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Inténtalo de Nuevo Mi Amor

6536 palabras

Inténtalo de Nuevo Mi Amor

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con dedos húmedos. Tú y yo nos miramos desde las mesas del restaurante, con luces tenues que bailaban en tus ojos cafés. Habíamos cenado tacos de arrachera jugosos, con ese olor a carbón y limón que se pegaba a la ropa, y unas chelas frías que nos soltaron la lengua. Neta, la primera vez que lo intentamos, todo salió mal: nervios, prisas, y de repente, nada. Pero esta noche, intentémoslo de nuevo, pensé, mientras te tomaba la mano y sentías mi pulgar rozando tu palma, suave como terciopelo.

Salimos del lugar, el bullicio de la avenida Reforma zumbando a lo lejos, autos pitando como si supieran lo que nos esperaba. Mi departamento en la colonia estaba cerca, un loft chido con ventanales que dejaban entrar la luna llena. Te invité a subir con una sonrisa pícara: "Órale, wey, sube, que la noche apenas empieza". Sentiste mi aliento cálido en tu cuello cuando te abracé por detrás en el elevador, mis tetas presionando contra tu espalda, firmes y calientes bajo el vestido negro ajustado. El ding del elevador fue como un suspiro, y ya en la puerta, mis labios rozaron los tuyos, saboreando el tequila que aún quedaba en tu boca, dulce y ardiente.

Entramos, y el olor a velas de vainilla y jazmín que encendí antes nos envolvió como una niebla sensual. Te quité la chamarra despacio, mis uñas rozando tu pecho a través de la camisa, sintiendo los latidos de tu corazón acelerarse como tambores en una fiesta. "Inténtalo de nuevo", te susurré al oído, mi voz ronca, mientras te empujaba suave hacia el sofá de piel suave. Tú me miraste, con esa hambre en los ojos que me hacía mojarme solo de pensarlo. Me senté en tus piernas, mis muslos abriéndose alrededor de los tuyos, el calor de mi coño filtrándose a través de las panties de encaje, rozando tu entrepierna que ya se ponía dura como piedra.

¿Por qué la primera vez falló? Porque éramos pendejos, apresurados, sin saborear cada roce. Pero ahora, siento tu verga latiendo contra mí, y sé que esta vez será perfecto, carnal, inolvidable.

Tus manos subieron por mis caderas, apretando la carne suave, y gemí bajito cuando desabroché tu camisa, lamiendo el sudor salado de tu pecho, ese sabor varonil que me volvía loca. Olía a ti, a colonia fresca mezclada con deseo crudo. Te besé el cuello, mordisqueando suave, mientras mis caderas se mecían lento, frotándome contra ti en un ritmo que hacía crujir el sofá. "Así, mi rey", murmuré, mi aliento caliente en tu piel. Tus dedos encontraron el zipper de mi vestido, bajándolo con un zumbido suave, y el aire fresco besó mis hombros desnudos, erizándome la piel.

El vestido cayó al piso con un susurro de tela, quedando yo en bra de push-up rojo y las panties que apenas cubrían mi monte de Venus depilado. Te levantaste, cargándome como si no pesara nada, tus brazos fuertes envolviéndome, y me llevaste a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tumbaste suave, y te quité los pantalones, liberando tu verga tiesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su grosor, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, como néctar prohibido. Tú gruñiste, un sonido gutural que vibró en mi clítoris, haciendo que mis jugos corrieran por mis muslos.

Esta vez no hay prisa, pensé, mientras te montaba despacio, mi coño húmedo rozando tu glande. Tus manos en mis tetas, pellizcando los pezones duros como caramelos, enviando chispas de placer directo a mi vientre. Me incliné para besarte, nuestras lenguas danzando en un torbellino húmedo, el sabor de mi saliva mezclándose con la tuya. Bajé lento, centímetro a centímetro, tu verga abriéndome, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena pulsando dentro de mí, estirándome delicioso, y jadeé contra tu boca: "¡Qué chingón te sientes, cabrón!".

Empezamos a movernos, un vaivén lento al principio, el sonido de piel contra piel chapoteando con mis jugos, olía a sexo puro, a feromonas que nublaban la mente. Tus caderas subían para encontrarse con las mías, profundas embestidas que me hacían arquear la espalda, mis uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas rojas como trofeos. El sudor nos unía, resbaloso, salado, goteando entre mis pechos que rebotaban con cada thrust. "Más fuerte, wey", te pedí, y aceleraste, el colchón crujiendo rítmicamente, como un corazón desbocado.

En mi cabeza, flashes de la primera vez: risas nerviosas, erección fallida. Pero ahora, intentarlo de nuevo era redención, puro fuego que nos consumía.

Te volteé, poniéndome a cuatro patas, mi culo redondo alzado como ofrenda. Entraste de nuevo, desde atrás, tus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida, un slap slap que resonaba en la habitación. Agarraste mis caderas, tirando de mí, y yo empujaba hacia atrás, follándome yo misma en tu polla. El placer subía en olas, mi vientre contrayéndose, el olor de mi arousal empapando las sábanas. Gemí alto, "¡Sí, así, no pares!", mientras tus dedos bajaban a mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos, resbalosos.

El clímax se acercaba como tormenta, mi piel ardiendo, pulsos latiendo en mis sienes. Tú gruñiste más fuerte, tus thrusts volviéndose erráticos, y sentí tu verga hincharse dentro de mí. "Vente conmigo", jadeé, y explotamos juntos: mi coño apretándote en espasmos, chorros de placer mojando todo, tu leche caliente llenándome, goteando por mis muslos. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: tu peso sobre mí, respiraciones jadeantes, el sabor de tus labios cuando nos besamos en el afterglow.

Caímos de lado, enredados, tu mano aún en mi cadera, trazando círculos perezosos. El aire olía a sexo satisfecho, a nosotros. Te besé la frente, sudada, y susurré: "Vale la pena intentarlo de nuevo, ¿verdad, mi vida?". Reíste bajito, ese sonido ronco que me erizaba de nuevo, y me abrazaste fuerte. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestra burbuja, todo era paz, conexión profunda. Mañana sería otro día, pero esta noche, lo habíamos clavado.

Nos quedamos así, piel con piel, hasta que el sueño nos venció, con promesas mudas de más inténtalos de nuevo en el horizonte.

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