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Disfraces en Trío Ardiente

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Disfraces en Trío Ardiente

La fiesta de disfraces en la casa de los carnales en Polanco estaba a todo lo que daba. El aire olía a tequila reposado mezclado con el dulce humo de los cigarros electrónicos y el perfume caro de las morras. Tú ibas vestida de diosa azteca, con un huipil ceñido que dejaba ver tus curvas perfectas, plumas en el pelo y delineador negro que te hacía ver como una reina guerrera. Marco, tu novio, era el conquistador español, con esa camisa blanca abierta mostrando su pecho moreno y tatuado, pantalones ajustados que marcaban su paquete de forma descarada. Y luego llegó Sofía, tu mejor amiga desde la prepa, disfrazada de sacerdotisa maya, con un top que apenas cubría sus tetas firmes y una falda corta que dejaba ver sus muslos suaves cada vez que se movía.

Qué chido este rollo de disfraces en trío, pensaste mientras bailaban al ritmo de cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes. Habían planeado los disfraces juntos esa tarde, riéndose como pendejos en tu depa de la Roma. "Vamos a armar un trío histórico, wey", dijo Marco con esa sonrisa pícara que te moja la panocha al instante. Sofía se había sumado de una, con ojos brillantes y un "neta, suena cañón". Ahora, en la fiesta, el alcohol corría por sus venas y el calor de los cuerpos pegados en la pista hacía que el sudor perlase sus pieles.

Marco te jaló de la cintura, su mano grande y callosa rozando la piel expuesta de tu espalda baja.

"Estás rica esta noche, mi reina",
te susurró al oído, su aliento caliente con sabor a mezcal trayendo escalofríos por tu espina. Sofía se pegó por detrás, sus tetas suaves presionando contra ti mientras bailaba.
"Mírenlos a estos dos, puro fuego azteca",
rio ella, su voz ronca rozando tu cuello. Sentiste su aliento fresco, con un toque de chicle de tamarindo, y un cosquilleo traicionero entre las piernas. ¿Qué pedo? Esto no estaba en el plan, pero se siente tan chingón...

La noche avanzaba con shots de raicilla y pláticas subidas de tono. Se sentaron en un sofá de terciopelo rojo, tú en medio, con Marco devorándote la boca en un beso que sabía a limón y deseo, y Sofía acariciando tu muslo desnudo como si nada.

"¿Saben qué? Estos disfraces en trío nos quedan perfectos para algo más... íntimo",
soltó Sofía, lamiéndose los labios pintados de rojo sangre. Marco levantó la ceja, su verga ya medio dura presionando contra tu cadera. Tú sentiste el pulso acelerado en tu clítoris, el calor subiendo por tu vientre. Neta, ¿quiero esto? Sí, carajo, las dos mitades de mi alma están de acuerdo.

Salieron de la fiesta sin decir ni madres, subiéndose a un Uber con las risas ahogadas y manos inquietas. En el depa de Marco, en Condesa, el aire acondicionado zumbaba suave mientras se quitaban las plumas y máscaras con urgencia contenida. Tú te quedaste en ropa interior negra, el sostén push-up haciendo que tus chichis parecieran ofrecerse solas. Sofía se despojó de su falda, revelando un tanga diminuto que apenas cubría su rajita depilada. Marco, el muy cabrón, se bajó los pantalones mostrando su verga gruesa, venosa, ya parada como bandera.

Acto dos: la escalada. Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel ardiente. Marco te besó profundo, su lengua explorando tu boca con sabor a tequila, mientras Sofía lamía tu cuello, bajando hasta tus pezones que se endurecían al instante.

"Déjame probarte, reina",
murmuró ella, su voz vibrando contra tu piel. Sus labios suaves chuparon tu teta derecha, la lengua girando alrededor del pezón como un remolino caliente. Tú gemiste, arqueando la espalda, el olor de su perfume floral mezclándose con el almizcle de tu excitación que ya humedecía tus bragas.

Marco se movió abajo, sus dedos ásperos separando tus labios mayores, encontrando tu clítoris hinchado. Su toque es fuego puro, me va a hacer correrme ya, pensaste mientras él lamía tu panocha con hambre, succionando el néctar salado que brotaba de ti. Sofía se subió a tu cara, su coñito rosado y mojado rozando tus labios.

"Chúpame, nena, como buena azteca",
jadeó ella. Extendiste la lengua, saboreando su jugo dulce y ácido, como mango maduro. Ella se mecía, gimiendo bajito, sus muslos temblando contra tus mejillas.

El cuarto olía a sexo crudo: sudor, fluidos íntimos, el leve aroma a vainilla de las velas encendidas. Los sonidos eran una sinfonía: lengüetazos húmedos, gemidos ahogados, el crujir de la cama bajo pesos compartidos. Marco se posicionó detrás de Sofía, frotando su verga contra su entrada.

"¿Lista para el trío completo, sacerdotisa?",
gruñó. Ella asintió, empujando hacia atrás, y él la penetró de un golpe lento, haciendo que ella gritara de placer, su coño apretándose alrededor de ti mientras la lamías. Tú sentiste cada embestida indirecta, vibrando en tu lengua.

Cambiaron posiciones como en un baile ritual. Ahora tú de rodillas, Marco metiéndotela por atrás, su pija gruesa estirándote deliciosamente, golpeando tu punto G con cada estocada. ¡Ay, wey, me parte en dos y lo amo! El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con tus alaridos. Sofía debajo de ti, lamiendo donde se unían vuestros cuerpos, su lengua rozando tu clítoris y las bolas de Marco. Él jadeaba, sudado, oliendo a hombre puro, macho en celo.

La tensión crecía como volcán: pulsos latiendo en sienes, músculos tensos, respiraciones entrecortadas. Sofía se corrió primero, un chorro caliente salpicando tu cara mientras gritaba

"¡Me vengo, cabrones!"
. Tú la seguiste, el orgasmo explotando desde tu útero, olas de placer que te hacían temblar, contrayendo tu coño alrededor de la verga de Marco. Él resistió, volteándote para pintarte la panza con su leche espesa, caliente, que olía a almizcle fuerte.

Agotados, se derrumbaron en un enredo de disfraces en trío desechados: plumas pegadas a pieles húmedas, máscaras torcidas en el piso. El afterglow era puro éxtasis: pieles pegajosas enfriándose, besos suaves, risas cansadas. Marco te abrazó por detrás, su mano en tu cadera.

"Esto fue épico, mi amor. ¿Repetimos?",
murmuró. Sofía, acurrucada al frente, besó tu frente.
"Neta, los disfraces en trío cambiaron todo para bien."

Tú sonreíste en la penumbra, el corazón lleno, el cuerpo saciado. Esto no fue solo sexo, fue conexión, poder compartido, como un ritual antiguo que nos une más. Afuera, la ciudad de México zumbaba indiferente, pero en esa cama, habían creado su propio mundo de placer consensual, ardiente y eterno.

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