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Busco Chico Para Trio Ardiente

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Busco Chico Para Trio Ardiente

Todo empezó una noche calurosa en mi depa de Polanco, con el aire cargado de ese olor a jazmín que sube desde el jardín de abajo. Mi novio, Alex, y yo llevábamos semanas fantaseando con la idea. ¿Y si buscamos a alguien más? me había dicho él una vez, mientras sus manos recorrían mi espalda desnuda bajo las sábanas. Yo, con el corazón latiendo a mil, asentí. Así que saqué mi cel y subí un anuncio en una app discreta: "Busco chico para trio". Simple, directo, como un susurro caliente en la oreja.

Las notificaciones no paraban. Chavos de todos lados: gym bros con fotos en pose, oficinistas con sonrisas tímidas, hasta un moreno que parecía sacado de una novela. Pero uno me atrapó: Marco. Veintiocho años, ojos cafés profundos como el chocolate de Oaxaca, cuerpo atlético de quien corre por Reforma los domingos. Su mensaje: "Hola guapa, soy el chico que buscas para ese trio. Discreto, limpio y con ganas de complacer". Intercambiamos fotos, charlamos un rato. Su voz en el audio era grave, ronca, como el ron que me gusta en las fiestas. Quedamos para el viernes en un café chido de la Condesa.

El día llegó y yo me arreglé como para conquistar el mundo. Vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, tanguita de encaje rojo que rozaba mi piel con cada paso, y un perfume dulce de vainilla que me hacía sentir poderosa. Alex me besó en el cuello antes de salir: "Vas a volver loca a ese pendejo", murmuró, y su aliento cálido me erizó la piel. En el café, Marco ya estaba ahí, con camisa ajustada que dejaba ver sus pectorales. Nos dimos la mano, pero sus dedos se demoraron en los míos, un toque eléctrico que me subió un cosquilleo por el brazo.

¿Será él? ¿Nos va a prender la mecha? pensé mientras sorbía mi latte, el vapor subiendo como humo de deseo. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la noche, de la vida loca en la CDMX, de fantasías. Sus ojos no se apartaban de mis labios, y yo sentía mi pecho apretado, los pezones endureciéndose bajo la tela. Alex llegó puntual, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derrite. Los presenté, y el aire se cargó de tensión. Risas nerviosas, miradas que se cruzaban como chispas. "¿Listos para el trio?" soltó Alex al fin, y Marco asintió con un guiño que me mojó de golpe.

Volvimos a mi depa en su coche, el motor rugiendo como nuestro pulso acelerado. En el elevador, ya no aguantamos. Marco me acorraló suave contra la pared, su boca rozando mi oreja: "Te vi en esa app y supe que eras la que buscaba". Sus labios bajaron a mi cuello, saboreando mi piel salada, mientras Alex observaba, su mano en mi cintura apretando posesivo. El ding del elevador nos sacó del trance, pero entramos riendo, con las mejillas encendidas.

En la sala, con luces tenues y música suave de Natalia Lafourcade de fondo, nos sentamos en el sofá de terciopelo. El olor a incienso de copal flotaba, mezclándose con el aroma masculino de Marco, a sudor limpio y loción cítrica. Empecé yo, besando a Alex profundo, nuestras lenguas enredándose con sabor a café y promesas. Marco nos miró, ajustándose los jeans, y yo extendí la mano: "Ven, chavo". Se acercó, y sus labios encontraron los míos. Bésalo duro, hambriento, su barba raspando mi barbilla, mientras Alex me bajaba el vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco.

Esto es lo que quería, dos hombres devorándome, sus manos por todos lados.
Sus dedos, gruesos y cálidos, pellizcaron mis pezones, enviando descargas directas a mi entrepierna. Gemí bajito, el sonido ahogado por la boca de Marco. Alex se arrodilló, besando mi vientre, bajando lento hasta mi tanga empapada. La quitó con dientes, el roce áspero de su barba en mis muslos internos me hizo arquear la espalda. "Estás chingona mojada, mi amor", susurró, y su lengua lamió mi clítoris hinchado, plano y caliente, saboreando mis jugos dulces como miel de maguey.

Marco se desnudó primero, su verga saltando libre, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que olía a deseo puro. La tomé en mi mano, suave al principio, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma. La chupé despacio, saboreando la sal de su piel, mientras Alex me penetraba con dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, haciendo que mis paredes se contrajeran. "¡Ay, cabrones!" grité, el placer subiendo como ola en la playa de Acapulco.

Nos movimos al cuarto, la cama king size esperándonos con sábanas de algodón egipcio frías contra nuestra piel ardiente. Alex se recostó, y yo me subí encima, empalándome en su polla dura como fierro, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Marco se puso detrás, untando lubricante fresco que chorreaba entre mis nalgas. "Relájate, nena", me dijo al oído, su aliento caliente. Su dedo entró primero, girando suave, abriéndome, el ardor inicial convirtiéndose en cosquilleo adictivo. Luego su verga, lenta, gruesa, presionando hasta que cedí y lo recibí todo.

Dios, llena por delante y por detrás, sus caderas chocando rítmicamente, piel contra piel, sudor goteando. El slap slap de carne era música obscena, mezclada con nuestros jadeos roncos. Alex gemía debajo, sus manos amasando mis tetas, pellizcando fuerte. Marco me jalaba el pelo suave, besando mi nuca, mordisqueando. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, lubricante. Mi clítoris rozaba el pubis de Alex con cada embestida, la fricción perfecta acumulando tensión en mi vientre.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, chupando a Marco mientras Alex me cogía por detrás, su verga golpeando profundo, tocando ese spot que me hace ver estrellas. "¡Más duro, pendejos!" les rogué, y obedecieron, sus gruñidos animales llenando la habitación. Sentía sus bolas pesadas contra mí, el calor de sus cuerpos envolviéndome. Marco explotó primero en mi boca, chorros calientes y salados que tragué ansiosa, su sabor amargo dulce en mi lengua. Eso me prendió: orgasmos múltiples me sacudieron, mi coño apretando a Alex como puño, ordeñándolo hasta que se corrió dentro, inundándome de su leche tibia.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos subiendo y bajando al unísono. El aire olía a clímax compartido, espeso y embriagador. Marco me besó la frente: "Eres increíble, carnala". Alex me abrazó por detrás, su verga aún semidura contra mis nalgas. Nos quedamos así, riendo bajito, compartiendo agua fría que sabía a victoria.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Marco se fue con un beso largo y promesa de repetir. Alex y yo nos acurrucamos, piel pegajosa, corazones calmados.

Busco chico para trio otra vez, pero este fue perfecto. Nos abrió algo nuevo, un fuego que no se apaga.
Me sentía empoderada, deseada, completa. La ciudad despertaba afuera, pero en mi cama, el eco de gemidos y toques persistía, un secreto ardiente solo nuestro.

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