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El Trío XXX Inolvidable

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El Trío XXX Inolvidable

Sofía caminaba por la arena tibia de la playa en Puerto Vallarta, el sol del atardecer tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Pacífico. El olor a salitre y coco flotaba en el aire, mezclado con el humo de las parrilladas improvisadas. Llevaba un bikini rojo que abrazaba sus curvas generosas, y sentía las miradas de los turistas y locales posándose en ella como caricias invisibles. A su lado, Marco, su novio de dos años, la tomaba de la mano, su piel morena brillando con sudor bajo el sol poniente. Era alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que siempre la hacía derretirse.

Qué chido está todo esto, pensó Sofía, mientras el viento jugaba con su cabello negro largo. Habían llegado esa mañana para unas vacaciones rápidas, escapando del ajetreo de Guadalajara. La fiesta en la playa estaba en su apogeo: música de cumbia rebajada retumbando desde los altavoces, gente bailando con cervezas en mano, risas y gritos de ¡Órale, wey! por todos lados.

De pronto, Marco se detuvo y abrazó a un tipo que se acercaba. Diego, su carnal de la prepa, el mismo que siempre contaba anécdotas locas. Diego era guapo, con ojos verdes heredados de no sé qué abuelo gringo, barba recortada y un cuerpo atlético forjado en el gym. Vestía una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y shorts que dejaban ver piernas fuertes.

¡Qué onda, cabrón! —gritó Marco, dándole un abrazo de esos que terminan en jalón de oreja juguetón.

Pinche Marco, neta que te ves feliz con esta mamacita —dijo Diego, guiñándole el ojo a Sofía—. ¿Cómo ves, Sofi? ¿Ya te conquistó este pendejo?

Sofía rio, sintiendo un cosquilleo en el estómago. El calor de la playa se mezclaba con algo más, una chispa de curiosidad.

¿Por qué me mira así? Como si me comiera con los ojos. Ay, no mames, Sofía, compórtate.
Marco la jaló hacia ellos, y pronto los tres charlaban, bebiendo chelas frías que refrescaban la garganta reseca. Las pláticas fluían: recuerdos de fiestas pasadas, chistes subidos de tono, y miradas que se cruzaban más de lo normal.

La noche cayó como un manto estrellado, las fogatas crepitando y lanzando chispas al aire. El ritmo de la música se volvió más sensual, un reggaetón que invitaba a mover las caderas. Diego bailó con Sofía primero, sus manos en su cintura, el roce de su piel contra la de ella enviando descargas eléctricas. Marco los miraba sonriendo, uniéndose después en un sándwich improvisado. Sofía sentía el pecho de Marco contra su espalda, las manos de Diego en sus muslos, el sudor de ambos mezclándose con el suyo. Esto está prendiendo fuego, pensó, su pulso acelerándose, un calor húmedo creciendo entre sus piernas.

¿Y si nos vamos a mi hotel? Tengo una suite con vista al mar —propuso Diego, su voz ronca por el alcohol y algo más.

Marco miró a Sofía, buscando aprobación. Ella asintió, mordiéndose el labio. ¿Un trío? Neta, ¿lo quiero? El deseo la invadía como una ola, imaginando sus cuerpos entrelazados.

En el elevador del hotel, el silencio era espeso, cargado de anticipación. El ding del piso rompió la tensión, y entraron a la suite: luces tenues, cama king size con sábanas blancas impecables, balcón abierto al rumor de las olas. El aroma a jazmín del difusor se mezclaba con el salitre que traían pegado a la piel.

Marco fue el primero en actuar, besando a Sofía con hambre, su lengua explorando su boca mientras sus manos desataban el bikini. Sus pechos se liberaron, los pezones endureciéndose al aire fresco. Diego se acercó por detrás, besando su cuello, mordisqueando la oreja. Sofía gimió, el sonido ahogado por la boca de Marco. Son dos, ay Dios, dos hombres tocándome como si fuera su reina.

Las manos de Diego bajaron a sus nalgas, amasándolas con firmeza, mientras Marco chupaba un pezón, succionando con esa presión perfecta que la hacía arquearse. Ella metió las manos en sus shorts, sintiendo las vergas duras palpitando. Qué ricas, tan gruesas, tan listas para mí. Desabrochó el de Marco primero, liberando su miembro erecto, venoso y caliente. Lo acarició, sintiendo el pulso bajo su palma, el olor almizclado de su excitación invadiendo sus fosas nasales.

Esto va a ser como el trío XXX que vimos el otro día, ¿no? —susurró Marco, riendo bajito, recordando ese video porno que habían visto juntos, riéndose al principio pero terminando cachondos.

Sofía sonrió, excitada por la referencia. Sí, pero mejor, porque es real. Diego la giró, besándola profundo, su barba raspando deliciosamente su piel suave. Marco se arrodilló, bajando su bikini inferior, exponiendo su panocha depilada, ya brillando de jugos. El primer lametazo fue eléctrico: lengua plana lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando su miel salada. Sofía jadeó, agarrando el cabello de Diego mientras él le chupaba los pechos.

La llevaron a la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Sofía se recostó, abriendo las piernas como una invitación. Marco se posicionó entre ellas, frotando su verga contra sus labios húmedos, untándola de su propia lubricación. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Tan profundo. Empezó a bombear, lento al principio, el slap de piel contra piel uniéndose al zumbido del AC.

Diego se arrodilló junto a su cabeza, ofreciéndole su verga. Ella la tomó, admirando su grosor, la gota de precum perlada en la punta. La lamió, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce, luego la engulló, chupando con avidez, la lengua girando alrededor del glande. Diego gruñó, ¡Pinche Sofi, qué boca tan rica!, sus caderas moviéndose instintivamente.

El ritmo aumentó. Marco la cogía más fuerte, sus bolas golpeando su culo, el sudor goteando de su frente a sus tetas. Sofía alternaba: chupando a Diego, luego a Marco cuando cambiaban posiciones. Ahora Diego la penetraba por atrás, en cuatro patas, sus manos agarrando sus caderas mientras Marco la besaba, metiendo dedos en su boca. Siento su verga tan adentro, rozando ese punto que me vuelve loca. El olor a sexo llenaba la habitación: sudor, fluidos, feromonas puras.

Internamente, Sofía luchaba un segundo con la culpa fugaz.

¿Estoy siendo una puta? No mames, esto es empoderador, yo los controlo, yo decido.
Pero el placer la barría: oleadas de calor subiendo desde su vientre, pezones tirantes, clítoris hinchado rozando contra el pubis de Diego. Marco se masturbaba viéndolos, su verga reluciente de saliva.

Quiero las dos vergas —jadeó Sofía, girándose. Se montó en Marco, empalándose en su polla dura, cabalgándolo con furia, sus nalgas rebotando. Diego se acercó, untando lubricante en su ano —habían traído condones y gel, todo preparado con consentimiento previo en la playa—. Entró despacio, el anillo muscular cediendo, una quemazón placentera que se transformó en éxtasis pleno. Dos vergas dentro de mí, estirándome, follándome al unísono.

Se movían coordinados, como en el trío XXX soñado: Marco desde abajo golpeando su G, Diego en su culo con embestidas profundas. Sofía gritaba, ¡Sí, cabrones, así, no paren! El clímax la golpeó como un tsunami: contracciones violentas, jugos chorreando por las bolas de Marco, visión borrosa, el mundo reduciéndose a sensaciones. Ellos la siguieron: Diego eyaculando primero con un rugido, llenando el condón en su interior; Marco segundos después, su semen caliente brotando dentro de ella.

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose al ritmo de las olas lejanas. Sofía yacía entre ellos, caricias suaves en su piel sensible, besos tiernos en frente y cuello. El aire olía a orgasmo compartido, a satisfacción profunda.

Neta, el mejor trío XXX de mi vida —murmuró Marco, besándola.

Diego rio bajito. Para repetirlo, ¿no?

Sofía sonrió, un glow post-sexo iluminándola. Sí, y con orgullo. Soy mujer, soy libre, soy dueña de mi placer. Afuera, la luna plateaba el mar, testigo de su noche inolvidable. Mañana volverían a la rutina, pero esto quedaría grabado: el poder de tres cuerpos uniéndose en puro deleite consensual.

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