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La Triada Ecológica de Caries en la Boca del Deseo

5482 palabras

La Triada Ecológica de Caries en la Boca del Deseo

En el corazón de la Ciudad de México, donde el bullicio de las calles se mezcla con el aroma de tacos al pastor y el humo de los puestos callejeros, conocí a Karla. Era dentista, una chava guapísima con curvas que hacían que cualquier pendejo se volviera loco. Yo, Marco, un fotógrafo freelance que andaba por ahí capturando la vida urbana, entré a su consultorio por una molestia en la muela. Pinche suerte la mía, pensé mientras la veía inclinarse sobre mí, su bata blanca apenas conteniendo sus tetas generosas.

—Tranquilo, carnal —me dijo con esa voz ronca que me erizó la piel—. Es la triada ecológica de caries: bacterias, sustrato y tiempo. Pero yo te la arreglo rapidito.

Su aliento mentolado rozó mi cara, y sentí un cosquilleo que bajaba directo a mi verga. El consultorio olía a eugenol y desinfectante, pero debajo de eso, un perfume floral que era puro ella. Sus manos enguantadas exploraban mi boca con delicadeza, dedos firmes presionando mis encías.

¿Y si le digo que quiero que me revise más abajo?
Mi mente volaba, imaginándola quitándose la bata.

Al terminar, me miró a los ojos. —Listo, pero cuida tu higiene, ¿eh? Ven mañana para el seguimiento.

No pude resistir. Regresé al día siguiente, con el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Karla me recibió con una sonrisa pícara, cerrando la puerta con llave. El sol de la tarde filtraba por las persianas, pintando rayas doradas en su piel morena.

—Sabes, Marco —susurró, quitándose los guantes despacio—, la triada esa no solo aplica a los dientes. Hay bacterias del deseo, sustrato de piel y tiempo para que fermente todo.

Me quedé pasmado. Ella se acercó, su cadera rozando mi muslo. Olía a vainilla y sudor fresco. Le tomé la mano, sintiendo el calor a través de la tela. —Chin güey, esto es lo que necesitaba —murmuré.

Nos besamos como poseídos. Sus labios suaves, sabían a chicle de fresa y a promesas calientes. Le quité la bata, revelando un brasier negro que apenas contenía sus pechos. Los besé, lamiendo el valle entre ellos, sintiendo los pezones endurecerse bajo mi lengua. Ella gemía bajito, "Ay, cabrón, qué rico", mientras sus uñas arañaban mi espalda.

La recosté en la silla dental, ajustándola para que quedara reclinada. El cuero crujía bajo su peso, y el aire se llenó del olor almizclado de su excitación. Le bajé el pantalón, exponiendo unas panties de encaje húmedas. Mi boca bajó por su vientre, besando cada centímetro de piel tersa, hasta llegar a ese triángulo prohibido. La probé, salada y dulce, como tamarindo con chile. Su clítoris palpitaba bajo mi lengua, y ella arqueaba la espalda, jadeando: —¡Más, pendejo, no pares!

Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra los jeans. Karla se incorporó, me desabrochó el cinturón con dientes, liberándome. Sus ojos brillaban de lujuria. —Mírala, qué bonita —dijo, acariciándola con la mano, el tacto suave y firme enviando descargas por mi espina.

Acto dos: la tensión subía como el volcán en erupción. La puse de rodillas en el piso alfombrado, ella chupándome con maestría, saliva caliente resbalando, sonidos húmedos llenando el cuarto. Virgen de Guadalupe, pensé,

esta morra mama como diosa
. Le jalé el pelo suave, guiándola, mientras mis caderas se movían al ritmo de su boca.

Pero quería más. La levanté, la senté en el escritorio, papers volando al suelo. Le arranqué las panties, y ella abrió las piernas, invitándome. Entré despacio, sintiendo su calor envolviéndome, paredes húmedas apretándome. —¡Sí, así, métemela toda! —gritó, clavándome las uñas.

Nos movíamos sincronizados, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. El olor a sexo crudo, mezclado con el consultorio, era embriagador. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y yo las amasaba, pellizcando pezones. Ella se tocaba el clítoris, acelerando todo. Internamente luchaba: No quiero acabar ya, pero pinche, qué apretada está.

Cambié posiciones, doggy style sobre la silla, agarrando sus caderas anchas. El espejo reflejaba su cara de placer, ojos entrecerrados, boca abierta. Golpeaba profundo, bolas chocando contra ella, sonidos rítmicos como cumbia. —¡Me vengo, Marco, no pares! —gimió, temblando, su coño contrayéndose alrededor de mí, ordeñándome.

Resistí, la volteé, misionero en el piso. Besos fieros, lenguas enredadas. Sentía su pulso acelerado contra mi pecho, corazones latiendo al unísono. —Córrete conmigo, mi amor —le rogué. Y explotamos juntos, mi leche caliente llenándola, ondas de placer sacudiéndonos.

Acto tres: el afterglow. Yacíamos jadeantes en el suelo, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor. El consultorio olía a nosotros, a clímax compartido. Karla me acariciaba el pelo, riendo suave. —La triada ecológica de caries es aburrida comparada con la del placer, ¿no?

Sonreí, besando su cuello salado.

Esto no acaba aquí
. Salimos al balcón diminuto, viendo las luces de la ciudad encenderse, Reforma brillando a lo lejos. Nos abrazamos, prometiendo más sesiones. El deseo, como caries, se alimenta de tiempo, bacterias de pasión y sustrato de cuerpos dispuestos.

Y así, en la jungla concreta de México, encontramos nuestro equilibrio ecológico: puro, consensual, ardiente.

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