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Cojiendo Trios Caseros con Mi Morra y la Vecina

7028 palabras

Cojiendo Trios Caseros con Mi Morra y la Vecina

Era una noche calurosa en el barrio, de esas que te hacen sudar hasta el alma aquí en la Ciudad de México. Yo, Chuy, acababa de llegar del jale, con el cuerpo hecho un desastre de tanto cargar bultos en la obra. Mi morra, la Lupe, me esperaba en la casa con una chela fría y esa sonrisa pícara que me pone como moto. Llevábamos un rato casados, pero el fuego no se apagaba, al contrario, cada día ardía más fuerte. Esa noche, mientras nos echábamos unos tragos en el sillón del patio trasero, la vecina, la Carla, asomó la cabeza por la barda baja.

¡Órale, compadres! ¿Qué onda? ¿Ya armaron desmadre sin mí? —dijo riendo, con su voz ronca que siempre me erizaba la piel. La Carla era una chava de veintiocho pirulos, soltera y con un cuerpazo que no pasaba desapercibido: tetas firmes que se marcaban bajo las blusas delgadas, nalga redonda que se meneaba al caminar, y unos ojos negros que prometían pecados.

Lupe se carcajeó y le contestó:

—Pasa, carnala, que justo hablábamos de ti. Chuy dice que sueñas con cojiendo tríos caseros como en esas pelis pornos que vemos a escondidas.

Me quedé tieso, pero la Carla saltó la barda como si nada, con shortcito ajustado que le subía por las nalgas. El olor a su perfume mezclado con sudor fresco me llegó directo al entrepierna. Nos sentamos los tres, platicando pendejadas, pero el aire se cargaba de electricidad. Lupe, siempre la más desvergonzada, empezó a soltar indirectas.

—Imagínate, Carla, aquí mi viejo con su verga dura como fierro, y nosotras dos chupándosela a dos carrillos. ¿No sería chido un trío casero de a devis?

La Carla se mordió el labio, mirándome de reojo. Sentí mi corazón latiendo como tambor en el pecho, el calor subiendo por mi cuello.

¿Y si de veras pasa? ¿Podré con estas dos diosas?
pensé, mientras mi pija se ponía en atención permanente.

La tensión crecía con cada trago. Lupe se acercó a Carla, le acarició el muslo con las uñas pintadas de rojo, y yo vi cómo los pezones de las dos se endurecían bajo la tela. El sonido de sus risas se mezclaba con el zumbido de los grillos y el lejano ruido de la calle. Olía a jazmín del jardín y a algo más primitivo, el aroma de la excitación que empezaba a humedecer sus calzones.

De repente, Lupe me jaló de la camisa y me plantó un beso que sabía a tequila y deseo. Carla no se quedó atrás; se pegó a mi lado, su mano rozando mi paquete hinchado.

—Vamos adentro, cabrones —murmuró Lupe—. Que los vecinos no chismen.

Entramos a la recámara, con la luz tenue del buró iluminando la cama king size que habíamos comprado para noches como esta. El aire estaba cargado, espeso, como antes de una tormenta. Me senté en el borde, y las dos se pararon frente a mí, quitándose la ropa despacio, como en un ritual. Primero Lupe, dejando caer su blusa y revelando sus chichis morenas, grandes y pesadas, con aureolas oscuras que invitaban a morder. Carla siguió, su piel más clara contrastando, tetas perfectas puntiagudas, y cuando se bajó el short, su concha depilada brillaba ya de jugos.

Me quedé embobado, el pulso retumbando en mis oídos, el sabor salado de mi propia saliva. Estas pinches morras me van a matar de placer, pensé.

Ellas se acercaron, Lupe arrodillándose primero para desabrocharme el cinto. Su boca caliente envolvió mi verga tiesa, chupando con hambre, la lengua girando alrededor del glande como si fuera un pirulí. Carla se unió, lamiendo mis huevos, succionando suave mientras gemía bajito. El sonido era obsceno: slurp, slurp, mezclado con sus suspiros y mis gruñidos. Sentía sus alientos calientes en mi piel, el roce de sus labios suaves, el olor almizclado de sus sexos excitados flotando en el cuarto.

¡Qué rica verga, Chuy! Comparte, Lupe —dijo Carla, y se turnaron, mamándome a dúo, sus lenguas chocando sobre mi pija palpitante. Yo les agarraba el pelo, guiándolas, perdido en el éxtasis. Mi mente era un torbellino:

Esto es mejor que cualquier porno casero. Cojiendo tríos caseros de verdad, con estas putas calientes.

La cosa escaló cuando Lupe se recostó en la cama, abriendo las piernas. Su concha rosada chorreaba, hinchada de deseo. Carla se montó sobre su cara, restregando su clítoris contra la boca de mi morra, que lamía con ganas, chupando los labios vaginales como si fuera miel. Yo no aguanté más; me posicioné entre las piernas de Lupe y embestí, hundiendo mi verga hasta el fondo en un solo empujón. Ella gritó de placer contra la concha de Carla, vibrando todo.

El ritmo se volvió frenético. Mis caderas chocaban contra las de Lupe, plaf, plaf, el sudor resbalando por mi espalda, goteando en su vientre. Olía a sexo puro: fluidos, sudor, perfume barato. Carla se retorcía encima, pellizcándose las tetas, gimiendo alto:

¡Sí, Lupe, lame mi clítoris, pinche puta! Chuy, cógeme después, no seas egoísta.

Cambié de posición. Ahora Carla a cuatro patas, su culo en pompa, nalga blanca temblando. La penetré por atrás, sintiendo su coño apretado ordeñándome la verga, mientras Lupe se metía debajo para lamer donde nos uníamos. La lengua de Lupe rozaba mis huevos, mi pija entrando y saliendo, el clítoris de Carla. Era una sinfonía de sensaciones: el calor resbaloso, los gemidos ahogados, el sabor salado cuando besaba a Lupe con la boca llena de jugos de Carla.

La tensión subía como lava. Internamente luchaba:

Quiero durar, pero estas morras me exprimen. ¡Qué chingón es un trío casero así!
Ellas se tocaban entre sí, dedos hundiéndose en conchas húmedas, besos lésbicos que me ponían más caliente. Carla se corrió primero, su coño contrayéndose alrededor de mi verga, gritando mi nombre con voz quebrada. Lupe la siguió, frotándose el clítoris mientras yo la cogía de lado, su cuerpo convulsionando.

Yo no podía más. Me saqué la verga, palpitante, venosa, y las dos se arrodillaron frente a mí. Chuparon juntas, manos masturbándome, hasta que exploté. Chorros calientes de leche les salpicaron la cara, las tetas, goteando por sus barbillas. El alivio fue brutal, ondas de placer recorriéndome el cuerpo, piernas temblando.

Nos derrumbamos en la cama, jadeando, pieles pegajosas de sudor y semen. El cuarto olía a orgasmo consumado, a sábanas revueltas. Lupe me besó, saboreando mi propia corrida en su lengua, y Carla se acurrucó al otro lado, acariciándome el pecho.

Pinche Chuy, eso fue lo máximo. ¿Repetimos los tríos caseros? —preguntó riendo.

Yo sonreí, exhausto pero feliz.

En este barrio, con estas dos, la vida es un desmadre delicioso. ¿Quién necesita porno cuando tienes lo real?
Nos quedamos así, abrazados, escuchando el latido de nuestros corazones sincronizados, el mundo afuera olvidado en esa noche de pasión compartida.

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