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Nuevas Posiciones Sexuales para Probar con Fuego

7362 palabras

Nuevas Posiciones Sexuales para Probar con Fuego

Estás en el depa de Polanco, con las luces tenues del atardecer colándose por las cortinas de lino. El aire huele a jazmín del jardín de abajo y a la vela de vainilla que prendiste hace rato. Ana, tu morra de ojos café intenso y curvas que te vuelven loco, se recarga en el sillón de cuero, con una copa de vino tinto en la mano. Llevan seis meses juntos, y aunque la química sigue ardiendo, sientes esa necesidad de avivar la flama. Neta, la rutina se cuela como humedad en las paredes.

—Wey, ¿y si probamos algo nuevo? —dice ella con esa voz ronca que te eriza la piel, mientras hojea su celular. Sus uñas pintadas de rojo pasan por la pantalla–. Mira esto: nuevas posiciones sexuales para probar. Hay unas que pintan chingonas.

Te ríes, pero el pulso se te acelera. Te acercas, sientas tu nalga contra la de ella, y el calor de su muslo te quema a través del short de algodón. El artículo habla de posturas que prometen explosiones de placer, con dibujos sensuales que despiertan tu imaginación. Ana te mira de reojo, mordiéndose el labio inferior, y sientes ese cosquilleo en el estómago, como cuando eran novios y todo era descubrimiento puro.

¿Por qué no? Esto podría ser la neta, algo que nos una más, que nos haga sudar y gritar como animales.

La besas despacio, saboreando el vino en su lengua, dulce y ácido a la vez. Sus manos suben por tu espalda, arañando suave, y el roce de sus uñas te hace gemir bajito. Se levantan como imanes, caminando hacia la recámara sin despegar los labios. El piso de madera cruje bajo sus pies descalzos, y el olor de su perfume, mezclado con su sudor fresco, te invade las fosas nasales.

En la cama king size, con sábanas de satén negro, Ana se quita la blusa crop, dejando ver sus tetas firmes, pezones duros como chicles. Tú te desabrochas la camisa, y ella te empuja suave contra el colchón. Acto uno: el preludio, piensas, mientras sus labios recorren tu cuello, mordisqueando la piel salada.

—Vamos a probar la primera —murmura ella, con los ojos brillando de picardía–. La del loto invertido. Tú siéntate, carnal.

Te sientas en la cama, piernas cruzadas, y ella se trepa encima, envolviéndote con sus muslos suaves y calientes. Su coño húmedo roza tu verga ya dura como piedra, y el contacto inicial te hace jadear. El calor de su interior te envuelve cuando se hunde despacio, centímetro a centímetro. Sientes cada vena de tu pija pulsando contra sus paredes apretadas, resbalosas de jugos. Sus caderas giran lento, como en un baile de salsa prohibido, y el roce de su clítoris contra tu pubis envía chispas por tu espina.

El sonido de sus respiraciones entrecortadas llena la habitación, mezclado con el slap suave de piel contra piel. Hueles su arousal, ese aroma almizclado y dulce que te pone como loco. Tus manos aprietan sus nalgas redondas, amasándolas, y ella arquea la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, qué rico!". El sudor perla en su frente, goteando hasta tu pecho, salado en tu lengua cuando lo lames.

Esto es nuevo, joder. Su calor me quema, me derrite. Quiero que dure para siempre.

La tensión sube como el volumen de una rola de rock. Cambian a la segunda posición: el puente mexicano, como lo llaman en el artículo. Ana se acuesta de espaldas, levanta las caderas formando un arco perfecto con su cuerpo flexible de yogui. Tú te arrodillas entre sus piernas abiertas, y entras de nuevo, profundo, sintiendo cómo su coño se contrae alrededor de ti. El ángulo es brutal; roza ese punto dentro de ella que la hace gritar, un "¡Chingao, sí!" que retumba en tus oídos.

Tus embestidas son lentas al principio, saboreando el stretch de sus labios vaginales envolviéndote, el jugo chorreando por tus bolas. Ella agarra las sábanas, uñas clavándose en la tela, y sus tetas rebotan con cada thrust. Tocas su clítoris con el pulgar, círculos húmedos, y sientes su pulso acelerado bajo la piel. El olor a sexo inunda el aire, espeso, adictivo. Sudas profusamente, gotas cayendo sobre su vientre plano, y ella las lame de tus dedos cuando se los metes en la boca.

—Más fuerte, mi amor —suplica, voz quebrada–. Prueba esa de cucharita elevada.

Acto dos: la escalada. Se ponen de lado, ella levanta una pierna alta sobre tu cadera, y tú entras desde atrás, como ladrones en la noche. Tu mano libre recorre su cuerpo, pellizcando pezones, bajando a su clítoris hinchado. El roce es íntimo, piel con piel pegajosa de sudor. Sientes su corazón latiendo contra tu pecho, rápido como tambores de mariachi. Cada movimiento genera un squelch húmedo, obsceno, que os excita más. Internamente luchas: No quiero correrme ya, pero su coño me aprieta como puño de terciopelo.

Ana gira la cabeza, besándote con lengua salvaje, sabor a vino y saliva. Prueban la del águila, ella boca abajo con piernas abiertas en V, tú encima dominando. El control te embriaga; embistes profundo, sintiendo bolas golpear su perineo. Ella grita placer, "¡Estás enorme, pendejo delicioso!", y el slang mexicano os une, crudo y real. El clímax se acerca, tensión enredada como sábanas.

El calor sube, pulsos retumban en oídos. Cambian a la posición del surfista: ella a cuatro patas en el borde de la cama, tú de pie detrás, manos en sus caderas. Entras con fuerza, viendo cómo su culo rebota, piel bronceada brillando de sudor. El slap es rítmico, como olas en Acapulco. Tocas todo: su espalda arqueada, cabello revuelto oliendo a shampoo de coco, coño chorreando.

Estas nuevas posiciones sexuales para probar nos están volviendo locos. Su cuerpo es mi templo, y yo su devoto.

La intensidad psicológica crece. Recordáis la primera vez, en una playa de Puerto Vallarta, arena en la piel. Ahora, más maduros, exploráis sin miedos. Ella se voltea, ojos vidriosos: "Te amo, wey. Ven, hagamos la del molino."

Última del middle: ella se sienta en ti invertida, girando como hélice. Sus gemidos son sinfonía, altos y bajos. Sientes contracciones, ella al borde. Tú aguantas, bolas apretadas, verga hinchada al máximo.

Acto tres: la liberación. Vuelven al misionero twist, piernas de ella sobre tus hombros, penetración profunda. El mundo se reduce a esto: su coño apretándote, clítoris frotándose, olores mezclados de sexo y amor. Ella explota primero, cuerpo temblando, grito ahogado "¡Me vengo, cabrón!", paredes vaginales ordeñándote. El orgasmo te arrastra, chorros calientes llenándola, placer cegador como fuegos artificiales en el Zócalo.

Colapsan, entrelazados, pieles pegajosas enfriándose. Respiraciones se calman, corazones sincronizados. Besos suaves, post-sex glow. El aire huele a clímax compartido, dulce y salado.

—Esas nuevas posiciones sexuales para probar fueron la neta —susurra ella, acurrucada en tu pecho–. ¿Repetimos?

Sí, mi vida. Esto nos ha unido más, como tequila añejo: mejor con el tiempo.

Duermen así, satisfechos, soñando con más noches de fuego. El deseo no se apaga; renace, más fuerte.

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