Bedoyecta Tri Tabletas el Fuego en Mis Venas
Me sentía como un trapo viejo esa mañana. El trabajo en la oficina me había chingado la existencia con esas juntas eternas y el tráfico de la Ciudad de México que no perdona. Pero ahí estaba yo, Ana, treinta y dos años, curvas que todavía volvían locos a los morros en la calle, decidida a darle la vuelta al día. Recordé el anuncio de Bedoyecta Tri Tabletas que vi en la tele: vitaminas B para recargar pilas, nervios de acero y energía que te hace sentir viva. Órale, ¿por qué no? pensé mientras sacaba el frasco del cajón del baño.
Me tragué las tres tabletas con un trago de agua fresca del garrafón. Al rato, mientras me arreglaba el pelo frente al espejo, sentí un cosquilleo en el estómago, como si un río caliente empezara a correr por mis venas. Mi piel se erizó, el corazón latió más fuerte, y de repente, todo olía diferente: el jabón de lavanda en el aire, el café recién molido en la cocina. Me miré en el espejo y vi mis ojos brillando, las mejillas sonrojadas.
¡Neta, esto es chido! Me siento como si pudiera comerme el mundo... o a alguien en particular.Mi mente voló directo a Marco, mi carnalito, el wey que me hace sudar la gota gorda cada fin de semana.
Él llegó esa tarde del gym, todo sudado y con esa playera pegada a los músculos del pecho. Olía a hombre puro: sudor fresco mezclado con su desodorante de madera. "¡Hola, mi reina!", me dijo con esa sonrisa pícara mientras me abrazaba por la cintura. Su piel caliente contra la mía me mandó una descarga eléctrica. Lo jalé más cerca, inhalando su aroma, y le mordí juguetona el lóbulo de la oreja. "¿Qué traes hoy, eh? Estás rarísima, pero me late", murmuró él, con las manos ya bajando por mis caderas.
La tensión empezó a crecer como una tormenta en el DF. Nos sentamos en el sofá de la sala, con la tele de fondo sintonizada en algún partido de la Liga MX, pero ni madres le pusimos atención. Yo sentía las Bedoyecta Tri Tabletas trabajando a todo lo que daba: mi pulso acelerado, un calor húmedo entre las piernas que me hacía restregarme las muslos. Le conté a Marco lo de las vitaminas, riéndonos. "¡Pues ya valió, ahora vas a querer cogerte todo el día!", bromeó él, pero sus ojos se oscurecieron de deseo. Lo empujé suave contra los cojines, subiéndome a horcajadas sobre sus piernas fuertes.
Sus manos grandes subieron por mis muslos, bajo la falda corta que me había puesto a propósito. Tocaba mi piel suave, áspera por los nervios, y yo gemí bajito al sentir sus dedos rozando el encaje de mis panties. Qué rico se siente esto, como si cada terminación nerviosa estuviera despierta gracias a esas pinches tabletas, pensé mientras me inclinaba para besarlo. Nuestros labios se encontraron, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y sal de su sudor. Lo chupé, lo mordí, y él gruñó contra mi cuello, lamiendo la piel sensible justo debajo de la oreja. El sonido de su respiración jadeante llenaba la habitación, mezclado con el zumbido del ventilador de techo.
La cosa escaló cuando le quité la playera, exponiendo su torso moreno y marcado. Pasé las uñas por sus pezones duros, viendo cómo se le ponía la piel chinita. "Eres una diosa hoy, Ana", susurró, mientras sus manos me arrancaban la blusa, dejando mis tetas libres bajo el brasier negro. Me las amasó con fuerza, pellizcando los pezones hasta que dolió rico, y yo arqueé la espalda, oliendo mi propio aroma de excitación mezclándose con el suyo. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela. La apreté, masajeándola despacio, y él soltó un "¡Carajo, mi amor!" que me mojó más.
Nos paramos tambaleantes, besándonos como animales, tropezando hasta el cuarto. El pasillo olía a las velas de vainilla que había encendido antes, y el piso de madera crujía bajo nuestros pies descalzos. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que Marco tanto presumía, lo tiré de espaldas. Me quité la falda de un jalón, quedándome en panties empapados. Él se bajó el pantalón, y su pija saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma.
¡Mírala, qué chulada! Las Bedoyecta me tienen loca de ganas, me dije, mientras gateaba sobre él, rozando mi coño húmedo contra su muslo peludo.
Lo monté despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome al bajar sobre él. El calor de su verga dentro de mí era abrasador, y el roce de su pubis contra mi clítoris me hacía ver estrellas. Empecé a mover las caderas en círculos lentos, gimiendo con cada embestida. Él me agarraba el culo con fuerza, marcándome las nalgas con sus dedos, y subía las caderas para clavármela más hondo. "¡Más rápido, pendejita mía!", jadeó, y yo aceleré, el sonido de piel contra piel retumbando como tambores. Sudábamos a chorros, el olor almizclado de nuestros cuerpos llenando el aire, mezclado con el dulce de mi jugo chorreando por sus bolas.
La intensidad subió cuando me volteó, poniéndome de rodillas. Entró por atrás, agarrándome el pelo suave para jalar mi cabeza hacia atrás. Cada estocada era profunda, golpeando ese punto que me hace temblar las rodillas. Sentía su vientre peludo contra mi culo, sus bolas pesadas chocando contra mi clítoris hinchado. "¡Sí, así, cabrón! ¡Dame todo!", grité, perdida en el placer. Mi mente era un torbellino: el cosquilleo de las vitaminas amplificando cada sensación, como si mis nervios cantaran. Él metió una mano entre mis piernas, frotando mi botón con dedos expertos, y el orgasmo me cayó como un rayo. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, el coño apretándolo como un puño mientras chorros de placer me sacudían.
Marco no se quedó atrás. Siguió bombeando fuerte, gruñendo como bestia, hasta que se tensó y se vació dentro de mí con un rugido gutural. Sentí su leche caliente llenándome, chorreando por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel. El cuarto apestaba a sexo puro: semen, sudor, esencia de mujer cachonda. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando al ritmo del mío.
Después, en la calma, mientras el sol se colaba por las cortinas, reflexioné. Esas Bedoyecta Tri Tabletas no eran magia, pero neta me habían prendido el switch. Marco me besó la frente, riendo bajito. "Mañana te compro otra caja, mi amor. Esto hay que repetirlo". Yo sonreí, saboreando el beso salado en sus labios. La vida es chida cuando te sientes viva así, pensé, mientras nos quedábamos dormidos, envueltos en el afterglow de nuestra pasión desbocada.