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Alkaline Trio Setlist que Nos Enciende la Sangre

7844 palabras

Alkaline Trio Setlist que Nos Enciende la Sangre

El aire del Vive Latino estaba cargado de ese olor a sudor fresco y cerveza derramada, mezclado con el humo de los porros que flotaban como niebla entre la multitud. te abrías paso entre la gente, sintiendo cómo los cuerpos se rozaban contra el tuyo, esa fricción accidental que ya te ponía la piel de gallina. Habías esperado este pinche concierto de Alkaline Trio por meses, neta, checando su Alkaline Trio setlist en el celular una y otra vez para imaginarte cada rola retumbando en tus entrañas. La noche en el Autódromo Hermanos Rodríguez era perfecta: calor húmedo de la Ciudad de México, luces estroboscópicas parpadeando como flashes de deseo reprimido.

De repente, lo viste. Alto, con el cabello negro revuelto y una playera negra ajustada que marcaba sus bíceps tatuados. Estaba a unos metros del escenario, cantando a todo pulmón Radio, esa rola que te hacía vibrar hasta el alma. Sus ojos se cruzaron con los tuyos justo cuando el vocalista gritaba las letras con esa rabia punk que te erizaba los vellos.

¿Quién es este wey tan cabrón?
pensaste, mientras tu corazón latía al ritmo del bajo, fuerte y profundo, como un pulso entre las piernas.

Él se acercó, empujado por la marea humana, y su hombro rozó el tuyo. Olía a colonia barata mezclada con sudor masculino, ese aroma que te hace salivar sin querer. "¡Órale, qué chido que viniste!", gritó por encima de la música, sonriendo con dientes blancos y perfectos. Te llamabas Ana, pero en ese momento solo eras una desconocida con falda corta y crop top que dejaba ver tu ombligo piercingado. "¡Sí, wey! La setlist de Alkaline Trio está de poca madre", respondiste, tu voz ronca por los gritos. Sus manos se posaron en tus caderas para no perder el equilibrio cuando la gente brincó con Warped Tour '05. Ese toque fue eléctrico, como si la guitarra distorsionada corriera por tus venas.

La primera parte del concierto fue puro fuego lento. Cantaban Private Eye, y tú sentías su aliento caliente en tu cuello mientras se pegaba más a ti. Sus dedos rozaban tu cintura, subiendo apenas un centímetro cada rola, probando límites. Qué rico se siente esto, pensabas, el calor de su pecho contra tu espalda haciendo que tus pezones se endurecieran bajo la tela fina. El olor a piel sudada te envolvía, y el sabor salado de tu propia sudoración en los labios te recordaba lo viva que estabas. Él se inclinó: "¿Quieres una chela?". Asentiste, y sus labios rozaron tu oreja al susurrar "Vamos por allá".

En el intermedio, se fueron a una zona menos apretada, compraron dos caguamas heladas que chorreaban condensación. Bebieron, riendo de las letras cabronas de la banda, compartiendo anécdotas de conciertos pasados. Se llamaba Marco, morro de la colonia Roma, tatuador de profesión. Sus ojos cafés te devoraban sin disimulo, bajando a tus tetas, a tus muslos. "Neta, desde que te vi, no pude dejar de mirarte", confesó, su voz grave como el bombo. Tú sentiste un cosquilleo en el bajo vientre, esa humedad traicionera empapando tus calzones.

Si no me lo cojo esta noche, me muero
, te dijiste, mientras el anuncio de la segunda parte del show los devolvía al pit.

Ahora la tensión escalaba como la intensidad de las rolas. Tocaban Help Me, y Marco te rodeó con sus brazos desde atrás, su verga semi-dura presionando contra tu culo. Podías sentirla, gruesa y caliente a través de los jeans. Tus caderas se movían al ritmo, frotándose contra él deliberadamente. El sonido de la multitud rugiendo, el estruendo de las guitarras, todo se mezclaba con tu respiración agitada. Sus manos bajaron a tus muslos, subiendo la falda apenas, dedos ásperos de tanto tatuar rozando la piel sensible del interior. Olías su excitación, ese almizcle varonil que te ponía cachonda como perra en celo.

"No aguanto más", murmuró en tu oído cuando terminó Sadie. La Alkaline Trio setlist había sido épica, pero lo que venía prometía ser mejor. Salieron del concierto tomados de la mano, el corazón latiéndote en la garganta. Caminaron por las calles oscuras del autódromo, riendo nerviosos, hasta su moto estacionada. "Súbete, te llevo a mi depa", dijo, y tú asentiste sin pensarlo dos veces. El viento nocturno azotaba tu cara mientras aceleraba por Insurgentes, tus brazos apretando su cintura, sintiendo los músculos contraídos bajo la chamarra de cuero.

El departamento en la Narvarte era chiquito pero chingón: posters de bandas punk en las paredes, una cama king size deshecha y luces tenues de neón. Apenas cerraron la puerta, se besaron como hambrientos. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua invadiendo tu boca con sabor a chela y menta. Qué chingón besa el cabrón, pensaste mientras tus uñas se clavaban en su espalda. Lo empujaste al colchón, quitándote la crop top con un movimiento fluido. Tus tetas rebotaron libres, pezones duros como piedras. Él gimió, manos amasándolas, pulgares girando los picos sensibles. "Qué ricas vergas, Ana", gruñó, voz ronca de deseo.

Te quitó la falda y los calzones de un jalón, exponiendo tu panocha depilada y ya brillante de jugos. El olor a sexo llenó la habitación, dulce y almizclado. Te abrió las piernas, besando el interior de tus muslos, mordisqueando la piel hasta llegar al clítoris hinchado. Su lengua era mágica, lamiendo lento al principio, círculos que te hacían arquear la espalda.

¡Pinche dios del sexo!
gritaste en tu mente, mientras tus caderas se mecían contra su cara. Saboreaba tus fluidos, chupando con avidez, dedos metiéndose uno, dos, curvándose contra tu punto G. El sonido húmedo de su boca en ti era obsceno, delicioso, mezclado con tus gemidos que rebotaban en las paredes.

Pero querías más. Lo volteaste, desabrochaste sus jeans y liberaste esa verga gruesa, venosa, con la cabeza morada de excitación. Olía a hombre puro, a deseo crudo. La lamiste desde la base, saboreando la piel salada, hasta meterla entera en tu boca. Él jadeaba, manos en tu pelo: "¡Qué mamada tan chida, wey!". La chupaste profundo, garganta relajada, saliva chorreando, hasta que no aguantó. "Ven, fóllame ya", suplicó.

Te subiste encima, guiando su pija a tu entrada resbaladiza. Bajaste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote deliciosamente. ¡Qué verga tan culera de grande! El placer era intenso, paredes vaginales apretándolo como guante. Empezaste a cabalgar, tetas brincando, sudor perlando tu piel. Él te agarraba el culo, embistiéndote desde abajo, piel contra piel en palmadas rítmicas. El cuarto olía a sexo puro, a fluidos mezclados, a éxtasis inminente.

Cambiaron posiciones: te puso a cuatro, entrando de nuevo con fuerza controlada. Cada estocada profunda tocaba tu cervix, ondas de placer irradiando. "¡Más duro, pendejo!", exigiste, y él obedeció, jalándote el pelo, nalgueándote suave. Tus paredes se contraían, el orgasmo building como un solo de guitarra. Gritaste su nombre cuando explotaste, jugos chorreando por sus bolas, cuerpo temblando en espasmos. Él siguió unos segundos más, gruñendo como animal, hasta derramarse dentro, caliente y abundante, llenándote hasta rebosar.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y semen. Su brazo alrededor de tu cintura, besos suaves en la nuca. "Eso fue mejor que cualquier setlist", murmuró riendo. Tú sonreíste, el cuerpo lánguido y satisfecho, el eco del concierto aún vibrando en tus músculos. Afuera, la ciudad dormía, pero en esa cama, el fuego de la noche perduraba. Neta, la mejor noche de mi puta vida, pensaste, cerrando los ojos en un afterglow perfecto.

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