Esto Soy Yo Intentándolo
La noche en la colonia Roma estaba viva, con ese bullicio de risas y cláxones que te envuelve como un abrazo caluroso. Yo, Ana, acababa de salir del trabajo en mi tiendita de artesanías, con el olor a copal todavía pegado en la piel. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, pero por dentro era un desmadre de nervios. Ahí estaba él, Diego, el güey que me había platicado mi carnala, sentado en la terraza de ese bar hipster con luces tenues y chelas artesanales. Sus ojos cafés me clavaron en cuanto entré, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando.
Me acerqué con una sonrisa que esperé saliera coqueta, no pendeja. "¿Posición libre?" le dije, señalando la silla frente a él. Diego soltó una carcajada ronca que me erizó la piel. "Todo tuyo, reina", respondió, y su voz grave me recorrió como un trago de mezcal quemando la garganta. Pidió dos micheladas, y mientras el hielo tintineaba en los vasos, charlamos de pendejadas: el tráfico de Insurgentes, las series de Netflix que nos tenían enganchados. Pero por dentro, mi cabeza era un desfile de pensamientos locos.
Esto soy yo intentándolo, carajo. No seas mensa, Ana, acércate más.
El aire olía a cilantro y limón de las micheladas, mezclado con su colonia amaderada que me hacía inhalar hondo. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque accidental que no lo fue tanto. Sentí el calor de su piel a través del pantalón, y mi pulso se aceleró como tamborazo zacatecano. "¿Bailamos?" propuso cuando sonó un cumbia rebajada en los bocinas. Lo seguí a la pista improvisada, mis caderas moviéndose al ritmo, rozando su cuerpo firme. Sus manos en mi cintura eran fuertes pero suaves, guiándome sin presionar. El sudor empezaba a perlar su cuello, y yo quería lamerlo, saborear esa sal masculina.
La tensión crecía con cada giro. Mi corazón latía fuerte contra mis costillas, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que me hacía apretar los muslos. Diego me miró con ojos hambrientos, sus labios entreabiertos. "Eres fuego, Ana", murmuró al oído, su aliento cálido rozando mi lóbulo. Yo me mordí el labio, luchando contra el impulso de besarlo ahí mismo. Esto es lo que pasa cuando intentas no ser la buena niña toda tu vida, pensé, mientras sus dedos trazaban círculos en mi espalda baja, bajando peligrosamente.
Acto dos: La escalada
Salimos del bar tomados de la mano, el fresco de la noche contrastando con el calor que nos abrasaba por dentro. Caminamos unas cuadras hasta su depa en la Cuauhtémoc, riéndonos de un perro callejero que nos siguió un rato. Adentro, el lugar era un desmadre chido: posters de lucha libre, una tele enorme y un colchón king size que gritaba promesas. "¿Quieres algo?" preguntó, pero yo ya lo estaba empujando contra la puerta, mis labios chocando con los suyos en un beso desesperado.
Su boca sabía a sal y chile de la michelada, y su lengua invadió la mía con urgencia juguetona. Gemí bajito cuando sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta mi tanga. "Tranquila, nena, vamos despacio", susurró, pero sus ojos decían lo contrario. Lo jalé hacia el cuarto, quitándome los tacones en el camino. Caímos en la cama, un revoltijo de sábanas frescas que olían a suavizante de lavanda. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula, enviando chispas directas a mi clítoris. Sentía su verga dura presionando contra mi pierna, gruesa y pulsante, y la froté con la rodilla, oyendo su gruñido ronco que me mojó más.
Me desvistió lento, como si saboreara cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis pechos, chupando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, me arquearon la espalda. "¡Ay, cabrón!" solté, clavándole las uñas en los hombros. Él rio, bajando más, besando mi ombligo, lamiendo el sudor de mi vientre. Cuando llegó a mi panocha, separó mis piernas con gentileza, inhalando profundo. "Hueles a miel, reina", dijo, y su lengua tocó mi clítoris en un lametón largo que me hizo gritar. Lamía despacio al principio, círculos suaves, luego succionaba fuerte, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. El sonido húmedo de mi excitación llenaba el cuarto, mezclado con mis jadeos y sus gruñidos de placer.
Yo no me quedaba atrás. Lo volteé, desabrochando su chamarra y quitándole la playera para revelar un pecho tatuado con un águila azteca, músculos firmes que olían a hombre sudado. Bajé su zip y saqué su verga, venosa y tiesa, goteando precum. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando ese gusto salado almizclado. "Así, chúpala rica", jadeó, enredando los dedos en mi pelo. La tragué hasta la garganta, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados.
Pero por dentro, la lucha seguía.
This is me trying... esto soy yo intentándolo, no cagues la noche perfecta, me repetía, mientras montaba su cadera. Nos frotamos así un rato, piel contra piel resbalosa de sudor, hasta que no aguanté más. "Cógeme ya, Diego, no mames", le rogué. Él se puso condón rápido, y yo me hundí en él despacio, centímetro a centímetro. ¡Dios! Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sus manos en mis nalgas guiándome. El slap slap de nuestros cuerpos chocando era música obscena, y el olor a sexo crudo nos envolvía como niebla.
Aceleramos, él embistiéndome desde abajo con fuerza controlada, yo rayándole la espalda. Mi clítoris rozaba su pubis en cada bajada, construyendo esa ola gigante. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, y yo lo lamí, salado y caliente. "¡Más duro, pendejo!" grité, y él obedeció, volteándome a cuatro patas para penetrarme profundo. Sus bolas chocaban mi clítoris, y sus dedos jugaban con mi ano, un toque juguetón que me volvió loca.
La tensión era insoportable, mi coño contrayéndose alrededor de su verga. Sentía el orgasmo venir, un tren a toda máquina. "Vente conmigo, Ana", rugió, y explotamos juntos. Yo chillé, olas de placer sacudiéndome, mi jugo chorreando por sus muslos. Él se vació dentro, gruñendo como bestia, colapsando sobre mí.
Acto tres: El resplandor
Nos quedamos así, enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga ablandándose aún dentro. Besos suaves en mi nuca, manos acariciando mi pelo húmedo. "Eres increíble, güey", murmuré, volteando para mirarlo. Sus ojos brillaban, satisfechos pero tiernos. "Tú eres la que me prendió, reina".
Nos duchamos juntos después, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón deslizándose por curvas y músculos. Sus manos en mi jabonosa piel, lavándome con cuidado, me hicieron sentir empoderada, deseada. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos tacos de suadero por app, riéndonos de lo hambrientos que estábamos. Comimos en la cama, salsa picando la lengua, chela fría bajando suave.
Mientras él dormía a mi lado, su brazo sobre mi cintura, pensé en lo que acababa de pasar.
Esto soy yo intentándolo, y valió cada puto segundo. No era solo sexo; era conexión, esa chispa que te hace sentir viva en esta ciudad caótica. Mañana quién sabe, pero esta noche, en sus brazos, todo era perfecto. El sol empezaría a filtrarse pronto por las cortinas, trayendo promesas de más.