Cojiendo en Trío con Mi Esposa
Era una noche calurosa en nuestra casa de la colonia Roma, con el aire cargado de ese olor a jazmín que trepaba por las paredes. Ana, mi esposa, andaba de un lado para otro en su vestido rojo ajustado que le marcaba las curvas como si fuera una segunda piel. Hacía años que nos conocíamos, pero cada vez que la veía así, me ponía la verga dura como piedra. Neta, qué mujer, pensé mientras sorbía mi chela fría.
Carlos, mi carnal de toda la vida, estaba recargado en el sofá, con una sonrisa pícara. Habíamos estado platicando de la vida, de los viejos tiempos en la uni, y de pronto Ana soltó la bomba. "¿Y si armamos algo chido esta noche, weyes?" dijo, guiñándome el ojo. Su voz ronca, con ese acento chilango que me volvía loco. Carlos se rió, pero yo vi el brillo en sus ojos. La idea de cojiendo en trío con mi esposa ya me rondaba la cabeza desde que ella me lo confesó una vez en la cama, susurrándome al oído mientras me montaba.
El corazón me latía fuerte, como tambor en fiesta. "¿Estás segura, mi reina?", le pregunté, acercándome por detrás y rozando mi mano en su cintura. Su piel estaba tibia, suave como seda bajo mis dedos. Ella se giró, me besó con hambre, su lengua saboreando a tequila y deseo. "Sí, cabrón, neta que sí. Quiero sentirlos a los dos". Carlos se paró, alto y fornido, y nos miró con esa mirada de lobo. La tensión crecía, el aire se sentía espeso, cargado de promesas.
Nos movimos al cuarto como imanes. Ana prendió unas velas que olían a vainilla y canela, iluminando la recámara con un resplandor naranja. Se quitó el vestido despacio, dejando ver sus chichis firmes, pezones duros como caramelos.
Chingado, qué chula está mi vieja, me dije, mientras mi verga palpitaba en los calzones. Carlos se desvistió rápido, su cuerpo marcado por horas en el gym, y yo lo seguí, sintiendo el fresco del piso en las plantas de los pies.
Ana se acercó a mí primero, arrodillándose y bajándome los calzones. Su boca caliente envolvió mi verga, chupando con esa maestría que solo ella tenía. El sonido húmedo de su saliva me ponía a mil, y el olor de su excitación ya flotaba en el aire, ese aroma dulce y almizclado que me hacía salivar. Carlos se puso detrás de ella, acariciando su culo redondo, metiendo los dedos en su panocha ya empapada. "Está bien mojada, wey", murmuró, y Ana gimió contra mi piel, vibrando hasta mis huevos.
La llevamos a la cama king size, las sábanas frescas rozando nuestras pieles sudadas. Yo me acosté y ella se montó en mi cara, su concha abierta y jugosa presionando mis labios. La lamí despacio, saboreando su néctar salado, mientras Carlos se posicionaba entre mis piernas y metía su verga en ella por atrás. Ana jadeaba, sus muslos temblando contra mis mejillas. "¡Ay, sí, chinguen!", gritó, clavando las uñas en mi pecho. Sentía su calor, el pulso de su clítoris en mi lengua, y el vaivén de Carlos haciendo que su cuerpo se moviera sobre mí.
El sudor nos unía, gotas resbalando por su espalda, mezclándose con el mío. Cambiamos posiciones; ahora Ana estaba de perrito, yo embistiéndola por delante mientras Carlos la cogía por el culo. Sus gemidos llenaban la habitación, un coro de "¡Más duro, cabrones!" y slap-slap de carne contra carne. Mi verga entraba y salía de su boca, su lengua girando alrededor del glande, mientras Carlos gruñía como bestia.
Esto es el paraíso, cojiendo en trío con mi esposa, viéndola gozar como nunca. Olía a sexo puro: semen, sudor, su esencia femenina impregnando todo.
Ana se retorcía, sus tetas rebotando con cada chingazo. "¡Me vengo, weyes!", chilló, y su cuerpo se convulsionó, apretándome la verga con espasmos que me llevaron al borde. Carlos aceleró, sus manos amasando sus nalgas, y yo sentía el roce de sus huevos contra los míos. La tensión subía como volcán, mis músculos tensos, el corazón retumbando en los oídos. Ella nos ordeñaba con su placer, sus ojos vidriosos de éxtasis mirándonos a los dos.
La volteamos, poniéndola entre nosotros como sándwich. Yo adentro de su panocha, Carlos en su boca. Sus labios hinchados succionaban con furia, y yo la penetraba profundo, sintiendo cada pliegue húmedo. El colchón crujía bajo nuestro peso, el aire caliente y pesado. "¡No paren, pinches machos!", suplicaba entre arcadas. Mis manos en sus caderas, sintiendo la suavidad de su piel, el calor irradiando de su vientre. Carlos se tensó primero, eyaculando en su garganta con un rugido gutural. Ana tragó todo, lamiendo los restos, y eso me empujó al abismo. La llené de leche caliente, chorros que la hacían gemir de nuevo, su segundo orgasmo apretándome como puño.
Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos pegajosos. Ana en medio, su cabeza en mi pecho, la mano de Carlos en su muslo. El silencio roto solo por respiraciones agitadas y el tictac del reloj. Su piel olía a nosotros, a semen seco y sudor dulce. La besé en la frente, saboreando la sal en sus labios. "Gracias, mi amor", susurró, y Carlos soltó una risa cansada. "Qué chingonería, carnal".
Nos quedamos así un rato, el afterglow envolviéndonos como manta tibia. Pensé en lo afortunado que era, en cómo este cojiendo en trío con mi esposa había fortalecido nuestro lazo, no lo había roto. Ella se acurrucó más, su aliento cálido en mi cuello. Mañana sería otro día, pero esta noche quedaría grabada en la piel, en los sentidos. El jazmín aún flotaba desde la ventana, mezclándose con nuestro aroma, prometiendo más noches así.