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La Triada Tragica del Deseo

6914 palabras

La Triada Tragica del Deseo

La noche en Polanco olía a jazmín y a promesas rotas. Yo, Ana, estaba sentada en el balcón de mi departamento, con el viento tibio de la ciudad rozándome las piernas desnudas bajo la falda corta. Frente a mí, Sofia y Luis se miraban como si el mundo se acabara esa misma noche. Neta, ¿por qué carajos nos metimos en esto? pensé, mientras el corazón me latía como tamborazo en fiesta. Sofia, mi mejor amiga desde la prepa, con su pelo negro suelto y esos ojos que hipnotizan, y Luis, el wey que me había volteado la vida patas arriba hace seis meses, con su sonrisa pícara y ese cuerpo que parece esculpido por los dioses aztecas.

Todo empezó inocente, como siempre. Una chela en el roof top del hotel, risas que se volvieron confesiones. "Ana, neta que te late Sofia, ¿verdad?", me soltó Luis una vez, mientras me besaba el cuello en la cama. Yo negué, pero mi cuerpo gritaba lo contrario. Sofia siempre había sido mi confidente, la que me arreglaba el maquillaje antes de una salida y la que me abrazaba cuando el desmadre de la vida pegaba duro. Pero últimamente, las miradas se alargaban, las manos rozaban más de lo debido. Y Luis, ese cabrón encantador, lo notó todo. "Hagámoslo, wey. Una triada tragica, como en esas novelas que lees", dijo él una noche, con la voz ronca de tequila. Trágica porque sabíamos que no duraría: celos, compromisos, la pinche realidad. Pero el deseo ardía más fuerte.

Ahora, aquí estábamos, los tres en mi sala, con luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como caricia. "Órale, Ana, no te rajes", murmuró Sofia, acercándose con un vestido rojo que se le pegaba al cuerpo como segunda piel. Su perfume, mezcla de vainilla y algo salvaje, me invadió las fosas nasales. Luis se paró detrás de mí, sus manos grandes posándose en mis hombros, bajando despacio por mis brazos. Sentí su aliento caliente en mi oreja: "Relájate, mi reina. Esto es nuestro". El roce de sus dedos me erizó la piel, un cosquilleo que bajó directo a mi entrepierna.

¿Y si después todo se va al carajo? ¿Y si esta triada tragica nos destroza?

Pero el miedo se disipó cuando Sofia me besó. Sus labios suaves, carnosos, sabían a vino tinto y a aventura prohibida. Nuestras lenguas danzaron lento al principio, explorando, mientras Luis nos veía con ojos encendidos. "Qué chido se ven", gruñó él, y su voz vibró en mi espina dorsal. Me quitó la blusa con delicadeza, exponiendo mis chichis al aire fresco. Sofia gimió bajito al verlas, y sus manos las tomaron, masajeándolas con pulgares que rozaban mis pezones ya duros como piedritas. El placer fue un rayo: calor subiendo por mi pecho, mi respiración acelerada como motor de Vocho viejo.

Nos movimos al sillón de terciopelo, donde el tacto suave contrastaba con la aspereza creciente de nuestra piel sudada. Luis se desabrochó la camisa, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto me gustaba lamer. Sofia y yo nos arrodillamos frente a él, compartiendo miradas cómplices. "Juntas, mi amor", le dije a ella, y bajamos los zípers de su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, con ese olor masculino que me mareaba de lujuria. La tomamos en nuestras manos, piel contra piel caliente, y lamimos desde la base hasta la punta, alternándonos. Él jadeaba, sus dedos enredados en nuestro pelo: "¡Pinches diosas!". El sabor salado de su pre-semen en mi lengua era adictivo, y ver a Sofia chuparla con esa boca experta me ponía más mojada que lluvia de verano.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Sofia me empujó suave contra el sillón, subiendo mi falda y bajando mis calzones. Su aliento en mi panochita me hizo arquear la espalda. "Estás chorreando, Ana", susurró, y metió la lengua, lamiendo mi clítoris con círculos perfectos. El sonido húmedo de su boca en mí, mezclado con mis gemidos ahogados, llenaba la habitación. Luis se acercó, besándome profundo mientras sus manos apretaban mis nalgas. Esto es el cielo, wey, aunque sea tragico, pensé, mientras el orgasmo se asomaba, un nudo apretándose en mi vientre.

Pero no queríamos acabar aún. Cambiamos posiciones como en un baile ritual. Yo me monté en Luis, sintiendo su verga entrar en mí centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, el roce de sus bolas contra mi culo, me hacía gritar: "¡Más duro, cabrón!". Sofia se sentó en su cara, y él la devoró con hambre, sus lengüetazos audibles sobre su conchita depilada. Yo besaba a Sofia, probando mi propio sabor en sus labios, mientras rebotaba en Luis. Nuestros cuerpos sudados se pegaban, resbalosos, oliendo a sexo puro: almizcle, sudor, deseo crudo. Sus pezones rozaban los míos, duros y sensibles, enviando chispas por todo mi ser.

Los celos asomaron un segundo, un pinchazo en el pecho al ver a Sofia cabalgar su lengua con ojos cerrados de placer.

¿Y si él la prefiere? ¿Y si esta triada tragica nos parte en tres?
Pero Luis me miró, clavándome los ojos: "Eres mía, Ana. Las dos lo son". Y Sofia extendió la mano, entrelazando dedos conmigo. "Neta, te quiero aquí siempre", me dijo entre jadeos. Ese lazo emocional rompió la barrera. Aceleré el ritmo, mi panocha apretándolo como vicio, mientras Sofia se corría primero, temblando y gritando mi nombre y el de él. Su jugo corrió por la cara de Luis, y eso me llevó al borde.

"¡Ya, wey, me vengo!", chillé, y el orgasmo explotó como cohete en kermés. Oleadas de placer me sacudieron, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, lecheándome toda. Luis rugió, volteándome para ponerme a cuatro y embestirme salvaje. Sofia debajo de mí, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mis labios y en sus bolas. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, gemidos sincronizados como sinfonía erótica. Él se corrió con un bramido, llenándome de chorros calientes que sentí chorrear por mis muslos. Colapsamos los tres, un enredo de extremidades jadeantes, pieles pegajosas y corazones tronando al unísono.

En el afterglow, el silencio era dulce, roto solo por respiraciones calmándose. Luis nos abrazaba a las dos, besando frentes sudorosas. "Fue épico, ¿verdad?", murmuró. Sofia rio bajito, trazando círculos en mi vientre. "La triada tragica más chida de mi vida". Sí, trágica porque sabíamos que el amanecer traería dudas: ¿seguiríamos viéndonos así? ¿Los vecinos chismosos? ¿Nuestros trabajos en la Condesa y el SAT? Pero en ese momento, acurrucadas en sábanas revueltas que olían a nosotros, no importaba. El deseo nos había unido en un lazo irrompible, aunque efímero.

Me quedé mirando el techo, sintiendo sus calores a los lados. Que se joda la tragedia, pensé. Esta noche fuimos dioses. Y con esa paz, nos dormimos, saboreando el eco del placer en cada poro.

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