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Aniversario del Tri Ardiente

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Aniversario del Tri Ardiente

El estadio retumbaba con los gritos de la afición, pero en nuestra mente solo existía el eco de esa noche inolvidable. Era el aniversario del Tri, conmemorando aquella victoria épica contra el mundo entero, y nosotros, Ana y Marco, decidimos celebrarlo a nuestra manera. No en las gradas abarrotadas, sino en la intimidad de nuestro departamento en la Roma, con la tele transmitiendo repeticiones de goles legendarios y el aire cargado de anticipación.

Yo, Ana, me miré en el espejo mientras me ponía esa playera ajustada del Tri, verde como el deseo que me quemaba por dentro. La tela se pegaba a mis curvas, marcando mis pechos firmes y mi cintura estrecha. Marco ya estaba en la sala, con una cerveza en la mano, sus músculos tensos bajo la camiseta que apenas contenía su pecho ancho. Neta, este wey me pone como nunca, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas solo de verlo. El aroma de las enchiladas que preparé flotaba en el aire, picante y tentador, mezclándose con su colonia varonil que siempre me hacía agua la boca.

—¡Órale, mi amor, estás cañona con esa playera! —me dijo Marco con esa voz ronca que me eriza la piel, levantándose del sofá para acercarse. Sus ojos recorrían mi cuerpo como si fuera el balón que él mismo metería a la portería. Lo abracé, presionando mis tetas contra su torso duro, y sentí su verga ya semi-dura contra mi vientre. El corazón me latía fuerte, como el tambor de la marcha del Tri.

Nos sentamos en el sofá, pegaditos, mientras la tele narraba hazañas pasadas. Cada gol gritado por el locutor era una excusa para tocarnos más. Su mano grande se posó en mi muslo, subiendo despacio por debajo de mi falda corta.

¿Por qué carajos el fútbol siempre nos prende tanto?
me pregunté en silencio, recordando cómo nos conocimos en un partido: yo animando como loca, él a mi lado, y de un roce casual pasamos a un beso que selló nuestro destino. Hoy, cinco años después, el aniversario del Tri era el pretexto perfecto para revivir esa chispa.

La tensión crecía con cada repetición de jugadas. Marco me jaló hacia su regazo, y yo me senté a horcajadas sobre él, sintiendo el bulto endurecido presionando mi concha a través de la tanga húmeda. —Te extraño tanto como el primer gol de Hugo Sánchez —me susurró al oído, su aliento caliente rozando mi cuello. Mordí mi labio, el sabor salado de mi propia excitación en la lengua, mientras mis caderas se movían solas, frotándome contra él. El sonido de la multitud en la tele se mezclaba con nuestros jadeos suaves, y el calor de su piel traspasaba la ropa.

Acto seguido, sus manos expertas levantaron mi playera, exponiendo mis pezones erectos al aire fresco de la habitación. Los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. ¡Puta madre, este hombre sabe cómo hacerme volar! gemí bajito, arqueando la espalda. El olor a sudor limpio de su cuerpo me envolvía, embriagador, como el tequila que habíamos tomado antes. Le quité la camiseta de un tirón, admirando su abdomen marcado, esos vellos oscuros que invitaban a trazar con la lengua.

Nos besamos con hambre, lenguas enredadas en un baile salvaje, saboreando el dulzor de la cerveza en su boca y el picor de las enchiladas en la mía. Bajé la mano a su pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi palma. Era tan caliente, tan viva, que la apreté con cariño, sintiendo cómo saltaba de placer. —Chúpamela, mi reina —me pidió con voz entrecortada, y yo obedecí, arrodillándome entre sus piernas. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, chupando la cabeza hinchada mientras mi mano masajeaba las bolas pesadas. Él gruñía, enredando los dedos en mi pelo, el sonido gutural como un rugido de estadio.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, quitándome la falda y la tanga de un movimiento fluido, quedando desnuda salvo por la playera del Tri arremangada. Mi concha brillaba de jugos, hinchada y lista. Marco se desnudó igual, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue. Me tumbó en el sofá, besando mi interior de muslos, inhalando mi aroma almizclado de mujer en celo. Si sigue así, me corro sin que me meta, pensé, temblando cuando su lengua finalmente rozó mi clítoris. Lamía con maestría, sorbiendo mis labios mayores, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El placer era un torrente, mis paredes contrayéndose alrededor de él, el squelch húmedo de mis jugos resonando en la sala.

La intensidad subía como el marcador en un clásico. Lo empujé hacia atrás, montándolo como una amazona. Su verga entró en mí de un solo embiste, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué rico! grité, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando al ritmo de mis caderas. Él me sujetaba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer. El slap-slap de piel contra piel competía con los goles en la tele, sudores mezclándose, olores de sexo crudo impregnando el aire. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, el roce en mi cervix enviando ondas de éxtasis.

Marco se incorporó, volteándome para ponerme a cuatro patas. Entró por atrás, profundo y posesivo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada.

Es mío, todo mío, como el Tri en su mejor noche
, rugí en mi mente, empujando contra él. Me jalaba el pelo con ternura, azotando mi culo juguetón —no fuerte, solo para encendernos más—. El orgasmo me acechaba, mis piernas temblando, el calor subiendo por mi espina. —¡Córrete conmigo, cabrón! —le exigí, y él aceleró, gruñendo como bestia.

Explotamos juntos. Mi concha se convulsionó, ordeñando su verga en chorros calientes de semen que inundaban mi interior. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro, pulsos retumbando en oídos, músculos contrayéndose en olas interminables. Él se derrumbó sobre mí, besando mi espalda sudada, nuestros cuerpos pegajosos y saciados.

Quedamos tendidos en el sofá, la tele aún murmurando sobre el aniversario del Tri, pero ahora era nuestro aniversario también, el de esta pasión eterna. Su mano acariciaba mi vientre, trazando círculos perezosos, mientras yo inhalaba su olor post-sexo, embriagador y hogareño. Qué chido es tenerlo así, mío para siempre, reflexioné, con una sonrisa boba. El corazón se nos calmaba al unísono, el afterglow envolviéndonos como una manta suave. Afuera, la ciudad seguía vibrando, pero aquí, en nuestro nido, habíamos marcado nuestro propio gol de oro.

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