Prueba Mi Presente
Tú llegas al departamento en Polanco después de un día pesado en la oficina, el sol del atardecer tiñendo las ventanas con un naranja ardiente que se filtra como una promesa. El aroma a mole poblano y tequila reposado te recibe en la puerta, mezclado con algo más sutil, un perfume de jazmín que siempre lleva ella, Ana, tu morra desde hace dos años. Cierras la puerta y ahí está, recargada en la barra de la cocina, con un vestido negro ceñido que abraza sus curvas como una segunda piel, el escote dejando ver el valle entre sus chichis perfectas.
Chingado, qué chula se ve, piensas mientras tu verga da un brinco en los pantalones. Ella te sonríe con esa mirada pícara, los labios rojos entreabiertos, y se acerca contoneando las caderas.
—Órale, carnal, te dice con voz ronca, rodeándote el cuello con los brazos. Su aliento huele a tequila con limón, fresco y dulce. —Llegaste justo a tiempo. Tengo un presente pa' ti. Algo que vas a querer try ahora mismo.
Tú arqueas la ceja, intrigado. Ana siempre ha sido juguetona, pero esta noche hay algo diferente en su tono, una electricidad que te eriza la piel. La besas, probando el sabor salado de su boca, las lenguas enredándose lento al principio, luego con hambre. Sus manos bajan por tu espalda, clavando las uñas suaves en tu camisa.
—Ven, siéntate —te ordena, empujándote al sofá de piel blanca que cruje bajo tu peso. El aire acondicionado zumba bajito, contrastando con el calor que ya sube por tu pecho. Ella se para frente a ti, girando despacio para que admires su culo redondo, marcado por el vestido. —Cierra los ojos y no hagas trampa, pendejo.
Obedeces, el corazón latiéndote fuerte en los oídos. Escuchas el clic de sus tacones alejándose y regresando, el roce de tela cayendo al suelo. Un silencio cargado, roto por su risa suave.
—Abre los ojos, amor.
Ahí está, desnuda salvo por un lazo rojo atado alrededor de su cintura como un regalo envuelto. Su piel morena brilla bajo la luz tenue de las velas que prendió en la mesa, los pezones duros como piedras preciosas, la panocha depilada reluciendo con un brillo que te hace tragar saliva. El olor a su excitación llega hasta ti, almizclado y dulce, como miel caliente.
Esto es mi presente, prueba mi cuerpo como nunca lo has hecho, susurra en tu mente, aunque son palabras suyas que resuenan en tu cabeza.
Acto primero: la tentación. Te levantas, las manos temblando un poco mientras desatas el lazo. El lazo cae, y ella gime bajito cuando tus dedos rozan su ombligo. La cargas en brazos, sus piernas envolviéndote la cintura, y la llevas al cuarto. La cama king size te espera con sábanas de satín negro, el ventilador girando lento arriba, moviendo el aire cargado de su esencia.
La acuestas suave, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que ya perla ahí. —Qué rico hueles, Ana —murmuras contra su piel. Ella arquea la espalda, los chichis empujando contra tu pecho, los pezones rozando como fuego.
—Prueba todo lo que quieras —te dice, jalándote el pelo para que bajes la boca a su teta derecha. Chupas fuerte, el sabor lácteo y salado explotando en tu lengua, mientras tu mano libre explora su muslo interno, húmedo y resbaloso. Sus gemidos llenan la habitación, ay, cabrón, sí así, roncos y urgentes.
Pero ella te detiene, rodando para ponerte bocabajo. —No tan rápido, mi rey. Este presente es pa' que lo disfrutes despacio. —Sus manos expertas desabotonan tu camisa, quitándotela con besos en cada centímetro de piel expuesta. El roce de sus uñas en tu pecho te hace jadear, el vello erizándose.
El medio acto comienza: la escalada. Ana baja por tu cuerpo, desabrochando tu cinturón con dientes, el sonido metálico ecoando. Tu verga salta libre, dura como piedra, la cabeza brillando con pre-semen. Ella la mira con hambre, lamiendo los labios. —Mira qué vergota, dice admirada, y la envuelve con la mano, masturbándote lento, el calor de su palma volviéndote loco.
Se sube encima, frotando su concha mojada contra tu longitud, el calor líquido untándose en ti. Chingado, qué caliente está, piensas, las caderas moviéndose involuntarias. Ella ríe, inclinándose para morderte el lóbulo de la oreja. —Siente cómo te quiero, pendejo. Prueba a entrar despacio.
Te guías con la mano, la punta abriéndose paso en su entrada apretada. Ana gime largo, bajando centímetro a centímetro, el estiramiento visible en su cara de placer-dolor. —¡Ay, sí! Lléname —grita cuando estás todo adentro, sus paredes contrayéndose alrededor de ti como un puño de terciopelo húmedo.
El ritmo empieza lento, sus caderas girando en círculos, el sonido chapoteante de piel contra piel mezclándose con sus jadeos. Tú agarras sus nalgas, amasándolas, el sudor haciendo que resbalen. El olor a sexo llena el cuarto, intenso, animal. Baja la cabeza para besarte, lenguas batallando mientras acelera, rebotando ahora, los chichis saltando hipnóticos.
No pares, fóllame más duro, hazme tuya esta noche, piensa ella, o eso crees por cómo clava las uñas en tus hombros.
La volteas, poniéndola a cuatro patas, el culo alzado como ofrenda. Le das una nalgada juguetona, el sonido seco resonando, la piel enrojeciéndose leve. —¡Más! —pide, y entras de nuevo, profundo, el ángulo golpeando su punto G. Sus gritos suben de volumen, ¡me vengo, cabrón!, el cuerpo temblando mientras se aprieta alrededor de ti, chorros calientes mojando las sábanas.
Pero no terminas ahí. La tensión sube, tu orgasmo acechando como tormenta. Cambian posiciones: ella encima otra vez, cabalgándote salvaje, el pelo negro azotando su espalda sudorosa. Tus manos en sus caderas, guiándola, el slap-slap-slap acelerando. Sientes el pulso en tu verga, hinchándose, el calor subiendo por la columna.
Acto final: la liberación. —Vente conmigo —te ruega, los ojos vidriosos, el rostro contorsionado en éxtasis. Tú empujas arriba, clavándote hasta el fondo, y explotas. Chorros calientes llenándola, el placer cegador, olas y olas sacudiéndote mientras ella grita tu nombre, colapsando sobre tu pecho.
Jadean juntos, el sudor pegando sus cuerpos, el corazón de ella latiendo contra el tuyo como tambores. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El ventilador enfría el aire, el aroma a sexo y jazmín persistiendo. Ana levanta la cabeza, sonriendo lánguida.
— ¿Qué tal mi presente? ¿Lo tryaste bien?
Tú ríes, acariciando su espalda. —El mejor, morra. El más chingón.
Se acurrucan, las piernas enredadas, el afterglow envolviéndolos como manta tibia. Piensas en lo afortunado que eres, en cómo esta noche selló algo más profundo entre ustedes. El tequila espera en la cocina, pero por ahora, solo piel contra piel, respiraciones sincronizadas, el mundo afuera olvidado.
En la quietud, su mano baja juguetona otra vez. —Listo pa' probar el siguiente round? —susurra, y tú sabes que este presente no se acaba nunca.