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El Tri Trump Mi Conquista Ardiente

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El Tri Trump Mi Conquista Ardiente

Estaba en el estadio Azteca, el aire cargado de gritos y el olor a chela fría mezclándose con el sudor de la afición. El Tri acababa de meterle un golazo a los gringos, y la gente enloquecía. Yo, sentada en la tribuna buena, con mi camiseta verde ajustadita que me marcaba las curvas, no podía quitarle los ojos a él. El Tri Trump, lo llamaban. No por el pinche presidente yankee, sino porque era el as bajo la manga del equipo, el cabrón que siempre daba el triunfo con su velocidad y esa fuerza bruta que lo hacía imparable en la cancha. Moreno, musculoso, con tatuajes que asomaban por el cuello de su uniforme, y una sonrisa pícara que te derretía las piernas.

Después del pitazo final, la victoria era nuestra. Bajé al área VIP, donde los jugadores firmaban autógrafos. Me colé con mi credencial de prensa falsa –un truco chido que me saqué de la manga– y ahí estaba, rodeado de morras gritonas. Pero él me vio. Sus ojos cafés, intensos, se clavaron en mí como si ya supiera que yo era la que iba a darle el verdadero triunfo esa noche.

Órale, güeyita, ¿vienes por un autógrafo o por algo más caliente? —me dijo con esa voz ronca, oliendo a victoria y a hombre sudado.

Mi corazón latió como tamborazo.

¡La chingada, qué guapo! Si me lo cargo ahorita mismo, ¿quién me detiene?
Le sonreí, coqueta, rozando su brazo con mis tetas de casualidad.

—Soy fan tuya, Tri Trump. Quiero que me firmes... aquí —le guiñé el ojo, señalando mi escote.

Se rio, una carcajada grave que vibró en mi piel. Me firmó el pecho, su pluma caliente rozando mi piel sensible. El roce me erizó los vellos, y sentí un cosquilleo bajito, entre las piernas. Terminamos en un bar exclusivo cerca del estadio, con luces tenues y salsa de fondo. Pedimos tequilas, y platicamos de fútbol, de la adrenalina del partido. Pero el aire se cargaba de tensión. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis muslos cruzados.

—Sabes, nena, hoy ganamos por ti. Te vi desde la cancha, moviendo esas caderas como si bailaras un triunfo privado.

Me mordí el labio. Este pendejo sabe jugar. Le toqué la pierna por debajo de la mesa, sintiendo el músculo duro bajo el pantalón. Él no se inmutó, solo sonrió más lobuno.

La noche avanzaba, el tequila calentándonos la sangre. Salimos al estacionamiento, su camioneta reluciente esperándonos. Adentro, el espacio olía a cuero nuevo y a su colonia masculina. Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso feroz. Sabía a tequila y victoria, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Mis manos exploraban su pecho ancho, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa.

Chíngame, Tri Trump, hazme sentir tu poder —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo.

Arrancó hacia su depa en Polanco, el camino eterno con sus manos en mis muslos, subiendo peligrosamente. Yo gemía bajito, el roce de sus dedos callosos enviando chispas a mi centro.

¡No aguanto más! Quiero esa verga gruesa que seguro tiene el cabrón.

Llegamos. Su penthouse era chingón: vistas al skyline, luces suaves, cama king size esperándonos. Me quitó la blusa con urgencia, sus labios bajando por mi cuello, lamiendo el sudor de mi piel. Olía a deseo, a feromonas puras. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras.

Eres una diosa, morra. Mira cómo te pones por mí —gruñó, bajando la cabeza para mamarme un pezón. El sonido húmedo de su boca, el tirón suave de sus dientes, me hizo arquear la espalda. Mi panocha palpitaba, mojada, rogando atención.

Le desabroché el pantalón, liberando su verga. ¡Madre santa! Gruesa, venosa, tiesa como poste. La agarré, sintiendo el calor pulsante en mi palma. Él jadeó, sus caderas empujando contra mi mano.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel. Su cuerpo era una obra de arte: abdominales marcados, verga erguida orgullosa. Me tumbó en la cama, sus besos bajando por mi vientre, hasta llegar a mi entrepierna. El olor de mi arousal lo enloqueció.

Qué rica estás, güeyita. Déjame probarte.

Su lengua se hundió en mi clítoris, lamiendo con maestría. El placer era eléctrico: chupadas lentas, círculos rápidos, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros. ¡Sí, así, cabrón! No pares! El sonido de su boca devorándome, mis jugos mojándolo todo, el slap slap de sus dedos entrando y saliendo.

Lo empujé hacia arriba, queriendo mi turno. Lo monté, su verga rozando mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme deliciosamente. ¡Qué llenada! Él gruñó, sus manos en mis caderas guiándome.

Cabálgame, Tri Trump. Muéstrame tu triunfo.

Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El roce interno me volvía loca, mis tetas rebotando con cada embestida. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras yo aceleraba. El sudor nos unía, resbaloso, el olor a sexo impregnando el aire. Sus manos bajaron a mi culo, azotándolo suave, el slap resonando.

Más duro, pendejito —le pedí, y él obedeció, empujando desde abajo con fuerza brutal. Cada choque de pelvis era un trueno, mi clítoris frotándose contra su pubis. La tensión crecía, mis músculos apretándolo, su verga hinchándose más.

¡Me vengo, me vengo! No pares, amor...
El orgasmo me golpeó como ola, mi cuerpo temblando, gritando su nombre. Él no se detuvo, prolongando mi placer hasta que no pude más.

Me volteó, poniéndome a cuatro. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. El ritmo era animal: rápido, salvaje. Sus manos en mi cintura, jalándome contra él. Sentía todo: el estiramiento, el calor, sus gemidos roncos en mi oído.

Te voy a llenar, nena. Eres mía esta noche.

El segundo clímax me partió en dos, mi panocha convulsionando alrededor de su verga. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el olor a sexo y sudor nuestro perfume. Me besó la frente, suave ahora.

Fue el mejor triunfo de mi vida, morra. El Tri Trump siempre gana, pero contigo... es otro nivel.

Sonreí, trazando sus tatuajes con el dedo.

Esto no termina aquí. Mañana hay revancha.
La ciudad brillaba afuera, pero en esa cama, habíamos conquistado nuestro propio mundo. El deseo satisfecho, pero la chispa lista para encenderse de nuevo.

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