo por tu espina. Embestiste lento al principio, saboreando cada centímetro: el calor envolvente, el roce de sus paredes contra tu piel, sus nalgas chocando contra tu pelvis con palmadas húmedas. Ella se giró un poco, buscando tu boca, y se besaron mientras follaban, lenguas y sexos en sincronía perfecta.

La velocidad aumentó, tus manos en sus tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Sudor chorreaba por ambos, mezclándose, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Sus uñas se clavaron en tus muslos, urgiéndote más profundo. Piensa en durar, wey, te dijiste, pero era imposible: su chocha ordeñándote, sus gemidos roncos, el vaivén hipnótico bajo la luna.

La volteaste de frente, levantándola contra el tronco. Sus piernas se enredaron en tu cintura, tacones clavándose en tu culo. Follaron así, cara a cara, mirándose a los ojos: los suyos vidriosos de placer, los tuyos nublados por el éxtasis. Cada embestida era un trueno, su clítoris rozando tu pubis, llevándola al borde.

¡Me vengo, cabrón! ¡No pares!

Se corrió primero, convulsionando, chorros calientes empapando tu verga y goteando por tus bolas. Ese apretón te volteó la cabeza: explotaste dentro de ella, chorros potentes llenándola, el placer cegador como un rayo. Gruñiste su nombre –Ana–, mientras el mundo se deshacía en blanco.

Cayeron juntos a la arena, jadeando, cuerpos entrelazados y pegajosos. El mar lamía sus pies, fresco contra el calor residual. Ella se acurrucó en tu pecho, trazando círculos en tu piel con la uña.

Lo hiciste chido, wey. Puedes intentarlo cuando quieras, susurró, besándote la barbilla.

Tú sonreíste, el corazón aún acelerado, oliendo su pelo a sal y jazmín. La fiesta seguía allá lejos, pero aquí, en este rincón del paraíso, el mundo era perfecto. El deseo se había liberado, dejando un afterglow dulce, como el último trago de tequila en la garganta. Sabías que esto no era el fin: era solo el comienzo de noches como esta, bajo la misma luna mexicana que todo lo permitía.

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