Tri B12 Para Que Sirve En El Fuego Del Deseo
Estaba hecha un desastre esa mañana. El pinche trabajo en la oficina me tenía reventada, con los ojos hundidos y el cuerpo como si me hubiera pasado un tráiler por encima. ¿Tri B12 para qué sirve? me pregunté mientras sorbía mi café negro en la cocina de mi departamentito en Polanco. Mi compa Lupe, que siempre anda enterada de todo, me había mandado un mensajito la noche anterior: "Órale, Ana, cómprate unas inyecciones de Tri B12, te van a revivir como nueva, wey. Es pa' los nervios, la energía, pa' que no te sientas como muerta en vida". Neta, sonaba chido. Fui a la farmacia de la esquina, compré el paquetito y me apliqué la primera dosis ahí mismo en el baño, con el espejo reflejando mi cara de cansada pero determinada.
Al rato, sentí un cosquilleo en las venas, como si mi sangre se hubiera encendido de golpe. El aire olía más fresco, el sol que se colaba por la ventana me calentaba la piel de una forma que no recordaba. Esto sí que funciona, pensé, sonriendo por primera vez en días. Justo entonces, mi cel sonó. Era Marco, el morro guapísimo del gym que me traía loca desde hace semanas. "Ey, mamacita, ¿qué onda hoy? ¿Salimos?", me dijo con esa voz ronca que me erizaba los vellos de la nuca. "Ven a mi casa, te cocino unas enchiladas suizas que te vas a chupar los dedos", le contesté, sintiendo ya un calorcito entre las piernas.
¿Tri B12 para qué sirve? Pa' esto, cabrón, pa' encenderte como antorcha.
Me di un regaderazo rápido, el agua caliente cayendo sobre mis tetas firmes y mi culito redondo, jabón de lavanda llenando el baño con su aroma dulce y embriagador. Me puse un vestidito negro ajustadito que marcaba mis curvas, sin bra, nomás un tanguita de encaje rojo que rozaba mi clítoris con cada paso. El espejo me devolvió una Ana renovada, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillando. El Tri B12 corría por mis venas como un elixir prohibido, haciendo que cada roce de la tela contra mi piel fuera una caricia eléctrica.
Marco llegó puntual, con una botella de mezcal artesanal y esa sonrisa pícara que me deshacía. "¡Órale, qué rica te ves, Ana! ¿Qué te pasó, te ganaste la lotería o qué?", me dijo mientras me abrazaba, su pecho duro presionando contra el mío. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, un olor que me mojó al instante. Lo hice pasar a la sala, con las velitas ya prendidas y la música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Cenamos en la mesa, las enchiladas humeantes llenando el aire con chile y queso derretido. Platicamos de todo: del trabajo chafa, de las fiestas en la Roma, de cómo nos mirábamos en el gym sin atrevernos a hablar.
"Sabes, hoy me apliqué unas vitaminas, Tri B12. Dicen que es pa' la energía", le confesé entre sorbos de mezcal, sintiendo el líquido quemándome la garganta y bajando directo al vientre. Él se rio, sus ojos oscuros clavados en mis labios. "Pues te veo bien prendida, pendeja", bromeó, rozando mi mano con la suya. Ese toque fue como una chispa. Mi piel se erizó, el pulso se me aceleró en las muñecas y entre las piernas. Neta, esto del Tri B12 es la neta, pensé, mientras mi coño empezaba a palpitar, húmedo y ansioso.
La plática se puso caliente rápido. "Siempre quise decirte que tienes un culo que me vuelve loco", murmuró, acercándose. Lo jalé de la camisa, nuestros labios chocaron en un beso salvaje. Su lengua invadió mi boca, saboreando a mezcal y deseo puro. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro y revuelto. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través del pantalón, gruesa y caliente. "Quítate eso, wey", le ordené, mi voz ronca de pura lujuria.
Nos desvestimos con urgencia, ropa volando por todos lados. Su cuerpo era puro músculo, pectorales duros y marcados, abdomen plano con ese vello oscuro que bajaba hasta su paquete. Lo miré, babeando: su pito erecto, venoso, la cabeza rosada brillando de precum. "Ven, chúpamela", me pidió, y yo me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas. Lo tomé en la boca, salado y cálido, deslizándolo hasta la garganta mientras él gemía "¡Sí, así, mamacita!". El sabor era adictivo, mezclado con mi saliva, el sonido de succión húmeda llenando la sala.
Pero el Tri B12 me tenía en llamas. Cada lamida era una explosión de sensaciones: el calor de su piel, el pulso latiendo en mi lengua, el olor almizclado de su excitación. Me paré, jalándolo al piso alfombrado. "Fóllame ya, Marco", le supliqué, abriendo las piernas. Él se posicionó, frotando la punta contra mis labios hinchados, empapados. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón! grité internamente, el placer doliendo rico. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, su vientre chocando contra mi clítoris con cada thrust.
El sudor nos cubría, piel resbaladiza, el aire cargado de nuestros jadeos y el plaf plaf de carne contra carne. Lo monté después, rebotando sobre su verga, mis tetas saltando libres, pezones duros rozando su pecho. "¡Más fuerte, pendejo!", lo azucé, arañando su espalda. Él me volteó a cuatro patas, penetrándome desde atrás, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mi clítoris. Sentía todo amplificado: el roce áspero de la alfombra en mis rodillas, el olor de sexo crudo, el sabor salado de su cuello cuando lo besé.
Esto es para qué sirve Tri B12 de verdad, pensé en medio del éxtasis, para follar como diosa.
La tensión crecía como una ola imparable. Mis paredes se contraían alrededor de su pito, ordeñándolo. "Me vengo, Ana, ¡me vengo!", rugió él, y yo exploté con él, un orgasmo que me sacudió entera, luces detrás de los ojos, coño chorreando jugos calientes. Grité su nombre, el cuerpo temblando, olas de placer interminable.
Caímos exhaustos, enredados en el piso, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen tibio goteaba de mí, mezclándose con mi humedad. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante ralentizarse. El aroma de nuestros cuerpos sudados y satisfechos llenaba el aire, mezclado con el leve perfume de las velas apagadas. "Eso fue brutal, wey", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, acariciando su cara barbuda. Sí, y todo gracias a unas vitaminas que ni sabía para qué servían del todo.
Nos levantamos despacio, duchándonos juntos bajo el agua caliente que lavaba el sudor pero no el recuerdo. En la cama, nos enredamos de nuevo, pero esta vez suave, caricias perezosas y besos dormilones. Me dormí pensando en Lupe, en cómo le iba a contar sin detalles, pero neta, Tri B12 para qué sirve: para revivir el alma, el cuerpo y el pinche deseo que arde adentro. Marco ronroneaba a mi lado, su mano en mi cintura, prometiendo más noches así. Y yo, renovada, lista para lo que viniera.