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Hazlo o No lo Hagas No Hay Intento

7868 palabras

Hazlo o No lo Hagas No Hay Intento

La noche en Polanco ardía con ese calor pegajoso de junio en la Ciudad de México. El rooftop bar del hotel olía a jazmín fresco mezclado con el humo dulce del mezcal ahumado que servían en copas heladas. Tú estabas recargado en la barra, con una Pacific fría en la mano, sintiendo el ritmo de la música electrónica retumbar en tu pecho mientras observabas la multitud. De repente, la viste. Una morra de curvas que quitaban el hipo, piel morena como el chocolate amargo, cabello negro suelto que le caía hasta la cintura y un vestido rojo ceñido que marcaba cada ondulación de sus caderas. Se movía al compás de la rola, riendo con unas amigas, pero sus ojos oscuros te clavaron cuando giró la cabeza.

Te late el corazón como tamborazo en feria. Órale, carnal, esta está cañona, piensas mientras das un trago largo a tu chela. No eres de los que se echan para atrás. Te acercas con paso firme, el piso de madera crujiendo bajo tus tenis, y le sueltas un "Qué onda, preciosa, ¿esta noche te invito un trago o qué?". Ella voltea, te mide de arriba abajo con una sonrisa pícara que deja ver sus dientes blancos perfectos. "Simón, wey, pero solo si no vas de pendejo. Hazlo o no lo hagas, no hay intento", dice con voz ronca, citando a Yoda pero con un twist que te eriza la piel. Sus amigas sueltan carcajadas, pero ella no quita la mirada, retándote con esos ojos que huelen a aventura prohibida.

Te llama Laura, originaria de Guadalajara pero radicada en la capi por curro. Pides unos tequilas reposados, el bartender los sirve con limón y sal, y el aroma cítrico te invade las fosas nasales mientras lamen la sal juntos, sus labios rozando el dorso de tu mano. Sabe a sal marina y a algo más dulce, como miel de maguey. Platican de todo: del pinche tráfico de Insurgentes, de las series de Netflix que los tienen clavados, y de pronto sale el tema de Star Wars. "Esa frase es oro puro", dices tú, y ella se acerca más, su aliento cálido en tu oreja: "Hazlo o no lo hagas no hay intento. En la vida, en el amor... y en la cama, wey". Su perfume, una vainilla intensa con toque de coco, te envuelve como niebla tropical. Sientes el roce accidental de su muslo contra el tuyo, suave como terciopelo bajo el vestido.

La tensión crece con cada rola que suena. Bailan pegaditos, sus caderas girando contra las tuyas al ritmo de un remix de cumbia rebajada. Sientes el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela delgada, el sudor perlándole el cuello que brilla bajo las luces LED. Tus manos bajan a su cintura, apretando esa carne firme, y ella gime bajito en tu oído, un sonido que vibra directo a tu verga, que ya se despierta dura como piedra. "Neta me traes loca", murmura, mordiéndose el labio inferior, sabor a gloss de cereza que pruebas cuando la besas por primera vez. Sus labios son carnosos, húmedos, se abren para ti con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado. El mundo se reduce a ese beso: el pulso acelerado en su yugular, el crujido de su vestido bajo tus dedos, el olor a sexo inminente flotando en el aire cargado.

¿Y si la cagas, wey? No, pinche pendejo, comprométete. Hazlo de una vez, siente cada centímetro de ella, te dices mientras su mano baja disimuladamente a tu entrepierna, apretando con saña juguetona.

La llevas a su depa en Reforma, un penthouse chido con vista al Ángel, a diez minutos en Uber. El elevador sube lento, solos, y ya no aguantan. La empotras contra la pared metálica, fría contra su espalda ardiente, besándola con furia mientras tus manos suben por sus muslos, sintiendo la piel suave, lampiña, hasta encontrar el encaje húmedo de sus calzones. "¡Ay, cabrón!", jadea ella, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en tus hombros a través de la camisa. Hueles su excitación, ese almizcle dulce que sale de entre sus piernas, mezclado con el sudor fresco de la noche. Bajan del elevador tambaleantes, riendo como chavos, y entran al depa iluminado solo por la luna que se cuela por los ventanales.

Acto dos: la habitación principal, cama king size con sábanas de algodón egipcio que crujen suaves bajo sus cuerpos. La desvestís despacio, saboreando cada revelación. El vestido rojo cae al piso con un susurro sedoso, dejando ver sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos como chiles piquines. Los besas, chupas, mordisqueas, oyendo sus gemidos roncos que rebotan en las paredes: "¡Sí, wey, así, no pares!". Baja a tus rodillas, desabrocha tu cinturón con dientes, el sonido metálico del cierre acelerando tu pulso. Saca tu verga palpitante, venosa, y la lame desde la base hasta la punta, lengua caliente y áspera como papel de lija mojado. Sabor salado de tu piel, olor a macho sudado, ella la engulle profunda, garganta apretando, saliva chorreando por tu escroto. Tú agarras su pelo, guiándola, sintiendo el vacío succionar tu alma.

Pero no es solo físico; hay algo más. En su mirada, ves vulnerabilidad, esa lucha interna entre soltar todo o contenerse. Esta morra ha pasado por desmadres, pero conmigo va a volar, piensas mientras la tumbas en la cama. Tus dedos exploran su panocha empapada, labios hinchados y calientes, clítoris latiendo como corazón de colibrí. La penetras con dos dedos, curvándolos adentro, rozando ese punto que la hace gritar "¡No mames, qué chido!". Ella se retuerce, sábanas enredándose en sus piernas, sudor resbalando por su vientre plano hasta el ombligo. El aire huele a sexo puro: fluidos íntimos, piel tostada, el leve aroma a tequila en su aliento cuando te besa de nuevo.

La tensión sube como volcán. La volteas boca abajo, nalga en alto, redonda y prieta. Le das nalgadas suaves al principio, luego firmes, el sonido seco ecoando, dejando marcas rosadas en su piel morena. "¡Más, pendejo, dame todo!", ruega, voz quebrada. Te pones condón –siempre responsable, wey–, y la penetras de una, lento al inicio, sintiendo cada centímetro de su calor aterciopelado envolviéndote, apretando como puño de terciopelo. Empujas profundo, el choque de pelvis contra nalga retumbando húmedo, sudor goteando de tu frente a su espalda. Ella se arquea, tetas bamboleándose, gemidos convirtiéndose en alaridos: "¡Cógeme duro, hazlo sin intento!". Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote salvaje, caderas girando como en un rodeo tapatío, uñas arañando tu pecho, pechos rebotando hipnóticos. Sientes su interior contraerse, ordeñándote, el olor a corrida próxima invadiendo todo.

Hazlo todo, no hay medias tintas. Esta noche es nuestra, completa, retumba en tu mente mientras el orgasmo se acerca como tren de carga.

El clímax explota. Tú te corres primero, gruñendo como animal, llenando el condón con chorros calientes mientras ella aprieta, succiona cada gota de placer. Segundos después, ella se deshace encima tuyo, panocha convulsionando, chorro caliente mojando tus muslos, grito largo y gutural que parece eterno. Cuerpos temblando pegados, pulsos desbocados latiendo al unísono, sudor enfriándose en la piel. Se derrumban juntos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.

Afterglow: acurrucados bajo las sábanas revueltas, ella traza círculos en tu pecho con uña pintada de rojo. El cuarto huele a sexo saciado, a paz. "Neta, wey, lo hiciste perfecto. Sin intento a medias", susurra, besándote la frente. Afuera, la ciudad ronronea indiferente, luces parpadeando como estrellas caídas. Piensas en lo jodidamente vivo que te sientes, en cómo esa frase –hazlo o no lo hagas no hay intento– se grabó en tu alma. No hay arrepentimientos, solo el calor de su cuerpo contra el tuyo, promesas mudas de más noches así. Duermes abrazado a ella, el corazón lleno, sabiendo que en el amor y el deseo, solo existe el todo.

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